lunes, 27 de febrero de 2017

Posconflicto


Mi papá lleva unos meses trabajando en los campamentos de los verificadores del proceso de paz con las FARC. Ha estado en dos sitios en el Caquetá y uno en Antioquia. Cada vez que viene a Bogotá a descansar, lo importuno con preguntas sobre lo que está pasando en esos campamentos, sobre la realidad diaria de esos lugares donde tanto está en juego. Nos sentamos a hablar, a veces con unas cervezas, y él me cuenta.

En su trabajo se encarga de la alimentación de los observadores de la ONU y los representantes del Estado y la guerrilla. Se ha encontrado con militares bolivianos, salvadoreños, mexicanos, chilenos, destacados en Colombia por la ONU para apoyar el proceso de concentración y desarme de las FARC; gente que está lejos de sus casas ayudando a otros a encontrar la paz, hombres y mujeres dispuestos a ayudarnos a recorrer el camino hacia el fin de la guerra. Por supuesto también ha compartido con los militares colombianos, que están aprendiendo a convivir con quienes fueron sus enemigos, a hablar y trabajar con quienes antes solo compartían balas, bombas e improperios. Y se ha puesto a hablar con los guerrilleros.

Esa ha sido toda una experiencia, la de ver la guerra y la historia colombianas desde el otro lado, desde una perspectiva que ignoramos por completo porque el discurso oficial siempre nos ha dicho que allá, en el monte, no hay nada más que bestias asesinas.

- Pero uno conoce a la persona -me dice mi papá.

Y me cuenta historias. Como la de los primeros días en el campamento, donde se sentía una calma tensa entre guerrilleros y soldados, la mayoría muy jóvenes. Enseñados a odiarse, ahora debían compartir el mismo espacio. Sin embargo, en el transcurso de las jornadas los enemigos empiezan a tener pequeños gestos de concordia y respeto: se saludan al encontrarse en la calle, cruzan palabras algo distantes pero amables. Parece posible un futuro distinto construido a partir de esas pequeñas cosas.

O la de una guerrillera que se le acercó y le preguntó si podía pedirle algo. Cuando mi papá asintió, la mujer le preguntó si era posible que le prepararan un pedazo de carne. Quería sentarse y disfrutar de un plato hecho solo para ella. Solo para ella.

Me cuenta sobre la pequeña reunión de año nuevo organizada por el coronel boliviano que dirige el campamento donde estaba, un hombre muy amable pero estricto que apenas permitió hacer un breve brindis con champaña, comprada por él mismo. Esa noche habló uno de los representantes de la guerrilla, un hombre al que le falta una de sus piernas y usa una prótesis. Habló sobre la guerra, sobre la sangre que nos ha ahogado por tanto tiempo, sobre la necesidad de parar este infierno, y reiteró el compromiso de las FARC con el proceso, su convencimiento de que esta es la mejor forma de construir una nueva Colombia. Me cuenta mi papá, con la voz inquieta y los ojos brillantes y húmedos, que todos quienes lo oyeron estaban muy conmovidos por sus palabras.

- Esa gente está cansada -me dice.

Los monstruos son reales, sí, y hay quienes cortejan la destrucción, pero no están solo de ese lado.

Pienso en una obviedad que años y años de propaganda nos ha borrado de la mente: en las filas guerrilleras también hay seres humanos. Personas capaces de sufrir y de hastiarse de la violencia y los muertos, de la sangre, las lágrimas y la mierda. De la guerra. Gente como nosotros.

En el lugar más reciente en el que estuvo, cerca a Ituango, mi papá conoció a un guerrillero, muy joven, que siempre anda con un escudo de Nacional hecho de cuentas colgado del cuello. También con manillas. Todo hecho por él mismo. Se pusieron a hablar y terminó por contarle de mí, de mi afición por Nacional, y el guerrillero le dijo que si quería me hacía uno de esos particulares collares y una manilla. Mi papá le dijo que sí.

Los estoy viendo mientras escribo esto. Me parecen un regalo maravilloso y me dan ganas de ponérmelos cada vez que juegue Nacional. Pero al verlos también los considero un recordatorio de lo que está en juego en estos momentos.

El proceso de paz con las FARC se enfrentará a grandes dificultades: el incumplimiento estatal, la corrupción, las disidencias guerrilleras y la reincidencia de algunos de sus militantes, la oposición indigna, falaz e interesada de los Uribe, los Ordóñez, los Lafaurie, los Pastrana, las Cabal, las Valencia y tantos otros que en la luz o en la oscuridad intentarán, por cualquier medio, despeñarnos de nuevo en el abismo del conflicto. Por eso necesitará de nosotros, la gente pequeña, los nadie, y de nuestros gestos de reconciliación, mesura, compasión y entendimiento, para salir adelante.

No todo depende de Santos y su gobierno de arlequines voraces, de Timochenko y la cúpula impopular de las FARC, o de los grandes discursos de la izquierda y la derecha que han olvidado la realidad cotidiana, los dolores, las angustias y las necesidades de la gente de a pie. Si la salvación de este país es posible, pasa porque los colombianos, no importa cuán distintos seamos, podamos encontrar lo que tenemos en común e impedir que los dogmas nos separen y nos lleven a odiarnos. Pasa porque seamos capaces de tender la mano a quien perdió el rumbo pero lucha por encontrarlo de nuevo. Por saber que allá en la manigua hay gente que anhela dejar atrás las penas y la fatiga del conflicto armado.

Pasa porque uno, que ha vivido toda su vida en la ciudad y no ha estado cerca a la guerra y su caos, vea que puede compartir con un guerrillero una misma afición, así sea por algo tan trivial, y a la vez tan querido, como un equipo de fútbol.

Las cuentas verdes, blancas y negras me recuerdan que en las montañas de Antioquia hay un joven de manos talentosas que sueña con salir del infierno y poder ver tranquilo al mismo equipo de fútbol que yo.

Tengo en las manos un pedazo de posconflicto.

viernes, 17 de febrero de 2017

El pasado no es pasado


A veces para entender el periódico del día hay que recurrir a los libros de historia.

Una y otra vez termina uno por recordar las palabras de Faulkner: "El pasado nunca muere. Ni siquiera es pasado". Ante el ascenso ominoso del populismo, de los fascismos disfrazados y bien educados en los modales de la democracia, tan parecidos a los de principios del siglo XX, me propuse hacer una serie de lecturas sobre las dos guerras mundiales, sobre esa primera mitad de siglo que vio a la humanidad marchar con júbilo hacia el abismo, la vio arder en las llamas de la mentira, el odio y la codicia.

No han faltado los escalofríos. Tampoco la sensación de familiaridad, de repetición, de retorno de la catástrofe. 

Escalofríos siente uno al encontrar en la tristeza de Stefan Zweig, en su nostalgia por el mundo golpeado por la Primera Guerra Mundial y liquidado por la Segunda, descripciones de movimientos y sentimientos colectivos muy similares a los de hoy, formas de ver el mundo que sumieron a la humanidad en carnicerías gigantescas y destrucciones masivas, hipocresías que costaron millones de vidas.
Había reconocido al adversario contra el cual tenía que luchar: el falso heroísmo que prefiere enviar al sufrimiento y a la muerte primero a los demás; el optimismo barato de profetas sin conciencia, tanto políticos como militares que, prometiendo sin escrúpulos la victoria, prolongan la carnicería y, detrás de ellos, el coro que han alquilado, todos esos 'charlatanes de la guerra', como los estigmatizó Werfel en su bello poema. El que exponía una duda, entorpecía su actividad política; al que les daba una advertencia, lo escarnecían llamándolo pesimista; al que estaba en contra de la guerra, que ellos mismos no sufrían, lo tachaban de traidor. Era la pandilla de siempre, eterna a lo largo de los tiempos, que llamaba cobardes a los prudentes, débiles a los humanitarios, para luego no saber qué hacer, desconcertada, en la hora de la catástrofe que ella misma irreflexivamente había provocado.
De El mundo de ayer entristecen muchas cosas: la victoria de la brutalidad sobre la cultura, la imposibilidad del conocimiento y la concordia para frenar la barbarie, el triunfo de la demagogia y el patriotismo sobre la unión y la cordura de Europa (Brexit, ¿eres tú?). En pocas palabras: la muerte de un ideal.

Sobre todo, estremece y asusta la similitud entre el ascenso de Hitler al poder y el de Trump. Dos hombres vulgares, cínicos y mentirosos que lograron engañar a casi todo el mundo.
Este orgullo basado basado en la formación académica indujo a los intelectuales alemanes, más que cualquier otra cosa, a seguir viendo en Hitler al agitador de las cervecerías que nunca podría llegar a constituir un peligro serio, cuando ya desde hacía tiempo, gracias a sus instigadores invisibles, se había granjeado el favor de poderosos colaboradores en distintos ámbitos. E incluso aquel mismo día de enero de 1933 en que se convirtió en canciller, la gran masa y los mismos que lo habían empujado al cargo lo consideraban un simple depositario provisional del puesto y veían el gobierno del nacionalsocialismo como un mero episodio.
Entonces se manifestó por primera vez y a gran escala la técnica cínicamente genial de Hitler. Durante años había hecho promesas a diestro y siniestro y se había ganado importantes prosélitos en todos los partidos, cada uno de los cuales creía poder aprovechar para sus propios fines las fuerzas místicas de aquel "soldado desconocido". Pero la misma técnica que Hitler empleó más adelante en política internacional, la de concertar alianzas -basadas en juramentos y en la sinceridad alemana- con aquellos a los que quería aniquilar y exterminar, le valió ya su primer triunfo. Sabía engañar tan bien a fuerza de hacer promesas a todo el mundo, que el día en que llegó al poder la alegría se apoderó de los bandos más dispares. [...] Y, por último, ¿podía imponer nada por la fuerza a un Estado en que el derecho estaba firmemente arraigado, en que tenía en contra a la mayoría del Parlamento y en que todos los ciudadanos creían tener aseguradas la libertad y la igualdad de derechos, de acuerdo con la Constitución solemnemente jurada?
Ahora empecé a leer 1914 - 1918. Historia de la Primera Guerra Mundial. David Stevenson explica con exhaustividad de historiador la situación descrita por Zweig, ese entramado de intereses nacionales y económicos, arrogancia e irresponsabilidad que desembocó en la Gran Guerra. Hacia el final del primer capítulo, Stevenson cuenta que el comienzo de la guerra fue recibido con menos entusiasmo en el campo y en las ciudades pequeñas que en las grandes urbes europeas. Conecté eso con la primera cita de El mundo de ayer puesta antes, y esas dos ideas con Colombia, este país donde la "gente de bien" de las ciudades y los "profetas sin conciencia" casi logran detener el proceso de paz con las FARC, porque las vidas de millones de campesinos les importan menos que sus intereses propios o una moral hipócrita y etérea. Repitamos: "Era la pandilla de siempre, eterna a lo largo de los tiempos, que llamaba cobardes a los prudentes, débiles a los humanitarios, para luego no saber qué hacer, desconcertada, en la hora de la catástrofe que ella misma irreflexivamente había provocado". La gente perversa que nos metió en esta guerra, y millones de colombianos que se dejaron engañar por ellos, casi nos niegan la oportunidad de buscar la paz, de intentar una salida incruenta del conflicto. Todavía pueden hacerlo.

Las lecciones de la historia están ahí, pero hemos decido ignorarlas. Trump, Putin, Le Pen, el Brexit, la victoria del no: seguimos abrazando la tragedia con éxtasis, saboreamos la posibilidad del precipicio.

Decía Marc Bloch que un historiador no puede aburrirse porque por profesión se interesa en el espectáculo del mundo. No se aburre, pero vaya que puede asustarse.

viernes, 10 de febrero de 2017

Oh Führer, mein Führer



¿Qué pensaría Whitman de los Estados Unidos de hoy? ¿Cómo serían sus poemas al ver que la "pujante nación de naciones" a la que le cantó va en retroceso y reniega de su fuerza y su pasado?

La nación de naciones solo quiere ser un país para blancos. Si alguna vez existió, del Estados Unidos de Whitman no queda nada. Qué ingenuas y candorosas suenan hoy sus palabras.

Ahora un Führer anaranjado está al mando. El racismo, la xenofobia y la brutalidad son el credo de la nación, la mentira y la calumnia el nuevo idioma, la estafa el principio del éxito, la estupidez y la ignorancia motivos de orgullo. Las barras y las estrellas ondean sobre el abismo, sostenidas por un narciso experto en el engaño y un neonazi que busca con fervor la tercera guerra mundial.

Los lobos convencieron a los corderos de que estaban a su favor.

Y aquí, en esta tierra donde no votamos por ellos, nos alcanza su maldad. Ahí está Alejandro Ordóñez, ese eco de tiempos oscuros, mazmorras húmedas y carne quemada, alabando las políticas de Donald Trump. También Vargas Lleras usando a los venezolanos, como Trump a los mexicanos y los musulmanes, para exacerbar el nacionalismo (y la infraestructura pagada por los contribuyentes para hacer campaña electoral). Pero el más grande escalofrío de horror viene al ver cuántos seguidores tienen, cuántos quisieran que políticas homofóbicas, misóginas, racistas, xenófobas y nacionalistas se implantaran en Colombia. En resumidas cuentas: cuántos quisieran ver al fascismo instalarse en nuestras vidas.

El canto de sirena del populismo autoritario no deja de atraer. En las próximas elecciones vamos a oírlo mucho. Y desde el norte, desde la patria ilusoria a la cual le cantó Whitman, vendrán los amplificadores.


P.D. Aunque la comparación con los nazis suele usarse con ligereza, en el caso de Trump no es descabellado hacerlo. Este artículo da luces al respecto.

viernes, 3 de febrero de 2017

El trompetista




Cuando salgo a correr por las mañanas, en el parque hay un hombre solo que practica con su trompeta. Se para junto a las gradas de la cancha de baloncesto y empieza a tocar. Las notas resuenan en el aire frío de la mañana, mientras en el paradero cercano la gente espera para embutirse en los buses rumbo al trabajo.

La primera vez que lo vi recordé que hace un tiempo, en uno de mis desvelos, oí en medio de la noche el sonido de una trompeta. No era una serenata de mariachi, como pensé al principio. Era una trompeta sola, un trompetista noctámbulo. Muy curioso, pensé, eso de tocar trompeta en la calle en plena madrugada.

Curioso, también, salir temprano al parque a practicar. Pero ahí lo veo casi todos los días: el trompetista toca con insistencia notas agudas y graves, sube y baja en la escala musical. Se aventura con melodías sencillas. Trata de mejorar.

A veces me dan ganas de acercarme y preguntarle quién es, por qué hace lo que hace, si aspira a ser músico o es orate. No le pregunto nada y sigo, lo dejo como un enigma, como un ejemplo de persistencia y disciplina, como una rareza. Y me pregunto si hay alguna clase de metáfora de la vida, un sentido profundo, en el hecho de que hasta ahora la pieza que mejor le sale es el toque militar fúnebre.

lunes, 23 de enero de 2017

Éxito


Como solo tenía trabajo de medio tiempo, a la una de la tarde ya iba en el Transmilenio camino a casa. El bus no estaba lleno, así que experimenté el pequeño milagro de poder irme sentado. Me quedé mirando por la ventana, como siempre hago, esperando que el viaje fuera rápido y sin contratiempos.

En una de las paradas se subió un señor de entre treinta y cuarenta años. Al principió pensé que era un vendedor, uno de tantos. Pero este era distinto. Este se subió a dar una charla motivacional.

Proclamó los lugares comunes de siempre: el pensamiento positivo. Dios. Los premios que nos tiene reservados la vida. La cháchara habitual que alimenta la autoayuda, esa inmensa industria del humo y la falacia.

Recuerdo dos apuntes curiosos. El primero, que uno nunca debería ponerle Segundo a su hijo. Nombrarlo de esa forma, según el coach improvisado, lo condenaría a perder, a llegar de segundo, a nunca ser el primero en nada. El otro comentario fue que el fundador de Almacenes Éxito les puso así porque siempre supo que el almacén estaba destinado a triunfar, a crecer y multiplicarse.

El hombre pidió la "colaboración" de rigor, recogió el dinero y se bajó. Yo me quedé pensando en lo efectivas que son las mentiras consoladoras, el autoengaño, los discursos vacíos. Pensé en cómo un hombre que se ve obligado a pedir plata en los buses sigue creyendo que el éxito es cuestión de pensar positivo, de entregarse a la providencia divina, de usar las palabras correctas y creer en un futuro brillante a punto de llegar.

Seguí mi camino viendo por la ventana y pensando en la derrota.