martes, 9 de agosto de 2016

Son héroes

Ayer, luego de que Óscar Figueroa ganara la medalla de oro en levantamiento de pesas, su entrenador, Oswaldo Pinilla, dijo una frase que deberíamos recordar: "Héroes no son solamente los que van a la guerra".

Dijo que los deportistas son héroes, y tiene razón: los deportistas colombianos son héroes, héroes forjados en la jodidez y la adversidad de un país que a menudo los olvida y los hace a un lado, donde los políticos los usan y los botan según convenga, donde la vagabundería lagarta se come los recursos económicos que deberían ser para ellos. Un país donde esos lagartos viatican y van a los juegos mientras algunos deportistas deben organizar rifas y vender cosas para mantenerse.

Pero ¿qué son los héroes? Los héroes son gente común que se vuelve extraordinaria gracias a la voluntad de surgir y triunfar, de superar los innumerables escollos de la vida. Seguir adelante a pesar de todo es la victoria y es el heroísmo de la gente común.

Son héroes. Son capaces de lograr tantos objetivos a pesar del manoseo y la mezquindad de los dirigentes, a pesar de tener tanto en contra.

Son héroes que nos emocionan hasta las lágrimas y nos hacen creer en la posibilidad de la gloria.

Un héroe no tiene que matar ni morir, ni arrastrar a nadie a la guerra o al martirio. Un héroe puede ser un hombre que cae de rodillas a llorar de felicidad.


domingo, 31 de julio de 2016

La oveja verde de la familia

Mi papá es de Millonarios. Mi hermano es de Millonarios. Mis tíos son de Millonarios. Mi abuelo era de Millonarios. Yo soy hincha de Nacional.

Soy la oveja verde de la familia.

Esas cosas pasan. Mi papá, un señor sensato al que le gusta el fútbol pero no delira por él (a diferencia de mí, que soy un orate con la manía irrazonable de sufrir en demasía cuando veo fútbol), no vio necesario inocularme con mayor ahínco la afición por Millonarios. Pensó que el tiempo y el ejemplo harían lo suyo. Funcionó con mi hermano. Pero hay hijos que se descarrían.

Es difícil precisar el momento exacto en que me convertí en la oveja verde. Recuerdo que alguna vez vi jugar a Nacional y me gustó mucho el estilo, la forma de jugar. En el colegio tenía varios compañeros hinchas del Verde. Pero quizá mi afición por Atlético Nacional tenga un origen más mítico, más épico y más entrañable.

El 31 de mayo de 1989, Nacional ganó la copa Libertadores. El partido se jugó aquí en Bogotá. Era la primera vez que un equipo colombiano alcanzaba ese título. En ese entonces las rivalidades de nuestros clubes no eran tan marcadas y buena parte del país celebró la victoria como propia, sin importar de cuál equipo eran hinchas. Cuando el partido se acabó, mi papá me cargó en los hombros y salió a darle vueltas al parque del barrio para celebrar el título de Nacional. Yo tenía poco menos de tres años y no recuerdo nada, pero en retrospectiva parece uno de esos momentos definitivos: mi primera celebración futbolística se la debo a Nacional.

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En la adolescencia el equipo de fútbol del que eres hincha es parte importante de tu identidad. Me veo a mí mismo de doce y trece años dibujando escudos de Los del Sur (costumbre afortunadamente superada) y comprando manillas, botones, afiches, llaveros y gorros de Nacional. Forjar esa identidad incluía establecer complicidades con quienes eran hinchas del mismo club. Pronto comenzó la fiebre por ir al estadio, por participar del jolgorio de la tribuna. Pero las barras bravas, la sensación de inseguridad en el estadio, hicieron que dejara de ir. Incluso recuerdo que una de las primeras veces que fuimos al estadio con un amigo del colegio, el papá nos mostró antes la casa donde vivía una tía de él, para que corriéramos hasta allá en caso de que hubiera algún enfrentamiento por el partido.

En esa identidad como hincha de Nacional hay un elemento importante: soy bogotano. De niño nadie me explicó que uno debía ser hincha de un equipo de su ciudad. En retrospectiva, fue una fortuna no saber eso: tal vez me salvó de ser uno de esos bogotanos cretinos que usan la palabra 'provinciano' como insulto, como si el azar de nacer en Bogotá fuera un mérito. Ser un bogotano hincha de Nacional me salvó del regionalismo idiota de uno y otro lado y me situó a una distancia crítica de la rivalidad entre antioqueños y bogotanos, me extrajo de las cómodas seguridades de la tribu, de la sensación de comunidad que excluye a la gente de otras regiones y que ha sido combustible importante de la violencia en el fútbol colombiano (eso y la costumbre ridícula de copiar todo lo que hacen los argentinos).

Ser hincha de Nacional, además, me salvó de varios sufrimientos y amarguras: los últimos tiempos de Millonarios no han sido muy buenos, han estado lejos del pasado glorioso de ese club que alguna vez fue el mejor del país.

La de Nacional, en cambio, ha sido otra historia. Son varios los títulos celebrados en años recientes, con varias ligas que permitieron superar a Millonarios como el más veces campeón. Una serie de títulos coronada por el más importante de todos para los equipos sudamericanos: la copa Libertadores de América.

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Antes de la final del miércoles contra Independiente del Valle, Pascual Gaviria publicó una magnífica y emocionante columna titulada Biografía de hincha. Allí citó estas palabras de Javier Marías: "Lo normal es que el aficionado al fútbol lo sea desde pequeño, y por eso reaparecen en él rasgos enteramente infantiles durante la contemplación de un partido: el temor, la zozobra, la alegría, el bochorno, la rabia, hasta las lágrimas".

Puedo certificar que he sentido todas esas cosas durante mi existencia como hincha del fútbol, y especialmente en la Libertadores de este año, mientras poco a poco, partido a partido, la imagen de un Nacional campeón parecía menos difusa e imposible.

Los días antes de la final fueron de intranquilidad. Era como si no pudiera pensar en nada más, una agonía dulce e inquietante a la vez. Las finales son partidos diseñados para hacer sufrir al hincha, para situarlo en el limbo entre la alegría y la tristeza, entre la victoria y el abismo. El 1-1 en Quito dejaba todo abierto. El título se definía en Medellín.

El fútbol lo vuelve a uno bastante propenso al pensamiento mágico, a la superstición y la creencia. Yo no sé si Dios exista, y si existe no creo que pierda su tiempo viendo fútbol, así que no sirve de nada pedir su ayuda para ganar. Pero en cambio sí hice dos cosas. Primero, me puse una réplica de la camiseta con la que Nacional quedó campeón en 1989. Y segundo, invoqué la memoria de Andrés Escobar y le pedí que si de verdad estaba en algún lado y estaba viendo el partido, nos ayudara a verle la cara a la gloria una vez más.

Como no lo hacía hace tiempo, porque he desarrollado una franca aversión a ver partidos en lugares públicos, nos reunimos ese día con varios amigos. Me tomaba las cervezas como si fueran agua; cada minuto me duraba diez; me temblaban las manos. Creí tocar el cielo cuando apenas a los veinte segundos vi a Borja correr hacia el arco con el balón en sus pies y quedar frente al arquero, pero tiró la pelota muy arriba al patear con demasiada potencia, tal vez producto de la ansiedad acumulada, de querer asegurar el gol con un taponazo capaz de desamarrar las redes.

Pero unos minutos más tarde Borja, el bendito Borja, el iluminado Borja que metió cinco goles en cuatro partidos, aprovechó un rebote en el palo y con precisión inspirada cruzó el balón a donde no llegaron ni Azcona ni sus defensas y metió el gol. Salté de la silla como un resorte extático y agitando los puños en el aire grité como si no hubiera mañana, con toda la emoción que me cabía en el cuerpo y una felicidad pura, infantil, desaforada. 

Era un buen inicio. Sin embargo, no importó que el gol fuera temprano en el partido: yo sufrí igual. Temí el empate de Independiente del Valle, me asusté ante la posibilidad de una definición por penaltis, esa ruleta rusa agónica y asfixiante, como en la lejana noche del 89.

Los minutos transcurrían con una lentitud agobiante, avanzaban entre la marisma de la angustia y la ansiedad. Pero pasaban, seguían. Faltaban quince. Faltaban doce. Faltaban diez. Sudaba y las manos me temblaban más, sumido en la zozobra de los instantes previos a la cristalización de los sueños, a la materialización de los anhelos profundos del corazón. Cuatro minutos de reposición: todo un partido. Tres. Dos. Uno. Cero.

Cuando el árbitro pitó el final caí de rodillas al suelo y comencé a llorar. Fue un llanto de lágrimas cálidas y dulces, las más dulces de mi vida. Atlético Nacional lograba conquistar una vez más la copa Libertadores de América.

***

Pienso en ese niño al que su papá sacó a la calle en hombros veintisiete años atrás, para celebrar la victoria de un equipo de fútbol que acabaría convirtiéndose en parte importante de su vida, aunque no fuera el mismo equipo de su familia y su ciudad. Pienso en los episodios que moldean las vidas humanas y que luego aparecen como momentos fundacionales de un destino. 

Según las costumbres del fútbol yo debería ser hincha de Millonarios, pero aquí estoy tantos años después, vestido con otro color, con otra camiseta, siguiendo un camino distinto con un equipo diferente, con otro escudo cercano al corazón, delirando por un título continental que parecía fuera de alcance, lejano, imposible. Aquí estoy agradecido por esas lágrimas del 27 de julio del 2016, por una de las alegrías más grandes de mi vida, por un campeonato y una noche para el recuerdo y la historia. Agradecido por ser hincha de Atlético Nacional.

No está mal ser la oveja verde de la familia.


lunes, 18 de julio de 2016

Santos y Uribe (y los héroes necesarios)

Los héroes de la retirada. Así se llamó una columna que publicó Hans Magnus Enzensberger el 26 de diciembre de 1989. La premisa básica del texto es que el mundo estaba asistiendo al nacimiento de un nuevo tipo de héroe, distinto al que siempre conocimos, al héroe de la batalla y la conquista y el triunfo. A esos héroes los llama los héroes de la retirada, personajes paradójicos cuya labor consiste en demolerse, representan la renuncia y el desmontaje. Sus victorias son distintas; la negociación su arte.

Llegué a la columna porque Javier Cercas la menciona en Anatomía de un instante. Leyendo ese libro sobre el intento de golpe del 23 de febrero de 1981, sobre la Transición, sobre España, pensé en los paralelismos de la historia y, quién sabe si forzadamente, en la realidad colombiana. Pensé que en este momento tenemos dos buenos ejemplos de esos héroes contrapuestos. Héroes es un decir: ninguno de los dos realmente lo es. Pero usemos la palabra para seguir.

Álvaro Uribe es el héroe que siempre conocimos, el héroe de la victoria y la agresión, de las estatuas con sable desenfundado. Apareció como enviado providencial para un país harto de la violencia de una guerrilla confundida y extraviada en el tiempo, anquilosada y sangrienta. La infamia de las FARC hizo que Colombia se entregara sin resistencia a Uribe y su cruzada vengativa.

Uribe se convirtió en el campeón de un ejército educado en la mentalidad de la Guerra Fría, del enemigo interno (van a poner un McDonald's en La Habana antes de que el ejército colombiano cambie su mentalidad caduca). Enarbolando la bandera del nacionalismo, del si no están conmigo están contra mí, polarizó al país y graduó de enemigo de la patria a todo aquel que no comulgara con sus ideas y directrices, con su estilo y sus objetivos. Logró acorralar a su enemigo jurado, lo golpeó una y otra vez y lo debilitó. No pudo derrotarlo, pero ganó el agradecimiento de millones de personas. Sin embargo, también logró otras cosas, como los cuatro mil asesinados porque "no estarían recogiendo café", envenenó el debate público y lo rebajó, nos hizo aún más violentos e intolerantes, nos acostumbró a desconfiar los unos de los otros, impuso una sola forma correcta de pensar que puso en peligro a todo el que no la compartiera, desbarajustó las instituciones y quiso someterlas a su albedrío personal y megalómano.

Intentó quedarse para siempre en el poder y casi lo logra. Por fortuna no fue así. Pero quienes ahí lo querían lo extrañan y tratan de devolverlo al pedestal. Lo pusieron en el Senado y desde allí continúa su labor de polarización y envenenamiento, sobre todo contra el proceso de paz. Este héroe de la victoria es un caudillo y no puede permitir que sean otros los que aparecen en los libros de historia. Es un caudillo y debe triunfar aunque todo lo demás arda y se pierda, aunque se desperdicien vidas. Su discurso de cuartel cree en el martirio y se apoya en los soldados que, al no conocer otra forma de ver el mundo, se sienten traicionados porque no los dejan hacer la guerra.

A pesar del hecho notorio de que el proceso de paz con las FARC fue posible porque están heridas y debilitadas, y lo están por la forma como las combatió, Uribe se niega a apoyar un proceso que ve como una claudicación. Así la ven también millones de personas, la mayoría gente que ha vivido la guerra tangencialmente, que se escandaliza por los menores reclutados por la guerrilla, pero luego celebra cuando a esos mismos niños les tiran bombas encima. Así la ven también los militares que se acostumbraron a medrar con la guerra, a tener el poder y el prestigio de los guerreros, a defender sus privilegios y sus pensiones abultadas. Gente obnubilada por los discursos del honor y la patria, fantasmas alimentados por quienes no dudan en enviar a otros a morir.

Uribe es la voz principal de la oposición al proceso de paz, de quienes creen que negociar es perder y repiten un estribillo vacío: Paz sí pero no así. Fiat iustitia et pereat mundus: que se haga justicia aunque perezca el mundo.

Uribe es el héroe de una victoria ilusoria, la victoria de las armas en una guerra fratricida. Es el héroe de quienes niegan la posibilidad del futuro, la oportunidad de hacer algo nuevo, porque piensan que la tierra arrasada es la única forma de volver a sembrar.

Juan Manuel Santos, por su parte, vendría siendo en esta historia el héroe de la retirada. Aunque parecía la continuación de lo anterior (y en casi todos los aspectos lo ha sido), mostró un enfoque diferente. En realidad nunca quiso ser la sombra y el títere de su antecesor: Santos siempre ha querido su lugar en la historia. Todas sus movidas fueron calculadas con ese fin y nada se lo iba a impedir. En su caso, todos los caminos llevaban a la Presidencia.

Pronto comenzaron a llamarlo traidor quienes lo subieron al trono: los fanáticos no soportan la más mínima desviación de la doctrina. El mismo Santos quiso presentarse como un traidor, no de Uribe o de sus votantes, sino de su clase social: Voy a poner a chillar a los ricos, dijo. Tonterías y veleidades del manejo de imagen y la política, saludos a la bandera y desencuentros entre quienes, de una u otra forma, siempre han mandado.

A los fieles de Uribe les pareció traición la normalización de las relaciones internacionales con Venezuela y Ecuador, así como la Ley de Tierras y la Ley de Víctimas (leyes que aunque imperfectas servían para comenzar el camino, pero aun así se encontraron con la oposición de la izquierda, en un maximalismo irracional cuyo lema parecía ser "si no es como yo lo digo, no sirve". Fiat iustitia et pereat mundus). No obstante, esos parecieron golpes menores cuando llegó la verdadera noticia, la jugada maestra, la más profunda traición: el proceso de paz con las FARC.

No se les puede proponer un proceso de paz como salida de la violencia a quienes rinden culto a la guerra.

Es el proceso el que marca el giro y hace aparecer a Santos como el héroe de la retirada. En el proceso de La Habana se ha jugado todo su capital político y es la única razón por la que consiguió la reelección.

Los colombianos nos hemos acostumbrado tanto a resolver nuestros problemas a lo bestia, por medio de la fuerza, el ruido y la agresividad, que hablar y negociar se han convertido en sinónimos de debilidad, de estupidez. Santos ha continuado a pesar de todo eso. Probablemente nadie más lo hubiera hecho, seguir con el proceso a pesar del desprestigio, de la oposición virulenta, de la desconfianza, de las acusaciones delirantes, como la de ser un comunista y guerrillero infiltrado desde los setenta. Buscar su lugar en los libros de historia lo impulsa y lo mantiene en la ruta del proceso de paz.

Tiene todo el sentido del mundo que Santos, un conspicuo representante de la clase dirigente de este país, un hijo de la Mamá Grande, sea quien encabece el intento por negociar el fin del conflicto con las FARC. Después de todo, oligarquía y guerrilla son los principales (principales, no únicos) actores en esta guerra demasiado larga.

Solo una negociación puede sacarnos de este laberinto de muerte y venganza. En Anatomía de un instante Cercas cita a Max Weber mientras habla del proceso político de la Transición:
... como si todos hubieran leído a Max Weber y pensaran como él que no hay nada éticamente más abyecto que practicar una ética espuria que sólo busca tener razón, una ética que, "en lugar de preocuparse de lo que realmente corresponde al político, el futuro y la responsabilidad frente a él, se pierde en cuestiones, por insolubles políticamente estériles, sobre cuáles han sido las culpas en el pasado" y que, incurriendo en esta indignidad culpable, "pasa además por alto la inevitable falsificación de todo el problema", una falsificación que es el resultado del interés rapaz de vencedores y vencidos en conseguir ventajas morales y materiales de la confesión de culpa ajena.
Muy probablemente Santos no ha leído a Max Weber, pero parece entender que la negociación es necesaria, que el castigo de las culpas, culpas que comparten todos los bandos, no es el elemento fundamental para terminar la guerra en Colombia, sino reconocer los daños que se han hecho, reparar a las víctimas y tratar de construir una nueva realidad donde el conflicto se tramite por cauces pacíficos. No se trata de tener razón a toda costa, sino de intentar curar las heridas de un país debilitado y casi exangüe.

Ya se ha dicho que deberemos tragarnos varios sapos: ese parece ser el precio a pagar para alcanzar la paz. Los deberes y obligaciones con los tiempos por venir así parecen exigirlo. En últimas, el proceso de paz de La Habana es un pacto por el futuro.

Al entender esto, Santos parece convertirse en nuestro héroe de la retirada, el que se demuele a sí mismo y desmonta ese mundo y ese sistema que nos llevaron a la autodestrucción y la muerte. Parece ser el campeón de la paz y comprender que "cualquier cretino es capaz de arrojar una bomba. Mil veces más difícil es desactivarla". Parece. Porque como Uribe, Santos no es un héroe, y si bien acierta con el proceso y su empecinamiento en llevarlo hasta el final, sus otras actuaciones de gobierno no se articulan a lo negociado, a las necesidades históricas de Colombia para superar la violencia (ejemplo: el problema de la tierra). Si se convenciera a sí mismo de ir un paso más allá, encontraría un lugar menos endeble en la historia, su anhelo más profundo, y sentaría bases más fuertes para la reconciliación que debemos emprender los colombianos.

Después de tanto no hemos encontrado a nuestros héroes, porque Santos y Uribe no lo son, o son héroes lábiles y defectuosos (aunque para algunos sí sean héroes en toda la regla, sobre todo Uribe). Pero creo que sí hay héroes en esta historia, héroes definitivos para el futuro, para los días complejos por venir.

Lo más sorprendente, maravilloso y hermoso que se ha visto en este proceso de paz es la existencia de miles, millones de víctimas dispuestas a perdonar. Ellas, que han sufrido de verdad y han visto y sentido los peores horrores nacidos de ese caos dantesco y repugnante que es la guerra, aún tienen la capacidad de perdonar, de seguir adelante. Una capacidad increíble y escasa y profundamente necesaria para Colombia. Las víctimas, los sobrevivientes no son todos iguales, ni tienen las mismas motivaciones, ni comprenden y habitan el mundo de la misma forma, pero con la disposición a perdonar y reconstruir se salvan ellos y nos salvan a todos, porque sin ese perdón Colombia no tiene futuro, sin el intento por curarnos no hay esperanza de lograr nada, de sembrar las semillas del mañana.

Ellos son nuestros héroes, los que tratan y consiguen perdonar lo imperdonable. Héroes ya no de la retirada, sino del encuentro, de la reconciliación.

Héroes necesarios.

lunes, 11 de julio de 2016

Resignación

Borges escribió: "Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es".

Habría que añadir que también hay un momento en que sabe lo que no va a ser, lo que nunca hará, lo que no va a lograr, a dónde nunca va a ir. Sabe que no llegará, que todas esas esperanzas no van a servir, que la canción dice la verdad: uno no es lo que quiere, sino lo que puede ser. Sabe que no todo es posible y ser bueno no es suficiente. Ve con claridad su dolorosa medianía.

Puede ser un instante luminoso y terrible, o un proceso doloroso, pero se hace consciente de que "los sueños, sueños son", y se da cuenta, siente con cada parte de su ser, que igual debe seguir adelante, así debe seguir viviendo, aunque el mañana ya no guarde las mismas promesas.

Resignación que llaman.

martes, 5 de julio de 2016

La Florida

En 1936, un catalán de nombre José Granés Mont abrió en Bogotá, en la carrera Séptima con calle Veinte, la pastelería Florida, conocida por todos como La Florida. Es uno de los sitios tradicionales de Bogotá, ha sobrevivido a sus cataclismos y cambios, es parte de su historia.

Hasta el viernes pasado nunca había ido a La Florida. Esa es una confesión un tanto vergonzosa, porque nací en Bogotá hace casi treinta años y nunca he vivido en otro lugar.

Pero fui, y fui con mi novia y fui feliz. Dos almas viejas encuentran alegría en un lugar así. Mientras charlábamos y veía esos ojos y esa sonrisa que espero poder ver el resto de mi vida, le conté la historia, que leí alguna vez en un artículo de Carlos Granés en la revista El Malpensante, sobre el fundador de La Florida, abuelo del autor, ese español que a punta de trabajo duro montó en Bogotá un salón de té a la inglesa que se convertiría en una de las pastelerías y salones de onces más emblemáticos de la ciudad.

Entonces algo encajó en mi mente ociosa.

Ya una vez hablé aquí de la sincronicidad. El último mes he usado el tiempo libre que me deja mi fracaso como profesional para leer sobre la Guerra Civil española. José Granés llegó a Colombia antes de que estallara la guerra en su país natal, y tal vez la certeza de no poder regresar a una Cataluña amenazada por las fuerzas de Franco hizo que trabajara más duro aquí. Encontró un refugio donde prosperó y crió una familia, lejos de esa guerra siniestra que nos mostró que, a diferencia de las películas, en la vida real casi siempre ganan los peores.

Por La Florida pasaron varios exiliados de la Guerra Civil y luego de la Segunda Guerra Mundial. Fue un sitio para paliar el desarraigo, para hacer de cuenta que el mundo no se había acabado.

Del artículo de Granés recuerdo una historia maravillosa. Eduardo Martínez llegó muy joven a trabajar en La Florida. Era un muchacho pobre que encontró allí la manera de hacerse a sí mismo, de salir adelante, como solemos decir. Años después, cuando José Granés murió, el negocio quedó en manos de su hijo, aunque en realidad era Martínez quien lo sabía todo sobre el funcionamiento de la pastelería. Ese hijo (padre del autor del artículo) era un hombre de izquierda que deseaba dedicarse a la vida académica e intelectual, no a La Florida. Así que un día decidió venderla. Y ahí viene lo maravilloso: a pesar de la oposición de una de sus hermanas, que consideraba que La Florida debía venderse al mejor postor, el hijo de José Granés se la vendió a Eduardo Martínez. La Florida quedó en manos de quien la merecía, del hombre cuyo trabajo había ayudado a convertirla en lo que era (y es).

No muy a menudo vemos a los principios actuar en la vida real, sobre todo cuando de dinero se trata. Por fortuna sí hay hombres dispuestos a vivir como piensan.

Recuerdo entonces otra de mis lecturas sobre la Guerra Civil, una novela o relato real o lo que sea de Javier Cercas: Soldados de Salamina, ese libro que parece tratar sobre el escritor falangista Rafael Sánchez Mazas, pero en realidad se trata sobre el personaje que aparece hacia el final, Antoni Miralles, combatiente en las filas republicanas contra Franco y luego también junto a los franceses en la Segunda Guerra Mundial. Un hombre que peleó durante años contra los fascistas y los nazis, sin descanso, sin rendirse. Una pequeña historia que forja la Historia. Un hombre normal que sobrevivió a lo cruel y a lo extraordinario.

Miralles es uno de esos tantos personajes a los que mucha gente no sabe (sabemos) que le debe la vida. Y sus días finales transcurren en un ancianato francés, lejos de la gloria del reconocimiento y el agradecimiento. Ya nadie recuerda sus sacrificios, sus victorias y esfuerzos que tanto salvaron, que intentaron, con mayor o menor fortuna, parar a los peores.

Sin embargo, podemos decir que haber sobrevivido puede calificarse como un triunfo, pero sobre todo lo es haber seguido adelante. Porque seguir adelante es derrotar, aunque sea un poco, a la adversidad. Siguió adelante Miralles luego de haber convivido con la muerte durante años, y dedicó el resto de su vida a regalarse con vino y comida. Siguió adelante José Granés, lejos de su tierra ensangrentada y construyéndose a sí mismo una nueva vida y una nueva patria, algo duradero. Siguieron adelante los exiliados que encontraron un poco de consuelo en La Florida, unas horas de tranquilidad y alegría, oír y saborear su propia lengua, apoyarse unos a otros. Siguió adelante Eduardo Martínez y recibió la recompensa que su trabajo le deparaba. Siguieron adelante los descendientes de Granés, dejando en manos de quien lo merecía esa pastelería que les dio la posibilidad de andar su propio camino.

"... hacia delante, hacia delante, hacia delante, siempre hacia delante". La victoria del hombre común consiste en seguir avanzando, ojalá con sus principios intactos. Como Granés, como su hijo, como Eduardo Martínez, como Antoni Miralles.

Cuando nos fuimos de La Florida caminamos un par de horas por el centro, en esa alegría tranquila de las horas vacías que sabe llenar el amor. Hacia el final del paseo, en la vitrina de la Librería Acuario, que queda como en la Dieciocho con Séptima, vi exhibido un libro de Rafael Sánchez Mazas. Sonreí pensando en las coincidencias que llenamos de sentido.

Seguimos nuestro camino en medio de la noche bogotana. Hacia delante, hacia delante, siempre hacia delante.