Uno, dos, tres.
Golpéalo fuerte. Es la única forma de no ahogarse en la miseria.
Un gancho, un recto a la barbilla.
Los niños tienen hambre. De ti depende que no se acuesten de nuevo sin comer.
Uno, dos, tres.
Dale duro en las costillas, en el abdomen, en la cara. Pégale como si hubieras comido algo antes de pelear. Después de todo, a ti la fuerza te viene de otro lado, no de la comida.
Recto a la nariz, uppercut en la quijada.
Él está mejor entrenado y alimentado, pero no tiene tu necesidad, el agobiante apremio por ganar la pelea porque la vida va en ello. El hambre fue tu sparring.
Uno, dos. Uno, dos.
No bajes los brazos. El cansancio no es una opción. Tampoco dejarte golpear muy fuerte. Esta noche quieres besar a tu mujer, no a la lona.
Uno, dos. Uno, dos.
Quieres llegar a tu casa con la paga en el bolsillo. Quieres sonreír cuando mires a los ojos a tu mujer y a tus hijos.
Esquiva, bloquea. Que se canse primero que tú. Las cuentas no dan espera.
Ahí está. El cabrón bajó los brazos. Tira un golpe que salga del fondo del alma, impulsado por las noches pasadas en vela pensando en cómo conseguir dinero y mantener a tu familia. Desquítate, aunque sea por una noche, de las apaleadas que te da la vida.
Notas desde la mesa de la tienda
"Con todo el fervor y el idealismo de un joven que ha pensado demasiado y ha leído demasiados libros..."
jueves 26 de enero de 2012
miércoles 18 de enero de 2012
Chamán
¿Puede un chamán detener la lluvia? Tal vez. Muy probablemente no. Quizás tenga el mismo efecto impidiendo la lluvia que tres avemarías parando un balazo. O a lo mejor la radiestesia sí sea efectiva y sea un conocimiento ajeno a la mayoría de los mortales. Ciencia arcana. Quién sabe. Lo que sí se sabe es que el dinero público no debería ser utilizado para pagar ese tipo de cosas.
Pero la cuestión va más allá. El dinero público no es para gastarlo en chamanes, pero tampoco en curas, pastores, astrólogos y demás. No todos creemos en lo mismo y es una afrenta que se impongan esas creencias a la sociedad entera, aún más en un país como este, donde lo que hay son cosas urgentes en las cuales gastar el dinero.
A la hora de parar la lluvia, ¿cuál es la diferencia entre un chamán con sus péndulos y un cura diciendo misa? Ninguna. Si uno quiere creer en algo o no hacerlo es una decisión personal. Pero que no se imponga lo que eso cuesta a todo el mundo.
P.D. Ojalá todo el peso de esta situación no recaiga sobre Jorge González Vásquez, el hombre humilde que cree tener el poder de controlar el clima. Que respondan los que lo contrataron y creen que gastar la plata así es una maravilla (aunque todos sabemos que nada va a pasar).
Pero la cuestión va más allá. El dinero público no es para gastarlo en chamanes, pero tampoco en curas, pastores, astrólogos y demás. No todos creemos en lo mismo y es una afrenta que se impongan esas creencias a la sociedad entera, aún más en un país como este, donde lo que hay son cosas urgentes en las cuales gastar el dinero.
A la hora de parar la lluvia, ¿cuál es la diferencia entre un chamán con sus péndulos y un cura diciendo misa? Ninguna. Si uno quiere creer en algo o no hacerlo es una decisión personal. Pero que no se imponga lo que eso cuesta a todo el mundo.
P.D. Ojalá todo el peso de esta situación no recaiga sobre Jorge González Vásquez, el hombre humilde que cree tener el poder de controlar el clima. Que respondan los que lo contrataron y creen que gastar la plata así es una maravilla (aunque todos sabemos que nada va a pasar).
jueves 29 de diciembre de 2011
¡Calcio!, la novela histórica, el fútbol.
La novela es una de las formas más entretenidas de acercarse a temas y hechos históricos. Por lo menos para mí: habrá puristas que condenan tal uso de la historia. En mi opinión, las novelas históricas iluminan ciertos episodios y períodos. Siempre hay que recordar que es una novela, claro está, pero la literatura es una herramienta que ayuda a adentrarse en los hechos históricos. Además, un historiador no es nada sin imaginación.
El colofón de Donde no te conozcan, la bellísima novela de Enrique Serrano, inicia así: "Hay una brecha que las palabras no penetran, un halo que no atrapan, pero el intento denodado por dar cuenta de lo que se ha ido es siempre un logro y una conquista. Bucear en el pasado como en las profundidades del océano no deja de proveer algunas perlas, por escasas o magras que parezcan. Y el brillo que de ellas se desprenda dará luz a los que vivimos hoy y a los que vivirán mañana. Es misión de la literatura retratar con mano justa, traer al presente y hacer nítido lo que estaba helado detrás de las ecombreras del tiempo. Puesto que la historia del mundo es la historia nuestra y el dolor que dejara transidos a los espíritus de otrora es el mismo espanto que nos conmueve y nos conduele hoy, sus ecos perdurarán traspasando los siglos como lamento proferido desde el nacimiento del mundo". Y así termina: "... y de tal dolor y tal silencio escasamente quedan huellas difíciles de rastrear, como no sea con la ayuda de crónicas y códices empolvados y vetustos, y no pocas veces del agudo encanto de la fantasía y la imaginación. En consecuencia, valgan estas páginas".
Así es: la literatura puede arrojar luz sobre las zonas oscuras del pasado. Revivirlas. Recrearlas. Eso hace ¡Calcio!, la novela de Juan Esteban Constaín sobre el posible origen del fútbol; sobre el fútbol mismo, sobre la academia y sus derroteros, sobre la historia humana que a veces encuentra su escenario en un campo de juego. Una novela histórica que cumple con esa misión de dar color a episodios refundidos en las partes grises de la historia. Un divertimento de la más alta seriedad. Un ejemplo de cómo la literatura, la novela, es una forma de conocimiento particular (y necesaria), como ya lo dijo Sabato. Una muy buena novela, ganadora incluso del premio Espartaco a la mejor novela histórica del 2010 (hay quien descree de los premios. Yo digo que no siempre son un disparate).
Pero más allá de la calidad literaria, de la forma estupenda en que lo transporta a uno a la Florencia de 1530, a esa Italia renacentista siempre evocadora (recordé otra novela magnífica: Los Borgia, de Mario Puzo), está el tema del fútbol. El mejor deporte inventado por el hombre. El más popular, el más difundido. Ese que, por desgracia, ha sido secuestrado por pandilleros de tribuna, pero al que no le faltan hinchas de verdad, de los que aprecian el juego y son capaces de respetar al rival, no como esa horda salvaje que considera se debe apuñalar a cualquiera que porte una camiseta del otro equipo.
El fútbol, lo más importante de las cosas menos importantes, como dijo alguna vez Jorge Valdano. Esa pasión que a unos nos enloquece y nos llena la vida y a otros los saca de casillas. Eso es normal: no a todo el mundo puede ni tiene que gustarle el fútbol. Eso sí, no comprendo por qué quienes detestan el fútbol suelen descalificarlo como un deporte sólo apto para trogloditas, para retrasados mentales y brutos. En pocas palabras, califican a todo aficionado al fútbol como un estúpido. Y eso es una tontería. Una pequeña revisión mostrará cuántas mentes brillantes han amado el fútbol y han reflexionado sobre él. Dudo seriamente que Albert Camus fuera un idiota, por ejemplo; el mismo Valdano, Eduardo Galeano, Juan Villoro, Osvaldo Soriano, Roberto Fontanarrosa. ¿Debemos creerles la superioridad moral a quienes nos dicen bárbaros e idiotas por ver fútbol? No. El fútbol ha sido la raíz de hermosas reflexiones, de frases lapidarias que aun resuenan en el tiempo, de alegrías indescriptibles y tristezas profundas. De humanidad, en resumidas cuentas. Y quien lo ve y lo ama, sabe que hay ocasiones en las cuales sobre una grama se ve algo que no es nada distinto al arte; sabe también que en una cancha cabe la épica, que los héroes a veces usan guayos y que lo sublime puede contenerse en el movimiento de un balón.
Dinámica de lo impensado, cuestión más allá de la vida o la muerte, guerra en calzoncillos: todo eso, y más, es el fútbol. Por eso es gratificante encontrar una novela como ¡Calcio!, que lo aborde con ingenio, humor, cuidado, respeto. Constaín mismo es aficionado al fútbol y nos demuestra, una vez más, que este deporte puede ser abordado por el intelecto, por el arte, por la manía de contar historias. El fúbol es materia de la historia y de la literatura. Sin duda alguna.
"Quizás, desde sus remotos orígenes en una noche, la civilización no fuera otra cosa que el intento de los hombres por dominar a la pelota. Quizás por eso se inventó la rueda: para no dejarla caer de los pies; para hacer goles, no pirámides".
El colofón de Donde no te conozcan, la bellísima novela de Enrique Serrano, inicia así: "Hay una brecha que las palabras no penetran, un halo que no atrapan, pero el intento denodado por dar cuenta de lo que se ha ido es siempre un logro y una conquista. Bucear en el pasado como en las profundidades del océano no deja de proveer algunas perlas, por escasas o magras que parezcan. Y el brillo que de ellas se desprenda dará luz a los que vivimos hoy y a los que vivirán mañana. Es misión de la literatura retratar con mano justa, traer al presente y hacer nítido lo que estaba helado detrás de las ecombreras del tiempo. Puesto que la historia del mundo es la historia nuestra y el dolor que dejara transidos a los espíritus de otrora es el mismo espanto que nos conmueve y nos conduele hoy, sus ecos perdurarán traspasando los siglos como lamento proferido desde el nacimiento del mundo". Y así termina: "... y de tal dolor y tal silencio escasamente quedan huellas difíciles de rastrear, como no sea con la ayuda de crónicas y códices empolvados y vetustos, y no pocas veces del agudo encanto de la fantasía y la imaginación. En consecuencia, valgan estas páginas".
Así es: la literatura puede arrojar luz sobre las zonas oscuras del pasado. Revivirlas. Recrearlas. Eso hace ¡Calcio!, la novela de Juan Esteban Constaín sobre el posible origen del fútbol; sobre el fútbol mismo, sobre la academia y sus derroteros, sobre la historia humana que a veces encuentra su escenario en un campo de juego. Una novela histórica que cumple con esa misión de dar color a episodios refundidos en las partes grises de la historia. Un divertimento de la más alta seriedad. Un ejemplo de cómo la literatura, la novela, es una forma de conocimiento particular (y necesaria), como ya lo dijo Sabato. Una muy buena novela, ganadora incluso del premio Espartaco a la mejor novela histórica del 2010 (hay quien descree de los premios. Yo digo que no siempre son un disparate).
Pero más allá de la calidad literaria, de la forma estupenda en que lo transporta a uno a la Florencia de 1530, a esa Italia renacentista siempre evocadora (recordé otra novela magnífica: Los Borgia, de Mario Puzo), está el tema del fútbol. El mejor deporte inventado por el hombre. El más popular, el más difundido. Ese que, por desgracia, ha sido secuestrado por pandilleros de tribuna, pero al que no le faltan hinchas de verdad, de los que aprecian el juego y son capaces de respetar al rival, no como esa horda salvaje que considera se debe apuñalar a cualquiera que porte una camiseta del otro equipo.
El fútbol, lo más importante de las cosas menos importantes, como dijo alguna vez Jorge Valdano. Esa pasión que a unos nos enloquece y nos llena la vida y a otros los saca de casillas. Eso es normal: no a todo el mundo puede ni tiene que gustarle el fútbol. Eso sí, no comprendo por qué quienes detestan el fútbol suelen descalificarlo como un deporte sólo apto para trogloditas, para retrasados mentales y brutos. En pocas palabras, califican a todo aficionado al fútbol como un estúpido. Y eso es una tontería. Una pequeña revisión mostrará cuántas mentes brillantes han amado el fútbol y han reflexionado sobre él. Dudo seriamente que Albert Camus fuera un idiota, por ejemplo; el mismo Valdano, Eduardo Galeano, Juan Villoro, Osvaldo Soriano, Roberto Fontanarrosa. ¿Debemos creerles la superioridad moral a quienes nos dicen bárbaros e idiotas por ver fútbol? No. El fútbol ha sido la raíz de hermosas reflexiones, de frases lapidarias que aun resuenan en el tiempo, de alegrías indescriptibles y tristezas profundas. De humanidad, en resumidas cuentas. Y quien lo ve y lo ama, sabe que hay ocasiones en las cuales sobre una grama se ve algo que no es nada distinto al arte; sabe también que en una cancha cabe la épica, que los héroes a veces usan guayos y que lo sublime puede contenerse en el movimiento de un balón.
Dinámica de lo impensado, cuestión más allá de la vida o la muerte, guerra en calzoncillos: todo eso, y más, es el fútbol. Por eso es gratificante encontrar una novela como ¡Calcio!, que lo aborde con ingenio, humor, cuidado, respeto. Constaín mismo es aficionado al fútbol y nos demuestra, una vez más, que este deporte puede ser abordado por el intelecto, por el arte, por la manía de contar historias. El fúbol es materia de la historia y de la literatura. Sin duda alguna.
"Quizás, desde sus remotos orígenes en una noche, la civilización no fuera otra cosa que el intento de los hombres por dominar a la pelota. Quizás por eso se inventó la rueda: para no dejarla caer de los pies; para hacer goles, no pirámides".
domingo 25 de diciembre de 2011
Correr
No hay nada nuevo en decir que la vida no es una carrera de cien metros planos sino una maratón. No se trata de un tramo corto para recorrerlo a toda velocidad, sino de una carrera larga de resistencia y dosificación de las fuerzas. Hay que tener arrestos para llegar al final.
Unos la corren demasiado rápido, otros muy despacio. Todos quieren llegar en primer lugar. ¿Será que ese sí es el objetivo? ¿No será, más bien, que cada uno debe respetar los tiempos que su propia vida le pone? Sin embargo, el uno siempre quiere correr como ve correr al otro, al de al lado, al vecino que enfrenta su carrera como puede. Pero no todos somos corredores de velocidad. Algunos somos maratonistas. O ya estamos sin aire antes de salir a correr.
No todos queremos llegar primero. Al fin y al cabo, como dijo el arriero, lo importante es saber llegar.
Unos la corren demasiado rápido, otros muy despacio. Todos quieren llegar en primer lugar. ¿Será que ese sí es el objetivo? ¿No será, más bien, que cada uno debe respetar los tiempos que su propia vida le pone? Sin embargo, el uno siempre quiere correr como ve correr al otro, al de al lado, al vecino que enfrenta su carrera como puede. Pero no todos somos corredores de velocidad. Algunos somos maratonistas. O ya estamos sin aire antes de salir a correr.
No todos queremos llegar primero. Al fin y al cabo, como dijo el arriero, lo importante es saber llegar.
sábado 17 de diciembre de 2011
Colombia II
Por razones de trabajo tuve que ir a uno de los puntos de encuentro de la marcha del seis de diciembre. Al principio había poca gente y el clima no parecía estar del lado de quienes iban a marchar. Luego fue apareciendo más gente. Camisetas blancas, banderas, manillas, botones. Vendedores de todas las anteriores. Pancartas, fotografías. Medios de comunicación. Todos los ingredientes.
Cuando hubo un buen grupo de gente y cerraron la carrera Séptima, empezaron a escucharse arengas y gritos. Desde una tarima, una mujer hablaba sobre los secuestrados, sobre la logística de la marcha, sobre los deseos de paz de los colombianos. Más personas se concentraban en ese punto. Nunca llegó a ser una gran multitud, pero tampoco eran muy pocos. La lluvia pudo haber sido la razón. La apatía. Ver que un gobierno usa la indignación para auparse en las encuestas. Quién sabe.
Puse mucha atención a lo que la gente decía y gritaba. Y me asusté. Lo hice porque una marcha que, supuestamente, era para rechazar la violencia y esta barbarie permanente en la que vivimos los colombianos, se iba transformando en una manifestación para que la gente expresara su odio, no sólo contra las Farc (cosa normal), sino contra quienes creen son sus ayudantes y simpatizantes: supuestamente la justicia, el periodismo, Iván Cepeda. Medio país, según ellos. A los gritos de "¡No más Farc!, ¡no más Farc!" los semblantes se iban transformando. Ira, ojos inyectados de sangre. En un momento, la mujer de la tarima trató de calmar los ánimos y decirle a la gente que no estaban manifestando sólo contra las Farc sino contra todos los violentos de este país. Entonces, una señora que estaba a mi lado volteó a mirar hacia la tarima; furiosa, vociferó que ella gritaba lo que se le diera la gana. Su mirada contenía tanta ira que parecía imposible de lograr. Una imagen terrible.
Y entonces me di cuenta de que, hasta para pedir la paz, los colombianos somos violentos. Entendí por qué nuestra guerra no se acaba, por qué nos matamos unos a otros por cualquier tontería. Una manifestación para exigir la paz, el cese de la guerra y sus atrocidades, estaba teñida de la misma ira que alimenta a todos los bandos armados de este conflicto. La población confunde determinación y firmeza con furia, sed de sangre y venganza.
Si los buenos, que se supone somos más, nos comportamos así, ¿qué se puede esperar de los salvajes que ejecutan secuestrados, descuartizan campesinos y trafican droga?
Cuando hubo un buen grupo de gente y cerraron la carrera Séptima, empezaron a escucharse arengas y gritos. Desde una tarima, una mujer hablaba sobre los secuestrados, sobre la logística de la marcha, sobre los deseos de paz de los colombianos. Más personas se concentraban en ese punto. Nunca llegó a ser una gran multitud, pero tampoco eran muy pocos. La lluvia pudo haber sido la razón. La apatía. Ver que un gobierno usa la indignación para auparse en las encuestas. Quién sabe.
Puse mucha atención a lo que la gente decía y gritaba. Y me asusté. Lo hice porque una marcha que, supuestamente, era para rechazar la violencia y esta barbarie permanente en la que vivimos los colombianos, se iba transformando en una manifestación para que la gente expresara su odio, no sólo contra las Farc (cosa normal), sino contra quienes creen son sus ayudantes y simpatizantes: supuestamente la justicia, el periodismo, Iván Cepeda. Medio país, según ellos. A los gritos de "¡No más Farc!, ¡no más Farc!" los semblantes se iban transformando. Ira, ojos inyectados de sangre. En un momento, la mujer de la tarima trató de calmar los ánimos y decirle a la gente que no estaban manifestando sólo contra las Farc sino contra todos los violentos de este país. Entonces, una señora que estaba a mi lado volteó a mirar hacia la tarima; furiosa, vociferó que ella gritaba lo que se le diera la gana. Su mirada contenía tanta ira que parecía imposible de lograr. Una imagen terrible.
Y entonces me di cuenta de que, hasta para pedir la paz, los colombianos somos violentos. Entendí por qué nuestra guerra no se acaba, por qué nos matamos unos a otros por cualquier tontería. Una manifestación para exigir la paz, el cese de la guerra y sus atrocidades, estaba teñida de la misma ira que alimenta a todos los bandos armados de este conflicto. La población confunde determinación y firmeza con furia, sed de sangre y venganza.
Si los buenos, que se supone somos más, nos comportamos así, ¿qué se puede esperar de los salvajes que ejecutan secuestrados, descuartizan campesinos y trafican droga?
domingo 27 de noviembre de 2011
Colombia
A veces sólo salva creer en los finales felices. Hay que ver los noticieros colombianos, o leer los periódicos, para constatarlo. Tanto sufrimiento, tanta sangre, todos esos muertos, torturados, desaparecidos y mutilados. Gente secuestrada por tantos años, más de la mitad de lo que uno ha vivido. La manigua que pulula en este país parece hecha de dolor.
Por eso a veces optamos por creer en que todo se solucionará, que todo ese sufrimiento sólo puede ser el paso anterior a un desenlace feliz, virtuoso, rebosante de sonrisas y perdón. Tanta porquería se aguanta porque, se cree, la alegría está a punto de llegar. Pero pasan los días y no aparece. Lo más probable es que no va a llegar.
El último episodio de la infamia fue el ajusticiamiento por parte de las Farc de cuatro secuestrados. Otro capítulo de la guerra sucia de un país sucio que hace rato se acostumbró a su inmundicia. De tanto querer este muladar uno termina por detestarlo. La salida no está por ningún lado. Y, en la cima del hastío, uno termina por creer que no, no hay un final feliz. Hollywood queda muy lejos, el celuloide no tiene nada para darle a esta tierra. En la realidad no hay un bonito baile y una canción tierna al final de la historia.
Aquí solo hay muertos, familias llorando y un niño que nunca pudo tener a su padre porque alguien consideró que su vida valía menos que la cocaína.
Por eso a veces optamos por creer en que todo se solucionará, que todo ese sufrimiento sólo puede ser el paso anterior a un desenlace feliz, virtuoso, rebosante de sonrisas y perdón. Tanta porquería se aguanta porque, se cree, la alegría está a punto de llegar. Pero pasan los días y no aparece. Lo más probable es que no va a llegar.
El último episodio de la infamia fue el ajusticiamiento por parte de las Farc de cuatro secuestrados. Otro capítulo de la guerra sucia de un país sucio que hace rato se acostumbró a su inmundicia. De tanto querer este muladar uno termina por detestarlo. La salida no está por ningún lado. Y, en la cima del hastío, uno termina por creer que no, no hay un final feliz. Hollywood queda muy lejos, el celuloide no tiene nada para darle a esta tierra. En la realidad no hay un bonito baile y una canción tierna al final de la historia.
Aquí solo hay muertos, familias llorando y un niño que nunca pudo tener a su padre porque alguien consideró que su vida valía menos que la cocaína.
lunes 31 de octubre de 2011
Petro
El nuevo alcalde de Bogotá es Gustavo Petro. Ahora le pertenece una alcaldía que, al comienzo de la campaña, parecía estar lista para una nueva llegada de Enrique Peñalosa. Eso, claro, antes de que decidiera meterse en la cama con criminales. No aprendió la lección de hace cuatro años, cuando perdió con Samuel Moreno por aceptar el apoyo de Álvaro Uribe. Volvió a hacerlo y perdió unas elecciones que habría ganado con una mano amarrada en la espalda. Quedaron demostradas dos cosas: primero, Peñalosa es una bestia, el gerente derivó demasiado fácil hacia el politiquero; segundo, Uribe ya no endosa un voto ni para elegir al administrador de un conjunto residencial.
Petro será el alcalde de Bogotá. Personalmente, aunque estoy de acuerdo con varios de sus postulados, no voté por él. No me inspiró la suficiente confianza, cosa que me sucede con frecuencia al tratarse de Petro desde que votó por el actual procurador. En las elecciones pasadas para alcalde cometí el error de votar por alguien que no me convencía del todo pero que, supuestamente, defendía las ideas de la izquierda. Todos sabemos cómo terminó de mal eso. A diferencia de Peñalosa, yo sí aprendí la lección para estas elecciones y para las que vienen: si no estoy convencido, no voto por nadie. Punto.
Sin embargo, espero de todo corazón que Petro gobierne bien. Es un tipo serio y muy inteligente, un gran líder con capacidad de mando y argumentación. Ojalá esas virtudes se encaminen a sacar a Bogotá del hueco infecto en el que está porque, sinceramente, no sé si esta ciudad aguante otros cuatro años de desastre. Ojalá lo haga muy bien, concentrado en la ciudad para mejorarla y no para usarla como trampolín para llegar a la presidencia. No fue el candidato de mi elección y me despierta varia inquietudes pero, así como cuando uno critica al delantero del equipo del cual es hincha, esperando silenciosamente que el tipo haga gol y le calle la jeta a uno, espero que cuando Petro termine su mandato las cosas en esta ciudad estén mejor.
Una buena alcaldía de Petro, además, le abriría las puertas a verdaderas alternativas en la política colombiana. Por otro lado, siendo un hombre que abandonó el camino equivocado de las armas, un éxito suyo como alcalde sería un gran paso para alcanzar una verdadera reconciliación nacional. Está en sus manos no embarrarla y salir con un chorro de babas teñido de populismo.
Por el bien de todos y el de Bogotá, esperemos que en cuatro años se pueda dar un parte positivo sobre el mandato de Petro.
Petro será el alcalde de Bogotá. Personalmente, aunque estoy de acuerdo con varios de sus postulados, no voté por él. No me inspiró la suficiente confianza, cosa que me sucede con frecuencia al tratarse de Petro desde que votó por el actual procurador. En las elecciones pasadas para alcalde cometí el error de votar por alguien que no me convencía del todo pero que, supuestamente, defendía las ideas de la izquierda. Todos sabemos cómo terminó de mal eso. A diferencia de Peñalosa, yo sí aprendí la lección para estas elecciones y para las que vienen: si no estoy convencido, no voto por nadie. Punto.
Sin embargo, espero de todo corazón que Petro gobierne bien. Es un tipo serio y muy inteligente, un gran líder con capacidad de mando y argumentación. Ojalá esas virtudes se encaminen a sacar a Bogotá del hueco infecto en el que está porque, sinceramente, no sé si esta ciudad aguante otros cuatro años de desastre. Ojalá lo haga muy bien, concentrado en la ciudad para mejorarla y no para usarla como trampolín para llegar a la presidencia. No fue el candidato de mi elección y me despierta varia inquietudes pero, así como cuando uno critica al delantero del equipo del cual es hincha, esperando silenciosamente que el tipo haga gol y le calle la jeta a uno, espero que cuando Petro termine su mandato las cosas en esta ciudad estén mejor.
Una buena alcaldía de Petro, además, le abriría las puertas a verdaderas alternativas en la política colombiana. Por otro lado, siendo un hombre que abandonó el camino equivocado de las armas, un éxito suyo como alcalde sería un gran paso para alcanzar una verdadera reconciliación nacional. Está en sus manos no embarrarla y salir con un chorro de babas teñido de populismo.
Por el bien de todos y el de Bogotá, esperemos que en cuatro años se pueda dar un parte positivo sobre el mandato de Petro.
jueves 27 de octubre de 2011
Halloween
¿Y usted de qué se va a disfrazar? Yo casi nunca me disfrazo: me da pereza. Pero no es falta de ideas, porque Colombia las da todos los días. Con los personajes paridos en esta tierra hay para dar y convidar.
Está el disfraz de Procurador/Inquisidor. El problema sería que toda la noche tendría que aclarar que es Ordóñez y no Torquemada. Pero aguanta.
También puede cuadrar con un amigo para que los dos se disfracen del general Naranjo. Rifen quién va a sostener al otro en los hombros.
El disfraz de cavernícola ha sido revitalizado gracias a tipos como Enrique Gómez Hurtado. Ahora puede decirse que sirve como disfraz de miembro del Partido Conservador. No olvide decir toda la noche que está en contra del aborto porque defiende la vida, pero vaya que deberían asesinar a todo el que no sea conservador.
Disfrácese de Petro. Tutee a todas las personas que se encuentre y hable de sí mismo en tercera persona. Si se encuentra al Procurado/Inquisidor en la fiesta dele palmaditas en la espalda y dígale que está arrepentidísimo de haber votado por él.
También puede ser de Gina Parody. Trate de disimular el hablado gomelo. Compre votos en la fiesta regalando monturas para gafas.
Para disfrazarse de Peñalosa, cargue en un hombro un bulto de cemento y en el otro a un enano agresivo con acento paisa, metáfora de las cosas en las que insiste en campaña pero suelen llevarlo a la derrota.
Por supuesto, no hay que dejar los clásicos a un lado, como los disfraces de superhéroe. Puede ser de Batman: de Batman Camargo.
Si se va a disfrazar del Bolillo Gómez, hágalo de común acuerdo con su novia. Deben ensayar la pantomima de la cascada a la salida del bar. Debe ser lo más real posible para el éxito del disfraz.
Disfraces es lo que hay. Piense y verá que encuentra más personajes dignos de ser emulados en Halloween.
Está el disfraz de Procurador/Inquisidor. El problema sería que toda la noche tendría que aclarar que es Ordóñez y no Torquemada. Pero aguanta.
También puede cuadrar con un amigo para que los dos se disfracen del general Naranjo. Rifen quién va a sostener al otro en los hombros.
El disfraz de cavernícola ha sido revitalizado gracias a tipos como Enrique Gómez Hurtado. Ahora puede decirse que sirve como disfraz de miembro del Partido Conservador. No olvide decir toda la noche que está en contra del aborto porque defiende la vida, pero vaya que deberían asesinar a todo el que no sea conservador.
Disfrácese de Petro. Tutee a todas las personas que se encuentre y hable de sí mismo en tercera persona. Si se encuentra al Procurado/Inquisidor en la fiesta dele palmaditas en la espalda y dígale que está arrepentidísimo de haber votado por él.
También puede ser de Gina Parody. Trate de disimular el hablado gomelo. Compre votos en la fiesta regalando monturas para gafas.
Para disfrazarse de Peñalosa, cargue en un hombro un bulto de cemento y en el otro a un enano agresivo con acento paisa, metáfora de las cosas en las que insiste en campaña pero suelen llevarlo a la derrota.
Por supuesto, no hay que dejar los clásicos a un lado, como los disfraces de superhéroe. Puede ser de Batman: de Batman Camargo.
Si se va a disfrazar del Bolillo Gómez, hágalo de común acuerdo con su novia. Deben ensayar la pantomima de la cascada a la salida del bar. Debe ser lo más real posible para el éxito del disfraz.
Disfraces es lo que hay. Piense y verá que encuentra más personajes dignos de ser emulados en Halloween.
jueves 13 de octubre de 2011
Fugaz
Todo pasa. El mundo, se ha decretado, debe ser efímero, pasajero, instantáneo, hecho para el rápido olvido. Todo es obsoleto en un santiamén. No hay tiempo para pensar porque puede pasarse la siguiente novedad. No nos podemos bañar dos veces en el mismo río. El cambio es así. Y eso que Heráclito no supo de los ríos que terminan en las potentes turbinas de una hidroeléctrica.
Nada perdura, o muy poco lo hace. Y a veces se siente nostalgia, deseo de una estabilidad que ya no es posible. El planeta, parece, gira más rápido. Hasta los recuerdos se deshacen a mayor velocidad. La información no da tiempo para asimilarse. Un hecho reemplaza al otro y a otro y a otro. La memoria se delega en dispositivos con la capacidad de volverlo a uno tonto. Ser tonto es necesario.
Es el mundo donde se llama eterno a un (supuesto) legado basado en aparatos diseñados para ser obsoletos tras llevar treinta segundos fuera del empaque. Gadgets que hacen sentir al usuario parte de algo superior y exclusivo, aún cuando se venden millones en todo el planeta. Una logia del consumo. Una sobreactuación inconmensurable.
Y todo el tiempo nacen nuevas logias similares. Y pelean entre ellas. Una guerra tribal con el respaldo de la banda ancha.
Antes los genios, los visionarios, eran reconocidos como tales tras mucho tiempo y un aporte de potencialidades inimaginables; se llamaba revolucionarios a quienes eran capaces de cambiar todo un orden. Ahora es quien mejora cosas ya inventadas y diseña una estrategia difícilmente mejorable para vender millones de unidades haciendo sentir al que los compra como si fuera único y pensara diferente. Encontrar un mejor ejemplo de paradoja es complicado. Tal vez encontrar eternidad en la obsolescencia programada sea el único ejemplo mejor.
En últimas, no es "el Da Vinci de nuestra época" el problema: al fin y al cabo, lo único que hizo fue lo que todos queremos hacer, que es ganar muchísimo dinero trabajando en lo que deseamos; el lío está en quienes de verdad lo consideran un genio comparable a Da Vinci. Esos fanáticos capaces de concebir un despropósito como llamarlo iGod o comparar la manzana de su logo con la que cayó en la cabeza de Newton. Supongo que vender millones de aparatos es tan trascendental como descubrir un principio físico fundamental.
Al santo Job lo recuerda la tradición cristiana por su paciencia. Tal vez la religión del consumo recuerde al santo Jobs por su impaciencia para crear y vender más y más cosas.
Nada perdura, o muy poco lo hace. Y a veces se siente nostalgia, deseo de una estabilidad que ya no es posible. El planeta, parece, gira más rápido. Hasta los recuerdos se deshacen a mayor velocidad. La información no da tiempo para asimilarse. Un hecho reemplaza al otro y a otro y a otro. La memoria se delega en dispositivos con la capacidad de volverlo a uno tonto. Ser tonto es necesario.
Es el mundo donde se llama eterno a un (supuesto) legado basado en aparatos diseñados para ser obsoletos tras llevar treinta segundos fuera del empaque. Gadgets que hacen sentir al usuario parte de algo superior y exclusivo, aún cuando se venden millones en todo el planeta. Una logia del consumo. Una sobreactuación inconmensurable.
Y todo el tiempo nacen nuevas logias similares. Y pelean entre ellas. Una guerra tribal con el respaldo de la banda ancha.
Antes los genios, los visionarios, eran reconocidos como tales tras mucho tiempo y un aporte de potencialidades inimaginables; se llamaba revolucionarios a quienes eran capaces de cambiar todo un orden. Ahora es quien mejora cosas ya inventadas y diseña una estrategia difícilmente mejorable para vender millones de unidades haciendo sentir al que los compra como si fuera único y pensara diferente. Encontrar un mejor ejemplo de paradoja es complicado. Tal vez encontrar eternidad en la obsolescencia programada sea el único ejemplo mejor.
En últimas, no es "el Da Vinci de nuestra época" el problema: al fin y al cabo, lo único que hizo fue lo que todos queremos hacer, que es ganar muchísimo dinero trabajando en lo que deseamos; el lío está en quienes de verdad lo consideran un genio comparable a Da Vinci. Esos fanáticos capaces de concebir un despropósito como llamarlo iGod o comparar la manzana de su logo con la que cayó en la cabeza de Newton. Supongo que vender millones de aparatos es tan trascendental como descubrir un principio físico fundamental.
Al santo Job lo recuerda la tradición cristiana por su paciencia. Tal vez la religión del consumo recuerde al santo Jobs por su impaciencia para crear y vender más y más cosas.
viernes 7 de octubre de 2011
La caverna
Dicen que cinco millones de personas firmaron para apoyar la iniciativa de la Iglesia y el Partido Conservador que busca volver a penalizar el aborto en Colombia, incluso en los tres casos que habían sido autorizados por la Corte Constitucional. La caverna al ataque. De nuevo.
Cicno millones es una cifra que se dice fácil. Pero eso es mucha gente. Demasiada gente. Y si uno se pone a pensar, esas firmas quieren decir que uno convive con cinco millones de personas convencidas de que una mujer violada está obligada a tener un hijo producto de esa vejación, o a continuar con un embarazo capaz de poner en peligro su vida o la del bebé. Y eso es una perspectiva triste y aterradora. Profundamente aterradora.
No más, no más con esta gente idiota y retardataria. Un problema de salud pública no puede ser estudiado con los ojos de la moral católica. La racionalidad debe prevalecer en estos casos.
Si quiere, puede firmar para apoyar el rechazo a la inciativa que busca eliminar el aborto en casos extremos. Aquí puede hacerlo. Aún queda gente sensata, sólo tiene que hacerse notar.
Cicno millones es una cifra que se dice fácil. Pero eso es mucha gente. Demasiada gente. Y si uno se pone a pensar, esas firmas quieren decir que uno convive con cinco millones de personas convencidas de que una mujer violada está obligada a tener un hijo producto de esa vejación, o a continuar con un embarazo capaz de poner en peligro su vida o la del bebé. Y eso es una perspectiva triste y aterradora. Profundamente aterradora.
No más, no más con esta gente idiota y retardataria. Un problema de salud pública no puede ser estudiado con los ojos de la moral católica. La racionalidad debe prevalecer en estos casos.
Si quiere, puede firmar para apoyar el rechazo a la inciativa que busca eliminar el aborto en casos extremos. Aquí puede hacerlo. Aún queda gente sensata, sólo tiene que hacerse notar.
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