martes, 1 de mayo de 2018

Torta de cuajada

La torta de cuajada bien puede ser la torta más deliciosa del mundo. Es una torta que creía perdida. La hacen en Chipaque, el pueblo cundinamarqués donde nació mi abuela. No he vuelto a Chipaque en muchos años, y la última vez que comí fue una que trajo mi papá cuando pasó por allá, un par de años atrás, pero no estaba igual de buena, no era el sabor que recordaba. La semana mi pasada mi tía y su esposo fueron al pueblo y compraron para traer. Mi abuela cortó un pedazo y me lo dio al desayuno.

Ahí estaba ese sabor, esa felicidad. Y funcionó como la magdalena de Proust.

El primer bocado me devolvió al terruño de mi abuela, donde probé esa torta por primera vez cuando era niño. Recordé la plaza intemporal, la caminata montaña arriba por la vereda, la casa acogedora, los adultos tomando aguardiente para el frío (y la lejana intuición de que algún día yo haría lo mismo), el amanecer con olor a eucalipto, la leche recién ordeñada, mi bisabuela pequeña y ciega (y mis manos en las suyas), mi abuela atándole billetes en las cuatro puntas de un pañuelo para que pudiera encontrarlos.

Pensé en toda la torta de cuajada que he comido y degusté con alegría el recuerdo. Pensé en esa patria que es la infancia.

domingo, 28 de enero de 2018

Cuando sea grande

El bus de Transmilenio avanzaba en la mañana pálida, cargado de gente que aún se deshacía de los últimos rastros del sueño de la noche anterior. 

Entonces un cuentero comenzó a hablar. 

Al principio no le entendí muy bien porque se quedó en la parte de adelante y no se oía todo lo que decía. Apenas retazos de frases de un cuento que ya había escuchado alguna vez y una moraleja que ya no recuerdo. Cuando terminó avanzó por el bus hacia donde yo estaba y comenzó a contar otra historia. Yo estaba muy distraído mirando por la ventana y pensando, así que no le presté demasiada atención. Sí recuerdo claramente cuando, hacia el final de su narración, el cuentero le preguntó a los pasajeros: ¿Cuántos de ustedes hacen hoy lo que soñaban ser cuando niños?

Hasta donde pude ver, nadie levantó la mano.

domingo, 21 de enero de 2018

Noches de Bocagrande



Para Isabel

Nunca había visto el mar.

Bueno, sí lo había visto: a diez mil metros de altura, cuando viajé a los Estados Unidos; lo intuí en el gris horizonte invernal del río Hudson.

Pero nunca había estado en la orilla con los pies sobre la arena. No había escuchado la música de su vaivén ni sentido la brisa que amaina al sol. Nunca había estado entre sus aguas imperiosas. No había experimentado el embelesamiento que produce mirarlo, esa sensación de plenitud, de concentración y, sobre todo, de pequeñez, de insignificancia, esa sensación que ayuda a comprender mejor la conexión íntima de los engranajes universales. No había constatado que el mar es poesía incluso cuando te revuelca una ola.

No pude dejar de mirarlo desde que me asomé por primera vez a la costa, en el taxi que me llevó del aeropuerto al hotel. Todas las mañanas lo primero que hacía era mirar por la ventana de la habitación, como hipnotizado, mientras las olas rompían en la playa.

Podría quedarme viéndolo toda la vida.

Y junto al mar, Cartagena, esa ciudad "iletrada pero jactanciosa", como dice Genoveva Alcocer en La tejedora de coronas. Una ciudad demasiado costosa y elitista que, sin embargo, se le mete a uno por los ojos y se le queda en el alma. Los balcones rebosantes de flores, las cúpulas, las estatuas, los monumentos, la impresión de que la historia no termina de pasar por sus calles, de que los fantasmas de sus siglos aún viven allí. El aire cargado de amor.

Porque Cartagena y el mar los conocí con ella, el amor de mi vida. Porque luego de mirar el mar la miraba a ella y sentía ganas de agradecer al cielo por la posibilidad de estar ahí. Porque las cosas importantes tienen más sentido cuando se pueden compartir con alguien que amas. Porque su sonrisa de niña me hace sonreír y me convence de que todo vale la pena. Allí, bajo el sol del Caribe, en sus noches cálidas, con el mar bordando luceros en el filo de la playa, fuimos profundamente felices.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Esta época del año

Me gusta esta época del año. Me gusta su pacto tácito para aumentar el consumo de alcohol. Me gusta que comemos más y aceptamos con estoicismo ejemplar el inevitable aumento de peso. Me gusta el espíritu de generosidad que se despierta y que parece recorrer las calles dejando su bondad en cada puerta. Me gusta cómo se multiplican los abrazos y la gente duda menos para decirle a los demás que los quiere. Me gusta el regreso de la música tropical con la que bailaban nuestros padres y nuestros abuelos. Me gustan la natilla y los buñuelos. Me gustan los buenos deseos y la esperanza, la creencia de que las cosas pueden estar mejor. Me gusta que creamos en la posibilidad de la felicidad y los nuevos comienzos.

domingo, 29 de octubre de 2017

Todas



Cientos, miles, millones de mujeres se atreven a contar en internet que han sido acosadas, abusadas, violentadas. "Yo también" es el grito contenido con el que denuncian un mundo en el que no están seguras, donde uno de sus primeros aprendizajes es el miedo.

Sin embargo, cientos, miles, millones de hombres, en lugar de sentirse afectados por las historias, de tratar siquiera de entender el dolor y la humillación presente en cada una de ellas, de mostrar la más mínima empatía, de preguntarse si no han participado en esa cultura canalla que disminuye a la mujer, reaccionan con desprecio y burla ante lo que ven como una queja sin sentido, ganas de joder, histeria. Aún peor, culpan a las mujeres por lo que les ha pasado. O, en el colmo de la ridiculez, se victimizan a sí mismos y no se sonrojan al afirmar que esta es una era contra los hombres, que el feminismo no es más que el reverso del machismo, una conjura contra el género masculino.

Hombres que le hacen a uno sentir vergüenza de ser hombre.

Más triste aún es el caso de las mujeres que atacan a las mujeres. "A mí nunca me han violado -dicen- porque no me visto como una prostituta". ¿Y las niñas violadas qué? ¿También ellas son culpables de su desgracia?

Ese es el mundo terrible en el que vivimos, uno donde es normal el acoso a las mujeres y la culpa es de ellas por una u otra razón.

Pero el grito sigue ahí y cada día será más difícil ignorarlo. Porque hay una cosa muy clara: no son una ni dos las que pueden decir "Yo también". Son todas.