sábado, 24 de septiembre de 2016

Un sí nacido de la historia atribulada de Colombia.

Un sí para entender nuestras complejidades, nuestras raíces, nuestros derroteros. Para resolver los conflictos en los que nos han sumido la ignorancia, el maniqueísmo y las mentiras.

Un sí para nunca más haya columnas de marcha; para que los campesinos no deban correr despavoridos hacia el monte porque están cayendo las bombas. Bombas a menudo lanzadas por quienes debían protegerlos.

Un sí pensando en que la tierra no puede devolvernos a los muertos, pero sí puede ser el sustento de los vivos. Una tierra donde quepamos todos y no solo los despojadores. Donde los semáforos y la miseria de los suburbios no sean el destino ineluctable de quienes saben hacer brotar vida del suelo.

Un sí para intentar escapar de las garras de quienes han hecho del odio y la pulsión de muerte su fortín, esos hombres y mujeres que se han elevado sobre los cadáveres y envían a otros a morir con una mueca y un displicente gesto de la mano. Un sí para que el miedo deje de ponernos a su disposición.

Un sí para desarmar al enemigo.

Un sí para tratar de convertir la dignidad en algo más que una palabra. Para que Colombia, en vez de matar a sus hijos, los haga dignos de vivir.

Un sí para que la memoria sea la base de la vida y no de la muerte.

Un sí para que los nietos no deban seguir cargando los odios de sus abuelos.

Un sí para darle una chance al perdón, para que la justicia restañe las heridas en lugar de incendiar el mundo y llamar al olvido.

Un sí consciente de las tareas difíciles y necesarias ante nosotros. De la obligación de construir, aunque sea más fácil destruir.

Un sí para intentar cambiarnos y en el proceso cambiar al país. Para recuperar nuestra humanidad y reconocer lo humano en los otros. Para rescatarnos.

Un sí que no garantiza el futuro, pero abre la puerta de la posibilidad, de la oportunidad. Un sí capaz de alejarnos del persistente y amargo camino de violencia que venimos recorriendo.

Un sí para darnos el lujo escaso de la esperanza.



jueves, 15 de septiembre de 2016

Yo no soy homofóbico, pero...

Es sorprendente cómo los homofóbicos han logrado convencerse a sí mismos de que no lo son. Siguen creyendo que la homosexualidad es algo antinatural y la llaman aberración, se refieren a la comunidad LGBTI con remoquetes burlones como “la Comu”, comparan a los homosexuales con pedófilos y zoofílicos, se dan a sí mismos cargos inverosímiles como “activista heterosexual” (la pobrecita mayoría necesita defensa), declaran barbaridades como que ahora los homosexuales tienen más derechos que los heterosexuales, organizan marchas de claros tintes homofóbicos e inventan términos peyorativos como “ideología de género” (negando la existencia misma de las personas LGBTI al llamarla "ideología") para sentir que están argumentando académica y científicamente, apoyan referendos para que el voto de las mayorías niegue los derechos de una minoría, pero aún sostienen que no son homofóbicos.

Creerán que la homofobia solo es salir a patear maricas en la calle, pero no es así. Y mientras no se den cuenta de todos los prejuicios que tienen, no podrán comenzar el difícil trabajo de cambiarse a sí mismos para entender de una vez por todas que los LGBTI existen, no son una ‘ideología’ y deben tener los mismos derechos que todo el mundo.




domingo, 11 de septiembre de 2016

Le doy en la cara, marica

¿Por qué será que cuando Álvaro Uribe, un expresidente con pensión y ejército de escoltas a cargo del Estado, responsable de la existencia de las Convivir, relacionado con casos de corrupción, narcotráfico y paramilitarismo, un hombre de muy malas pulgas que intentó quedarse para siempre en la Presidencia, como un Chávez derechoso, y que no tiene empacho en mentir o decir verdades a medias para lograr sus objetivos; por qué será, repito, que cuando este señor nos dice que votemos por el no en el plebiscito, porque este acuerdo no nos traerá algo de paz sino más violencia, sus palabras suenan a amenaza y no como advertencia?

miércoles, 31 de agosto de 2016

Una rabia vieja

El colombiano es un pueblo envilecido. La guerra, demasiado larga, sucia y terrible, ha deformado nuestra visión del mundo, la manera en la cual nos relacionamos unos con otros.

De ahí la enconada oposición a terminar el conflicto con una negociación. Nos hemos convertido en un pueblo incapaz de imaginar una forma distinta de vida, una donde las masacres no sean noticia diaria y los jóvenes no mueran en el monte vestidos de camuflado. Hemos dejado de imaginar un futuro distinto. Nos resignamos a nuestra violencia y nos anestesiamos contra el dolor del conflicto.

Estamos llenos de rabia, una rabia de generaciones endurecida y agriada por el tiempo. Décadas de negarnos y destruirnos nos han cercenado la capacidad para la compasión, como si el sufrimiento de las víctimas fuera un asunto de otros, una ficción televisiva lejana y aséptica, trivial e inobjetable.

Quienes se lucran y medran con la guerra se las han arreglado para inculcar sus valores a quienes solo ponen el sufrimiento, los cadáveres y el desarraigo, y los han convencido de perpetuar su infierno. Sus mentiras han convencido a los sacrificados de construir el altar de sacrificio.

Pero las voces tímidas de la vida y la concordia a veces logran oírse. En ocasiones los guerreros entienden que no es necesario, ni deseable, extender por siempre las llamas de la violencia y que no hay deshonor en negociar para salvar vidas. Comprenden, en una iluminación afortunada, que no debe perecer el mundo para hacer justicia.

El proceso de paz nos ha puesto de frente a nosotros mismos. Viéndonos en profundidad deberemos elegir qué tipo de país queremos ser, si seguimos alimentando la hoguera con nuestra vieja rabia implacable o intentamos detener nuestra marcha acuciosa hacia el barranco. Decidiremos si queremos el país de los sueños dorados de Millán Astray, donde muere la inteligencia y vive la muerte, o si aspiramos a uno capaz de ser descrito por unos versos de Borges:

Han tomado la extraña resolución de ser razonables.
Han resuelto olvidar sus diferencias y acentuar sus afinidades.

jueves, 25 de agosto de 2016

Ganar la guerra

Una razón fundamental me convence de votar sí en el plebiscito: ganar la guerra.

Sí: ganar la guerra. Porque con las FARC desmovilizadas y convertidas en movimiento político, podremos derrotarlas. Solo que esta vez, en lugar de balas y bombas y granadas y fusiles y aviones y helicópteros, en lugar de sacrificar las vidas de nuestros hijos, sobrinos, primos, padres, abuelos, amigos y conocidos, podremos vencerlas con el gesto simple pero significativo, civilizado e incruento, de decirles no en las urnas.

En vez de pagar el precio de las lágrimas y la sangre, podremos oponernos a las FARC negándoles nuestros votos.

Esa es una posibilidad por la que vale la pena arriesgarse.