martes, 24 de abril de 2007

Perdidos en el Valle del Silencio

"El mundo ha cambiado. Lo siento en el agua; lo huelo en el aire; lo veo en la tierra".

Toda mi vida he vivido en la ciudad. El asfalto ha sido mi hábitat natural; las calles, los paraderos, el ruido, los innumerables avisos y pancartas, los autos, el comercio. Salvo unos cuantos viajes (no muchos por cierto), siempre ha sido la ciudad el lugar en el que me he acostumbrado a existir y a sobrevivir. Y sin embargo, mi ciudad tiene alrededor un paraíso lleno de imágenes, olores y sensaciones apenas descriptibles, especialmente para una criatura netamente citadina como yo. Son los cerros; esos cerros que vigilan a Bogotá, que desde su altura olímpica han visto como esta ciudad crece, cambia, se destruye y se construye nuevamente. Los cerros sobre los que cada mañana se eleva el sol para iluminar la ciudad dormida.

Han sido dos las ocasiones en que los he visitado, y en ambas he vuelto con una sensación renovada de la belleza del mundo, convencido aún de mi propia capacidad para sorprenderme frente a una vista impactante, arrolladora, frente a un ambiente en el que puedo experimentar cosas que en la vida diaria no me es posible experimentar. Las extensas caminatas por estos cerros (porque a caminar es a lo que se va, o que dijeron!!!) me han proporcionado algunas de las mejores horas que he pasado, especialmente porque me han permitido reflexionar sobre mi y sobre lo que me rodea. Mientras camino, me hago más consciente de mi propia respiración; siento como el aire puro, diáfano, entra por mi nariz y llega a mis pulmones. El olor exquisito de las numerosas plantas que me rodean me calma y me reconforta; el sonido del agua, que corre por quebradas y riachuelos, es para mí un sonido hermoso, calmo, constante, al igual que el del viento acariciando las hojas de los árboles que crecen hasta donde llega mi vista. Es un festival de sonidos que se entremezclan con una precisión sinfónica, hermosa, que me aleja de el ruido en el que vivo a diario. Pero el de los cerros no es ruido, es música, música armoniosa y perfecta.

Me sorprendo al ver como, por mi mismo, no sería capaz de salir del bosque en el que me encuentro. Si no fuera por los guías, probablemente me perdería en un santiamén. Son los guías los que me llevan por senderos cubiertos de plantas, piedras, agua, barro; senderos que me conducen a lugares que probablemente jamás habría pensado que existían. Llego a cañones y cimas desde donde puedo contemplar la infinitud del horizonte. Desde la cima puedo ver a Bogotá, allí, a mis pies. Estando allá arriba, no puedo dejar de pensar en la impresión que habrá causado a los primeros seres humanos que llegaron aquí, la vista de ese extenso territorio extendiéndose a lo lejos, promesa de futuro, de un nuevo comienzo en una nueva tierra. De igual forma, en la cima pienso en cuán pequeños somos los seres humanos frente a la inmensidad del mundo, de la tierra que habitamos. Me siento pequeño, muy pequeño. Pero pienso en la belleza que contemplo, y solo pido a mi cerebro que retenga la imagen que llena mis ojos.

Para completar la magia que impregna el lugar, solo basta escuchar los nombres de los lugares por los que pasamos: el valle del silencio, el pico del águila, entre otros. No solo es la belleza del lugar, sino la hermosura del nombre que tiene. Es poesía, pura poesía de la vida. El mundo se convierte en un poema a su propia existencia y belleza. Poesía para los ojos, para los oídos, para el tacto. Poesía para el deleite del ser humano que la quiere apreciar, y cuyos sentidos aún no se encuentran totalmente embotados por la existencia vertiginosa que lleva en el día a día.

Mis dos viajes terminaron con un increíble cansancio. Pero es un cansancio que se siente bien. El dolor en los pies, el barro en mi ropa, el hambre, no son nada comparado con todas las sensaciones que experimenté en los cerros, el encuentro con un mundo hermoso que generalmente no puedo ver y vivir. Pero siempre estará ahí, a mi alrededor. Y la memoria siempre me servirá para recordar la grandeza de la que fui testigo, de la preciosidad infinita de la naturaleza. Vuelvo a la ciudad, y desde que desciendo, empiezo a sentir el ruido de la ciudad. Pero no la desdeño. Es simplemente otra forma de vivir, y tal vez sea por vivir en la ciudad que aprecio tanto lo que he visto en la altura, entre los árboles, en las quebradas, en los senderos. Además, la ciudad es mi hogar, es el lugar que conozco y siento como mío, Tal vez, si llego a viejo, me vaya a vivir fuera de la ciudad. Pero aún no es tiempo. Sigo siendo un citadino, y estoy orgulloso de ello.

El sol se oculta. Mañana saldrá de nuevo, desde los cerros.

P.D. El título surgió en la excursión porque no encontrábamos un sendero para bajar del cerro, cuando estábamos en el valle del silencio, por lo que nos creímos perdidos. Además, surgió entre varios compañeros. Nótese lo poético de la frase, por lo que decidí usarla como título.

6 comentarios:

Kar-Eq dijo...

Parce, el viajecito es bacano siempre y cuando no sea de rodillas o con frijoles en los zapatos pa pagar alguna promesa, y pa ver q todavia hay cosas verdes en esta ciudad

yoymimismo dijo...

Hola Amigo,

varias cosas: A qué te referías cuándo me escribiste que ya viene Ulises? No entendi...sorry

Segundo, me puedes dar el dato de la fundación o lo que sea con los que vas a los cerros? Me encantaría ir.

Tercero: Tu relato, muy lleno de fuerza, muy bien..

Antazos,

Isaac

yoymimismo dijo...

Apreciado Amigo,

Gracias por responderme. Te invito a ver mi nuevo post,

Abrazos

Isaac

Mafe dijo...

Hola,
La verdad tu relato me llevó de nuevo a casita... de verdad me hiciste estremecer. Solo una vez he ido a los cerros y fue hace mucho tiempo.
Prometo que cuando vaya de nuevo a Colombia hare la caminada.
Te aviso y me acompañas?

yoymimismo dijo...

Gracias por tu visita a mi blog. Amigo: Espero que actualices pronto para poderte comentar,

Abrazos,

Isaac

yoymimismo dijo...

Gracias por tu nueva vista. te espero en mi blog para que veas mi nuevo post...

Abrazos,

Isaac