domingo, 20 de noviembre de 2016

Con revancha

Los poderosos de este mundo nunca han regalado nada. Cada derecho, cada avance social tuvo que ser peleado.

Ahora damos todas esas cosas por sentadas y nos olvidamos de la lucha y el sufrimiento que fueron necesarios para alcanzar esas victorias. Creemos que ya no podemos perder los derechos ganados.

Pero sí podemos.

Estamos adormilados y satisfechos, convencidos de estar en el mejor de los mundos. Nos contentamos con hashtags inanes, impotentes peticiones electrónicas y protestas que nunca trascienden el nivel simbólico. Así, poco a poco, nos arrancan de las manos lo ganado con llanto, sudor e incluso sangre.

La lucha de clases suena a caducidad y a mentira. Suena así no porque no exista, sino porque la ganaron los de arriba. La ganaron con una sutil y brillante estrategia: nos inocularon sus valores y su forma de ver el mundo.  Lograron que nos comiéramos cuentos como el de la competitividad, para ponernos a pelear los unos contra los otros por las migajas que caen de la mesa, mientras ellos siguen tranquilos allá arriba, bien arriba, donde no se compite, porque a la competencia se la compra o se le destruye. Nos convencieron de que las zancadillas sirven para subir la escalera, de que todos vamos a ascender en algún momento, de que todos somos ricos en stand by.

Pero no lo somos. Y la mayoría de nosotros nunca podrá subir, no importa lo que digan la autoayuda y las escuelas de negocios.

En eso pienso mientras compro el Baloto.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Whites only

Make America great again. Ese es el más reciente eslogan de la perniciosa manía humana de creer en edades doradas donde supuestamente todo fue mejor; la manía de buscar las utopías en el pasado. En este caso concreto, un tiempo donde Estados Unidos fue el mejor país de la Tierra, donde todo era prosperidad y alegría.

Los gringos suelen identificar esos días con los años cincuenta. Pero como lo dijo muy bien el comediante Bill Maher, esos no fueron muy buenos tiempos si eras mujer, o negro, o latino. Solo fueron buenos tiempos, una edad dorada, para los hombres blancos.

Ahora uno de ellos (aunque es más bien anaranjado) ha ganado las elecciones presidenciales prometiendo devolver a los Estados Unidos a esa época. Millones de gringos pobres y de clase media cayeron en la trampa demagógica de un fascista experto en el engaño y la megalomanía. Millones de estadounidenses decidieron que Donald Trump, un racista, misógino, xenófobo, machista, homofóbico, ignorante y mentiroso multimillonario estafador es el hombre indicado para "devolverlos a la grandeza", para acabar con los enemigos del país: los negros, los homosexuales, los musulmanes, los inmigrantes.

La mayor parte de los votos por Trump los puso la rabia blanca, una población convencida de que su grandeza se la ha robado la corrección política, la imposibilidad de agredir a los negros, a los mexicanos (para los gringos, del río Bravo hacia el sur todos somos mexicanos), a los homosexuales, a los musulmanes, a los judíos, a los asiáticos; a cualquiera que no sea WASP, básicamente. Ven en ellos al enemigo y no a los millonarios y sus políticos de bolsillo que han saqueado al país, que destruyen las industrias y malbaratan los empleos, que se eximen a sí mismos de los impuestos que deberían pagar y los recargan sobre la clase trabajadora. En medio de su rabia y su ignorancia, se dejaron convencer por uno de esos millonarios de que sería su campeón, su representante y su héroe. Trump supo azuzar los más profundos prejuicios de la middle America, prejuicios que comparte, y los usó para llegar a la Presidencia.

Las vías democráticas le permitieron a un fascista ponerse al frente del país más poderoso del mundo, y los fascistas que votaron por él ya han comenzado a hacerse sentir. Porque seguramente Trump no podrá cumplir la mayoría de sus lunáticas promesas de campaña, pero sus seguidores se sienten ganadores y autorizados a desatar su ira. No habían pasado veinticuatro horas de la elección y ya empezaban a presentarse acosos y crímenes de odio contra la gente que Trump atacó en su vergonzosa campaña. Ese es el problema y la tragedia de la victoria de Donald Trump: la vida para los inmigrantes, los negros, los musulmanes, etc., se va a convertir en un infierno. Mujeres musulmanes retirándose el hijab por miedo; el insulto nigger revoloteando por ahí como si nada, así como cotton picker y 'simio'; cánticos iracundos de Build that wall! cada vez que pasa un mexicano (o alguien que parece serlo); homosexuales llamados faggots y banderas de arcoíris quemadas; supervivientes del Holocausto llorando porque nunca creyeron vivir para volver a ver un hombre así elevándose hacia el poder; millones de personas asustadas a la hora de ir a sus trabajos o sus escuelas porque pueden atacarlos. Ese es el país de Donald Trump: the land of the bigots and the home of the beasts.

El ascenso de Trump es como: "Esta película ya me la vi, pero en la versión alemana". Tal vez el diseño institucional estadounidense pueda frenar a Trump: la Constitución está diseñada para hacerlo, para contrarrestar el poder de un eventual tirano. Pero en las calles, en los campos, nada detendrá a la ira del hombre blanco, a toda esa gente que nunca pudo tragar el hecho de ser gobernados por un negro, que antes tenía que esconder su racismo y guardarlo para la casa, el bar o la iglesia, pero ahora se siente libre para airearlo, para divulgarlo, para sentirse orgullosa de él. Así podrán construir el país que anhelan, uno donde a la entrada se pueda colgar un aviso de grandes letras que diga Whites only: solo para blancos.

Marx estaba equivocado: la historia ocurre primero como tragedia y luego otra vez como tragedia.

Viene el hombre blanco. Corramos a las colinas.


David Horsey, Los Angeles Times, 2015.


P.D. No solo los blancos votaron por Trump. En una de las crueles ironías propias de la historia, miles de inmigrantes latinoamericanos también votaron por él, comiéndose el cuento de que su discurso solo ataca a los inmigrantes ilegales. Seguramente las hordas violentas que se han desatado contra los "enemigos del país" van a pedir papeles a la hora de decidir a quien golpean y a quien no.

Vale la pena mencionar a los colombianos que votaron por Trump. Nosotros, que hemos sabido lo que es la estigmatización, que el mundo entero crea que todos somos narcotraficantes, que todos somos sicarios y putas, deberíamos tener claras las consecuencias de una barbaridad como decir que México solo envía violadores y demás criminales a Estados Unidos. No fue así, claro, porque no aprendemos nada, y fue doloroso ver a colombianos apoyando al nazi mal peinado y manifestando cosas como "si usted va a California se da cuenta de que cuando el tipo decía que de México llega lo peor, en gran parte tiene razón".

viernes, 21 de octubre de 2016

Vade retro



A monseñor Miguel Ángel Builes le parecía que la construcción de ferrocarriles y carreteras era una obra del demonio que conllevaría la destrucción de las familias y la decadencia de las buenas costumbres.

A ese tipo de vesania se enfrentó Colombia.

Esa clase de locura sigue enfrentando.

Ya vimos cómo las iglesias cumplieron una labor fundamental en la victoria del no en el plebiscito. En un ejemplo enorme de locura colectiva, lograron convencer a miles de fieles de que el acuerdo era un plan del Gobierno y las FARC para convertirnos a todos en homosexuales, para pervertir a los niños y destruir a las familias colombianas.

¿Cómo explica uno eso sin que parezca un chiste?

Promotores de oficio de la homofobia y la ignorancia, pastores, curas y líderes políticos relacionados con iglesias se encargaron de mentir y engañar a sus rebaños. Saben el poder que les da la fe de los creyentes y no vacilan a la hora de manipularlos. Dios es el nombre que le dan a sus prejuicios y lo usan para aumentar su poder, para dominar las mentes que albergan esos mismos prejuicios y también los llaman Dios. Así terminamos con toda esa gente convencida de que hay un plan maestro de los homosexuales para apoderarse de Colombia y del mundo. De que era necesario dejar pasar la oportunidad de acabar la guerra y salvar vidas porque la dictadura gay se avecinaba.

No se puede subrayar suficientemente la imbecilidad que es creer en la existencia de la "ideología de género". Ese es un término inventado por los desgraciados de siempre para no parecer lo que son: homofóbicos y machistas consumados. Le endilgaron semejante embeleco al acuerdo porque allí se usa la expresión enfoque de género, que como sabrá cualquiera que no sea un troglodita, es la búsqueda de igualdad entre hombres y mujeres, y en el caso concreto del acuerdo buscaba darle prioridad a las mujeres en el acceso a los programas de reparación, asesoría, apoyo, formación y demás contemplados en el texto. Todo un crimen.

Para completar la ofensa, ellos, los perseguidores escudados en la fe, ahora fingen ser los perseguidos por sus creencias. Al parecer el descaro y el cinismo no son pecado. Ellos, que organizaron una marcha de odio porque en los colegios se iba a enseñar a respetar a los niños y niñas con identidades sexuales diversas, dicen sentirse perseguidos. Ellos, que son capaces de poner miles (¿millones?) de votos y por eso se alían con campañas políticas para obtener prebendas, claman al cielo porque no los dejan escupir sus odiosas insensateces en paz, porque no les respetan su 'derecho' a la homofobia y la misoginia, porque no los dejan hacer leyes ajustadas a su obcecación, porque no todos compartimos su moral de la Edad del Bronce. Ellos, que condenan a unos y a otros al infierno por no compartir su religión, tienen el atrevimiento de posar como víctimas.

Ahora han quedado en una excelente posición de poder, pontificando con la soberbia de la victoria y el convencimiento fanático de quienes en serio creen conocer la voluntad de Dios. Y se preparan para hacer valer su peso electoral en los comicios por venir.

Es tiempo de asustarnos. Es tiempo de temer por el ascenso de estos heraldos de la intolerancia y el irrespeto disfrazados de compasión, del odio camuflado con palabras de piedad.

La oscuridad y el fanatismo volvieron a ganar la partida. Quién sabe cuántas vidas más cobren esta vez.

viernes, 14 de octubre de 2016

La incertidumbre y la impotencia

¿Qué hacemos con estos días horribles? ¿Cómo seguimos luego de haber estado tan cerca, luego de perder tan grande oportunidad? ¿Dónde guardamos toda esa esperanza que alcanzamos a tener y luego vimos naufragar?

Quisimos asaltar el cielo y los demonios de siempre nos empujaron al abismo.

Estos son días de tristeza y desazón en los que ni siquiera el fútbol es un refugio; por lo menos a mí se me refundió el entusiasmo por la selección. Ser colombiano no es algo que me emocione mucho que digamos últimamente.

Después del dos de octubre nos hemos movido en el fango de la incertidumbre. Caímos en un remolino donde un día el gerente de la campaña uribista por el no, con la soberbia del ganador, confiesa lo evidente y habla de la manipulación con la cual llevaron a tantas personas a votar en contra del acuerdo, y al otro amanecemos con la noticia del premio Nobel de paz para el presidente Santos.

No en vano recurrimos al manido recurso de explicarnos lo que está pasando con un pasaje de Cien años de soledad:
Era como si Dios hubiera resuelto poner a prueba toda capacidad de asombro, y mantuviera a los habitantes de Macondo en un permanente vaivén entre el alborozo y el desencanto, la duda y la revelación, hasta el extremo de que ya nadie podía saber a ciencia cierta dónde estaban los límites de la realidad.
Al  parecer seguimos atrapados en esa realidad alucinada y sin una segunda oportunidad, sin una salida del laberinto por culpa de quienes han medrado en el estropicio y han pescado en el río revuelto. Ellos nos robaron el futuro.

¿Quiénes? La ultraderecha viuda de poder y ávida por recuperarlo que no escatimó engaños para convencer a los colombianos de que el acuerdo era el fin de la civilización. Gente irresponsable capaz de jugar con las necesidades de todo un país, capaz de negar la existencia del conflicto. Líderes políticos impresentables apoyados por pastores evangélicos y curas católicos que hicieron gala de toda su homofobia y rechazaron el acuerdo en nombre de la inexistente "ideología de género". Apóstoles de la mitomanía, se encargaron de azuzar los más oscuros prejuicios de los creyentes para que votaran en contra de un tema que ni siquiera estaba en los acuerdos. No entienden a Dios de la misma manera, pero sí supieron ponerse de acuerdo para discriminar y para condenar a miles de víctimas a la incertidumbre y, tal vez, a la vuelta a la guerra.

Esto me recuerda un pasaje de Tratado de ateología, de Michel Onfray:
No desprecio a los creyentes, no me parecen ni ridículos ni dignos de lástima, pero me parece desolador que prefieran las ficciones tranquilizadoras de los niños a las crueles certidumbres de los adultos. Prefieren la fe que calma a la razón que intranquiliza, aun al precio de un perpetuo infantilismo mental. Son malabares metafísicos a un costo monstruoso.
Así pues, cuando me enfrento con la prueba de una alienación, experimento lo que surge de lo más profundo de mí mismo: compasión hacia los engañados, además de cólera violenta contra los que les mienten siempre. No siento odio por los que se arrodillan sino la certeza de nunca transigir con los que invitan a esa posición humillante y los mantienen en ella. ¿Quién podría despreciar a las víctimas? ¿Y cómo no combatir a sus verdugos?
La ultraderecha está imponiendo condiciones como si hubieran ganado con una ventaja de cinco millones de votos. No presentan propuestas serias, lo único que medio proponen ya estaba contemplado en el acuerdo. Solo se ve una estrategia para aparecer como renegociadores de la paz, pero a cada paso se ve su falta de voluntad, su incansable búsqueda de la impunidad que con cinismo decían combatir y un desprecio enorme por las víctimas. Quieren legalizar el despojo violento de las tierras campesinas (con lenguas viperinas llaman expropiación a lo que es restitución), diluir los esfuerzos verdaderos por solucionar las causas profundas de la guerra colombiana y dilatar el proceso el mayor tiempo posible para usarlo en su campaña presidencial. Todo eso disfrazados de líderes responsables y conscientes, cuando son mamarrachos que darían risa si no fueran tan peligrosos.

A propósito: ¿dónde están los opositores al acuerdo que decían que no lo hacían por Uribe? ¿Por qué dejan que los represente? Fueron funcionales a los intereses electorales de la ultraderecha y no parecen estar muy molestos por ello. Parece que ese fue un no nacido del odio, la ignorancia y el engaño, el no de un país que ha visto la guerra por televisión y no le importa nada porque son otros los que ponen los muertos, porque la desgracia sucede en otro lugar, en otro mundo.

Aun en la debacle hay quienes guardan la esperanza. Ha habido movilizaciones populares para presionar un acuerdo pronto, el Gobierno y las FARC envían mensajes tranquilizadores y dicen que no todo está perdido. El Nobel de paz le dio un nuevo aire a Santos para negociar, para enfrentarse a la mezquindad y las propuestas etéreas del uribismo. Va a comenzar un proceso de paz con el ELN (un proceso con cara de niño que nació muerto). Pero todo está empantanado.

Y en el colmo del absurdo, la "renegociación" ha puesto en la primera plana a tipos como Andrés Pastrana, quizá nuestro expresidente más bobo y un tipo que no representa ni a Nohra y los niños. También a Alejandro Ordóñez, quien salió de la Procuraduría con su reelección anulada por corrupto, pero terminó convertido en interlocutor del Gobierno en el proceso de paz y en fuerte candidato a las elecciones presidenciales del 2018. Cuánta desesperanza al contemplar este teatro horroroso de seres indignos que negocian nuestra vida y nuestro futuro, seres cínicos, mentirosos y viles que solo están pensando en sí mismos y en los votos por venir.

Cuánta impotencia. En la línea de reír para no llorar, tan necesaria para sobrevivir al hecho de ser colombianos, puede uno ir a visitar a Mafalda:

Mafalda Democracia











Es una impotencia que ahoga y aflige y enfurece. La democracia nos falla y no podemos hacer nada mientras se va al traste un proceso capaz de darnos la oportunidad de acabar con el conflicto. Tal vez yo esté equivocado y se logre encontrar una salida al embrollo y terminemos con un mejor acuerdo. Ojalá. Pero no parece probable, porque buena parte de nuestros destinos está en manos de lo peor que ha dado este país.

A ver cómo hacemos para seguir adelante en estos días de pesadumbre, en estas jornadas demenciales donde, increíblemente, los guerrilleros han sido los más sensatos en medio de la crisis.

A ver cómo hacemos para volver a creer.

domingo, 9 de octubre de 2016

Hablar con el abuelo

Un pasaje de Por quién doblan las campanas, de Hemingway:

"Me gustaría que el abuelo estuviese aquí, en mi lugar, pensó. En fin, quizá estemos juntos mañana por la noche. Si existiese realmente una condenada tontería como el más allá, que estoy seguro de que no existe, me causaría verdadero placer hablar con él. Porque tengo un montón de cosas que quisiera preguntarle. Tengo derecho a hacerle preguntas, ahora que yo he hecho también algunas cosas. No creo que le desagradase que le hiciera esas preguntas. Antes no tenía derecho a preguntarle. Comprendo que no me contase nada porque no me conocía. Pero ahora creo que nos entenderíamos muy bien. Me gustaría poderle hablar ahora y pedirle consejo. Diablos, aunque no me aconsejara, me gustaría hablar con él. Sencillamente. Es una lástima que haya un lapso de tiempo tan grande entre dos tipos como él y yo".

Ya han pasado siete años desde que murió el abuelo.