lunes, 23 de enero de 2017

Éxito


Como solo tenía trabajo de medio tiempo, a la una de la tarde ya iba en el Transmilenio camino a casa. El bus no estaba lleno, así que experimenté el pequeño milagro de poder irme sentado. Me quedé mirando por la ventana, como siempre hago, esperando que el viaje fuera rápido y sin contratiempos.

En una de las paradas se subió un señor de entre treinta y cuarenta años. Al principió pensé que era un vendedor, uno de tantos. Pero este era distinto. Este se subió a dar una charla motivacional.

Proclamó los lugares comunes de siempre: el pensamiento positivo. Dios. Los premios que nos tiene reservados la vida. La cháchara habitual que alimenta la autoayuda, esa inmensa industria del humo y la falacia.

Recuerdo dos apuntes curiosos. El primero, que uno nunca debería ponerle Segundo a su hijo. Nombrarlo de esa forma, según el coach improvisado, lo condenaría a perder, a llegar de segundo, a nunca ser el primero en nada. El otro comentario fue que el fundador de Almacenes Éxito les puso así porque siempre supo que el almacén estaba destinado a triunfar, a crecer y multiplicarse.

El hombre pidió la "colaboración" de rigor, recogió el dinero y se bajó. Yo me quedé pensando en lo efectivas que son las mentiras consoladoras, el autoengaño, los discursos vacíos. Pensé en cómo un hombre que se ve obligado a pedir plata en los buses sigue creyendo que el éxito es cuestión de pensar positivo, de entregarse a la providencia divina, de usar las palabras correctas y creer en un futuro brillante a punto de llegar.

Seguí mi camino viendo por la ventana y pensando en la derrota.

jueves, 12 de enero de 2017

Los tanques de Guderian

En El espíritu de la ciencia ficción, la más reciente novela salida del baúl de inéditos de Roberto Bolaño, hay una pregunta que me quedó sonando. La hace Jan Schrella en una de las cartas que les escribe a varios autores de libros de ciencia ficción.

Jan se pregunta si deberemos "aprender una y otra vez a detener los tanques de Guderian en las puertas de Moscú".

Creo que la respuesta es sí.

En este mundo que tenemos, y en el que se avecina, un mundo gobernado por gente como Putin, Trump, Duterte, probablemente Le Pen, a lo mejor Vargas Lleras (la lista puede seguir), es necesario detener los tanques de Guderian una y otra vez.

En este mundo donde se ve con malos ojos protestar por salarios justos, por buenas condiciones laborales, porque eso es cosa de vagos; donde a la legítima inconformidad de los trabajadores se responde con un "si no le gusta, váyase, funde su propia empresa", con el comodín del discurso del emprendimiento sin las condiciones para hacerlo; un mundo con condiciones laborales cada vez más precarias, donde el que tiene en abundancia intenta arrebatarle hasta la vida a quien carece de todo, es necesario detener los tanques de Guderian una y otra vez.

En este mundo donde entendemos la libertad únicamente como libertad para comprar; donde despreciamos las vidas de quienes no son 'productivos' y nos convencemos de que no merecen ni el aire que respiran; donde el estilo de vida y la comodidad nos hipnotizan, y por obtenerlos estamos dispuestos a sacrificar nuestra voluntad y nuestro pensamiento, a seguir líderes que nos prometen el paraíso si odiamos a quien debe ser y como debe ser, es necesario detener los tanques de Guderian una y otra vez.

En este mundo donde se oyen los pasos ominosos de un fascismo bajo en calorías, que viene marchando con pesadas botas de colores brillantes y eslóganes simples y efectivos, es necesario detener los tanques de Guderian una y otra vez.

Una y otra vez.




viernes, 6 de enero de 2017

Un nuevo intelectual

Me traje este fragmento de El punto ciego de Javier Cercas porque me retumbó en la cabeza, porque suscribo cada palabra, porque estos son los intelectuales que necesitamos, no los que tenemos.

Una cosa está clara: dado que hay más intelectuales en ejercicio que nunca -aunque sólo sea porque hay más medios de comunicación que nunca y éstos se alimentan en gran parte de las opiniones y tomas de posición de personas conocidas-, urge reformular la tarea del intelectual, dotar a esa figura en teoría desacreditada pero en la práctica vivísima de una nueva función y quizá de un nombre nuevo. ¿Cómo hacerlo? No tengo ni la menor idea, por supuesto. Lo único que sé es que me chiflaría que el nuevo intelectual interviniese en la vida pública con el tono y la actitud del simple ciudadano, no con los del intelectual; que prescindiese de poses pomposas y oraculares, de cualquier pretensión de superioridad moral y de las confortables seguridades de los dogmas y las adscripciones partidistas; que administrase con cuidado, si hace falta con cicatería, sus declaraciones públicas y su relación con los medios, oponiéndose a la voracidad indiscriminada de éstos. También me volvería loco de contento si el nuevo intelectual resistiese a brazo partido la tentación más insidiosa que le acecha, que es la de creerse en posesión de la verdad; si a todas horas pusiese en tela de juicio sus ideas y entendiese que la crítica empieza por la autocrítica y la ironía por la autoironía; si de una vez por todas se metiese en la cabeza que la moral es previa a la política y que es imposible ser un intelectual decente sin ser un hombre decente, porque, aunque haya rectitud moral sin rectitud política (dado que los hombres decentes no están exentos de cometer errores de juicio), no hay rectitud política sin rectitud moral (dado que existen los canallas de las buenas causas, pero las buenas causas siempre acaban contaminadas por los canallas). Me pondría a dar saltos de alegría si el nuevo intelectual se ganase su ascendiente no sólo a base de inteligencia y conocimiento sino también de humildad y generosidad, por supuesto de respeto a la verdad, y si no olvidase ni un momento que, al menos en su caso, la rectitud moral depende de su capacidad de reflexionar con el máximo cuidado, de formular ideas correctas o que a él le parecen correctas y de actuar de acuerdo con ellas y no de acuerdo con lo que le conviene pensar, aunque haciéndolo perjudique su carrera, su reputación o su bolsillo. Y, créanme, estaría dispuesto a aprender a tocar las castañuelas, o en su defecto el trombón de varas, a cambio de que el nuevo intelectual prescindiera de cualquier fe política inamovible salvo la fe en la democracia, entendida ésta como un sistema político imperfecto -la única democracia perfecta es una dictadura- pero infinitamente perfectible.


lunes, 19 de diciembre de 2016

Gente de bien

No quiero pensar que está bien que en los edificios haya una entrada y un ascensor diferente para las empleadas del servicio y los domiciliarios. No quiero considerar a los demás inferiores a mí porque tienen menos plata o menos educación. No quiero ser tan ingenuo como para creer que todos los que están arriba están ahí porque lo merecen, ni decir que los pobres lo son porque quieren. No quiero afirmar que todos tenemos las mismas oportunidades y estamos en las mismas condiciones a la hora de competir en la sociedad. No quiero ser condescendiente con quienes me atienden y me ayudan. No quiero adorar a los fuertes y ser cruel con los débiles. No quiero ver la plata como lo más importante del mundo. No quiero creer que mi vida y mi voluntad valen más por el tamaño de mi cuenta bancaria. No quiero decir "¿usted no sabe quién soy yo?". No quiero pensar que los derechos solo son para quien puede pagar por ellos. No quiero menospreciar la vida de los demás porque vienen de otro lugar o piensan diferente a mí. No me interesa simpatizar en voz baja con los paramilitares y creer que son un mal necesario. No quiero llamar "emprendimiento" al despojo. No quiero confundir la justicia con la venganza, ni la legítima defensa con el linchamiento. No quiero apoyar el asesinato llamándolo "limpieza social". No quiero decir "Dios es amor" con los dientes apretados. No me interesa usar frases como "yo no soy homofóbico, pero..." o "yo no soy racista, pero...", ni usar las palabras adecuadas para esconder mis prejuicios. No quiero condenar a los demás por lo escrito en un libro humano que se le atribuye a un Dios ausente. No quiero burlarme de quienes deben luchar para que no les nieguen su humanidad. No quiero responder al llamado de los tambores de guerra. No quiero culpar a las víctimas de su desgracia. No quiero creer que "si los mataron por algo sería" o que "no estarían recogiendo café". No quiero pensar que todo el que es de izquierda es guerrillero y por eso merece morir.

No quiero ser gente de bien. Ser gente de bien tiene muy poco que ver con ser una buena persona.


viernes, 9 de diciembre de 2016

¡Mátenlo!

Cuando el mundo se va al carajo, que es básicamente todos los días, uno tiene dos opciones: o se para a pensar y a reflexionar, a tratar de analizar lo que sucede para encontrar mejores diagnósticos y soluciones por medio de la mesura y la sensatez, o se une a la turba estridente, violenta y vengativa que con tanta facilidad confunde el linchamiento con justicia, y que por pedir sangre inmediata no se da cuenta de su propia estupidez, de la inutilidad de su rabia mal dirigida, de la babaza que le sale de la boca.

Uno puede escoger entre atacar las verdaderas causas de los males, o tratar la fiebre en las sábanas.

Puede preferir la inteligencia para combatir la maldad, o dejarse llevar por los espasmos indignados de sus vísceras.

Puede elegir enfrentarse a los monstruos o convertirse en uno de ellos.