lunes, 11 de septiembre de 2017

Pastora



La gente más fuerte de este mundo no está metida en un gimnasio, desgañitándose con las máquinas y tomándose fotos para subir a internet con el anhelo de recolectar likes e inflar su ego lastimado. No está vanagloriándose porque hace crossfit, ni esculpiendo sus músculos para exhibirlos en un concurso, ni está levantando pesos inverosímiles en competencias espectaculares.

La gente más fuerte de este mundo ha vuelto del infierno. Ha visto a sus seres queridos desaparecer en el torbellino de la guerra, ser tragados por el remolino de la sangre. Ha visto de frente la peor cara de la humanidad. Ha sentido los peores dolores, esos que son más del alma que del cuerpo; ha experimentado sufrimientos tan profundos que las palabras difícilmente alcanzan para describirlos y ha llorado hasta secarse.

La gente más fuerte de este mundo ha empezado su vida una y otra vez en distintos sitios, huyendo siempre de la guerra con la esperanza de resurgir en un lugar nuevo. Ha visto a la violencia llevarse a sus padres, sus esposos, sus hijos. Ha buscado sus restos por años, perdidos en la inmensidad de una tierra regada con lágrimas y sangre. Ha sostenido sus cadáveres, sus cuerpos despojados y rotos. Ha temblado en la oscuridad y anhelado la luz. Ha visto a los asesinos directo a los ojos.

La gente más fuerte de este mundo ha pasado por lo inimaginable.

Como Pastora Mira, ha visto a su familia destrozada, ha vivido cada uno de los días de su vida bajo la sombra del conflicto, en la zozobra de la pérdida y el miedo, y aún así es capaz de pararse en una tarima a decirnos que el odio no nos va a llevar a ningún lado y la venganza no va a reparar ningún mal, ningún daño. A pesar de tener todas las razones del mundo para abogar por la retaliación, apoyan un proceso de diálogo y nos hablan de perdón, de reconciliación, de hablar y encontrarnos todos para evitar que la tragedia se repita una y otra vez, para que nadie nunca más tenga que ver a su padre asesinado, o a su hijo, o tener que buscar durante años a una hija desaparecida para encontrar solo unos huesos. Con una voz trajinada pero decidida nos llaman a seguir el camino de la paz, a evitar a toda costa que la venganza nos arrastre de nuevo al abismo.

La gente más fuerte de este mundo ha sido capaz de perdonar lo imperdonable, ha tenido un valor que quién sabe si alguno de nosotros tendríamos (y ojalá nunca tengamos que averiguarlo). Como Pastora Mira, ha tenido la valentía de ser compasiva incluso con quienes le han hecho el peor de los daños. Ese coraje, esa compasión, ese mirar hacia el futuro para dejar el dolor atrás, el trabajo para que nadie más sepa nunca lo que ellos sintieron, los convierte en la gente más admirable y necesaria del mundo.

Son gente capaz de dirigirse a nosotros desde la sabiduría terrible que da el sufrimiento para decirnos que la respuesta no está en la violencia. La respuesta, nos dicen, es el amor.

Si Dios existe, es eso.

Eso.




miércoles, 6 de septiembre de 2017

Papacho



Yo no sé qué pensar del papa Francisco.

Porque a veces de verdad parece un líder bueno, que puede ser inspirador y llevar a los católicos por una senda de compasión y misericordia. Pero entonces uno recuerda que es la cabeza de una institución rancia y anquilosada que no puede ser cambiada por un solo hombre. Una institución que ha encubierto los peores crímenes, ha apoyado dictaduras y mirado hacia otro lado cuando los perpetradores de atrocidades profesan la fe católica.

A veces de verdad parece que el papa Francisco, el Papacho, es el primer síntoma de un cambio profundo en la Iglesia Católica, de una apertura y una aceptación de los nuevos tiempos, de una actitud nueva hacia las mujeres o los homosexuales. Pero luego uno ve que la mayoría de sacerdotes siguen siendo intransigentes y energúmenos, que abrazan la corrupción, la mentira y la hipocresía mientras ven la paja en el ojo ajeno y siguen condenando al infierno a quienes no se ajustan a su moral caduca y discriminadora.

El Papacho tiene gestos de austeridad y de rechazo hacia el fasto y el derroche de la Iglesia, y parece que puede llevarla por una senda de humildad que le permita recordar su misión de ayuda a los pobres, a los olvidados, a quienes sufren lo indecible en una sociedad egoísta, ensimismada con el lujo y el consumo. Pero luego uno recuerda que hay cardenales con apartamentos descomunales, que el Banco Vaticano a menudo se ve envuelto en movimientos financieros de talante mafioso y que una de sus visitas cuesta una cantidad inverosímil de plata.

Habla el Papacho y de verdad parece que quiere cambiar a la Iglesia, pero luego uno se pregunta si no es nada más que una gran y brillante operación de relaciones públicas, un lavado de cara, un que cambie todo para que todo siga igual.

Yo no sé qué pensar, y solo el futuro nos dirá si el Papacho de verdad comenzó un cambio. Pero una cosa sí sé: si su visita a Colombia de verdad puede servir para que la gente replantee su actitud odiosa, si puede ayudar a darle legitimidad al proceso de paz, a que más gente vea con buenos ojos el hecho impresionante de haber podido convencer a las FARC de abandonar las armas y hacer política, si sus palabras de verdad pueden abrir la puerta para la reconciliación que tanto necesitamos, pues bienvenida sea.

lunes, 14 de agosto de 2017

Decente

En Colombia es muy peligroso ser decente. Para donde uno mire los que medran, los que se multiplican son los indecentes, los del "todos contra todos" y el "sálvese quien pueda", los que atentan contra la vida y ofenden la memoria de los justos. La "gente de bien". Esos son los que suben más rápido la escalera y logran convencer con facilidad a otros de que el camino a seguir es el desprecio por los demás, sobre todo si parecen más débiles o no se ajustan a los parámetros de la competencia arreglada en la que vivimos.

Si el egoísmo es el precio del progreso, quizás no hemos entendido lo que significa avanzar. Si la solidaridad es cosa de perdedores, necesitamos perder más.

Los decentes, en cambio, escasean y además los aniquilan. Siempre ha sido más difícil seguir el camino de la justicia, la equidad y la compasión. Tal vez por eso es que vale la pena seguirlo. Por rebeldía, por amor, por esperanza, porque resignarse a la mezquindad es renunciar a la posibilidad de construir algo mejor, no perfecto, pero aunque sea un poco mejor. Seguir los pasos de los justos, aunque sea más complicado, es la única manera de cambiar la ruta que nos dirige hacia la desolación, esa que los indecentes, los criminales, los indignos y los ruines de este mundo nos quieren mostrar como la única buena, la verdadera, la exitosa.

Necesitamos más gente decente. La senda de la risa, la amabilidad, la colaboración, la de compartir y encontrar espacio para todos, la de la inteligencia que no se preocupa solo por sí misma y trata de imaginar un mañana menos oscuro, no es la más popular ni la más propicia para las ganancias, pero es la correcta.

Tal vez soy ingenuo. Creo que no me importa.

viernes, 4 de agosto de 2017

Dunkerque


Del cielo caen pedazos de papel sobre unos jóvenes soldados en un pueblo silencioso. "Los tenemos rodeados. Ríndanse. Sobrevivan", les dicen los volantes a esos hombres demacrados y perseguidos, antes de que el estruendo de las balas los haga correr por sus vidas.

En esa primera imagen de Dunkerque se condensa la angustiosa situación que vivieron los soldados ingleses y franceses en mayo de 1940, cuando las fuerzas de la Alemania nazi los arrinconaron contra el mar y estuvieron a punto de eliminarlos. En ese entonces Hitler parecía imparable y prácticamente toda Europa había caído en sus manos. Los ejércitos de Francia e Inglaterra nada pudieron contra la Blitzkrieg y se encontraban en una posición sumamente precaria, atrapados entre las huestes nazis y el agua salada.

La película de Christopher Nolan se centra en ese episodio de la guerra, en la operación para evacuar a los soldados atrapados en la playa. La historia muestra el angustiante deseo de supervivencia de los soldados, que los adentra en eso que Primo Levi llamó "la zona gris", donde no es tan fácil juzgar y diferenciar entre lo bueno y lo malo, el deber y la necesidad, el valor y la cobardía; y muestra, también, el heroísmo callado y anónimo de quienes solo buscan cumplir con su deber o son capaces de comprender el dolor y el miedo al que se enfrentan los demás.

A lo largo de la película se siente la presencia de los nazis, aunque no los veamos. Son una amenaza a la vez fantasmagórica y real, que se materializa cada vez que un avión dispara hacia las embarcaciones y el muelle o arroja sus bombas sobre ellos, cada vez que un torpedo hunde un barco lleno de gente o cuando se oyen las detonaciones de los cañones y las balas cada vez más cercanas. Esa presencia amenazante se hace más patente gracias a la espléndida banda sonora compuesta por Hans Zimmer, que no deja olvidar lo que está en juego y retumba mientras el cerco se cierra.

Aunque Dunkerque es la historia de una huida y una derrota, deja la sensación de que allí, en esa arena ensangrentada, se plantó la semilla de la victoria que vendría después (con la ayuda de los gringos y de los soviéticos, estos últimos casi siempre olvidados por el relato oficial de Occidente). Nolan da un golpe de efecto al terminar con un soldado leyendo en el periódico el discurso de Churchill en la Cámara de los Comunes, esas palabras que galvanizaron a los británicos y ayudaron a convencerlos de la posibilidad de la victoria.

Esta es una fuerte apuesta de Nolan para ser nominado al Oscar. Muy probablemente lo será.

***

P.D. Seguramente esto nunca pasó por la mente del director o del guionista de la película, pero luego de verla pensé en que el mundo de hoy está como esos soldados en Dunkerque: rodeado y a punto de ser aniquilado por el fascismo. Ojalá esta vez también seamos capaces de resistir frente a esa amenaza.


sábado, 22 de julio de 2017

Accidentes

Hay accidentes afortunados. Uno de esos es compartir nacionalidad con los deportistas que ha parido Colombia. Gracias a la vida por ellos, porque los necesita un país donde un expresidente vesánico acusa de violador de niños a un humorista por demás mediocre, y no se encuentra con el rechazo generalizado de la ciudadanía, sino que una horda de sicofantes justifica sus barbaridades y pasa al ataque y a la autovictimización ridícula y mentirosa. Los necesita un país donde capturan a un fiscal anticorrupción por corrupto y a un secretario de seguridad por hacer tratos con los criminales, una nación dirigida por líderes carentes de grandeza, incapaces de sacar lo mejor de los colombianos y empeñados en sacar lo peor. Un lugar donde intentar dejar de matarnos se ve como un problema y una afrenta a la decencia y a Dios. Donde una de las revistas más importantes saca una portada con los presidentes y expresidentes implicados en un enorme caso de corrupción, y no incluye al actual presidente de la república, untado también. Donde el asesinato de cientos de líderes sociales es una nota de pie de página.

Colombia, por fortuna, puede refugiarse por momentos en las maravillas de Nairo Quintana, Rigoberto Urán, Mariana Pajón, Caterine Ibargüen, Darwin Atapuma, Sofía Gómez, James Rodríguez, Falcao García, Jarlinson Pantano, Sergio Luis Henao, Juan Guillermo Cuadrado, Yuri Alvear, Yuberjén Martínez y tantos otros más.

Hay una grieta en todo y así es como entra la luz, cantaba Leonard Cohen. Aquí la grieta se ha hecho a punta de pedalazos, gambetas, saltos, inmersiones y puñetazos enguantados.

La patria es un azar, un accidente, y haber nacido en Colombia no es ningún privilegio. Pero por lo menos los tenemos a ellos.

El Espectador