martes 25 de agosto de 2009

La feria

El domingo se acabó la feria del libro. Este año la aproveché al máximo, gracias a la credencial que nos dieron en la maestría para poder asistir a todos los eventos. Un muy buen cambio a la modalidad tradicional con la que yo abordaba la feria: un sólo día (no había plata para más) en una maratónica jornada, viendo todos los pabellones y buscando rebajas en todo lado, siendo siempre el pabellón de la Panamericana el lugar más propicio para encontrar libros a precios módicos y asequibles para mis modestos ingresos.

En la feria 2009 pude ver con más calma lo ofrecido por las librerías. Y, sobre todo, asistir a varias charlas; experiencia muy enriquecedora, porque no todos los días puede escucharse de boca de los propios escritores su experiencia en el mundo de las letras. Así que haciendo uso de mi querida credencial fui a ver a muchos escritores, tanto colombianos como de otros países, para oírles su cuento, para saber cómo enfrentan este embeleco extraño de hacer literatura. Debo decir que fue maravilloso ver a tantos escritores rondando por ahí. Al fin y al cabo, para los lectores, esa es nuestra farándula. Otros disfrutarán con actores y modelos. Yo prefiero ver escritores.

Y escucharlos, repito. Cuando uno está en el proceso de convertirse en escritor, es bastante importante prestar atención a lo que tienen por decir aquellos que ya llevan una cierta distancia recorrida del camino. Sin duda, de ahí pueden salir innumerables consejos y pautas.

Para resaltar, las charlas del pabellón homenaje al café El Automático. Ese café tan importante para la intelectualidad colombiana, en especial la bogotana, lamentablemente desaparecido, tuvo su lugar en esta feria. Como parte del concepto del pabellón, se realizaron varias tertulias sobre distintos temas. Fueron muy buenas, especialmente porque no tenían un tono académico, sino precisamente de tertulia, de hablar, conversar sobre el tema en cuestión y exponer puntos de vista. Muy bacanas.

Me agradó mucho encontrar rebajas. Ya hablé sobre la Panamericana: ese era el único pabellón al que mi limitado presupuesto podía aspirar. Pero este año en el de Random House Mondadori había rebajas absurdas: libros a ocho mil pesos. Una rebaja de esas es increíble. Un libro nuevecito a ese precio hace que la plata me empiece a picar en el bolsillo, por poca que esta sea. Así que compré como tres libros, en desmedro de otros gastos semanales (específicamente las libaciones del fin de semana). No importa, vale la pena. Y un libro dura más que una cerveza.

No se puede dejar sin mencionar un hecho curioso de la feria de este año: nunca, en los años que llevo visitando la feria del libro, había visto tantas mujeres hermosas. En este evento no estaba acostumbrado a notar tanta belleza femenina, pero este año había hartísimas. Yo no sé que pasaría, pero me gusta. Una razón más para asistir a la feria. Y para seguir leyendo: eso sí que es motivación.

martes 11 de agosto de 2009

Una sonrisa largamente perdida

El bufón es un hombre importante. No podría concebirse la corte sin él, ni el reino. El bufón es la conciencia burlona de la realidad: sin esa burla, nadie cuestiona a los poderosos, nadie puede reírse de sus propias desgracias. El bufón tiene licencias para ridiculizar que no tienen los demás. Con su ironía, sus bromas y gestos, baja del pedestal a los que se creen invencibles e intocables, aquellos que creen tener derecho a hacer de todo sin consencuencias.

Estos hombres con gracia y carisma, estos bufones, han sido siempre una conciencia crítica muy importante en cualquier sociedad. Por medio de la risa y la burla se llega a mucha más gente que por las charlas académicas. Así, son muchas las personas cuestionándose su realidad gracias al humor.

Y no olvidemos la más simple de las razones: la risa aliviana la existencia, hace más llevadero este "valle de lágrimas" (diez puntos por el lugar común). Esa es una función insoslayable, aún más teniendo en cuenta este país que nos cayó en suerte.

Por eso, creo profundamente en que el humor es un elemento insustituible, irreemplazable, algo fundamental para explicarnos los hechos del vivir cotidiano, así como la política, siempre tan susceptible de burla, o la economía, o la televisión, o muchas otras cosas más. Sin el humor, y los hombres expertos en hacerlo, nuestra sociedad bien puede darse por moribunda, pues sin esa chispa difícilmente se pueden cuestionar muchas de las cosas y personajes que nos rodean.

Hace diez años nos quitaron a uno de estos hombres. Este jueves trece de agosto se cumple una década desde el infame asesinato de Jaime Garzón. El asesinato sigue en la impunidad, algo nada extraño en Colombia, y todavía menos teniendo en cuenta que los responsables de ese asesinato son hombres de altos cargos, hoy seguramente disfrutando de la tranquilidad de no tener al personaje que les recordaba sus miserias y las hacía saber a los colombianos. Diez años han pasado desde la desaparición de una de las mayores conciencias críticas colombianas, uno de los hombres que con mayor precisión y gracia entendía este país.

Jaime Garzón nos acostumbró a burlarnos de nosotros mismos y de este país extraño e ilógico con sus imitaciones de políticos, sus personajes entrañables, representantes de los multitudinarios rostros que componen nuestra nación: el abogado retardatario y cavernario (Godofredo Cínico Caspa), la empleada de servicio (Dioselina Tibaná), el celador (Nestor Elí), la reportera gomela (Inti de la Hoz). En fin, esos personajes que a nadie son extraños. Garzón usaba esos rostros para mostrarnos el absurdo de las muchas cosas que pasan a diario en Colombia. Y de la mejor forma: riéndonos a carcajadas con este país orate.

Aunque yo era pequeño, recuerdo mucho Zoociedad y, sobre todo, Quac. Era costumbre familiar ver Quac los domingos. Yo no entendía todos los chistes, por supuesto, pero algunos sí, y recuerdo lo divertido que era ver ese programa. Supongo que mucho tiene que ver esto en mi interés por entender mejor este país y su política. Eso es una deuda mía con Jaime Garzón.

Tengo más presente el último personaje de Garzón: Heriberto de la Calle. Ese embolador impertinente y preguntón, que hablaba con las personalidades de tú a tú, apoyado siempre en esa sabiduría de las calles, del barrio, la que da la vida. El embolador desdentado a quien no le importaba inquirir por los temas más incómodos, haciendo a su interlocutor un ente enrojecido frente al destape de sus vergüenzas en televisión. Mirando a los ojos del entrevistado, desde abajo físicamente, pero no intelectualmente, le preguntaba eso que no se debe preguntar, la pregunta obviada por el entrevistador que no quiere controversia y sólo busca una entrevista amena e insulsa: políticamente correcta. En eso radicaba la fuerza de Heriberto de la Calle: era políticamente incorrecto, era incómodo; una ladilla para los corruptos (políticos: viene siendo lo mismo), pero también para actrices y actores, cantantes y demás. Ir viendo como el hombre o mujer en la silla se iba haciendo más pequeño frente al lustrador a sus pies era increíble. No se podía parar de reír; tampoco de pensar. Una combinación catalogable dentro de las especies en peligro de extinción.

Todo eso se está perdiendo. Los espacios de humor político cada vez son menos. Tal vez por eso la muerte de Garzón es tan dolorosa. Recuerdo muy bien el día del asesinato, por esa facultad extraña de la memoria de recordar los eventos más aciagos. Era un viernes trece, como si la superstición de mala suerte atribuida a ese día demostrara ser verdad. En ese entonces yo estaba en el colegio, y todas las mañanas me vestía mientras escuchaba radio. Entonces me enteré: el locutor de la emisora dio la noticia. Esa mañana, mientras se dirigía hacia su trabajo en Radionet, Jaime Garzón fue asesinado por sicarios. Me quedé quieto, sin creer lo que escuchaba. Mi hermano entró a la habitación y le dije: mataron a Jaime Garzón. Los dos estábamos estupefactos. No se podía pensar en decir nada más que esa frase tan propia de nuestra generación: qué paila.

Nunca antes había sentido esa tristeza por el asesinato de algún personaje famoso, y nunca la he vuelto a sentir. Ese magnicidio me marcó de una forma extraordinaria. Garzón era un personaje muy querido para mí. Seguro tenía mil defectos, esto no es hagiografía. Sin embargo, su labor como humorista y periodista me parece digna del mayor de los reconocimientos. Esa habilidad de hacer reír me parece una de las cosas más encomiables que pueda tener un ser humano, y si se usa para hacer crítica y destapar ollas podridas, pues aún mejor. Garzón es, sin duda alguna, uno de esos personajes que me hubiera gustado muchísimo conocer personalmente.

Un montón de asesinos nos quitaron a nuestro bufón. Asesinos que, sospecho, hoy día están muy cerca de las esferas del poder. Por eso veo difícil el esclarecimiento del asesinato, o se culpará, como casi siempre, a algún gatillero intrascendente, un chivo expiatorio. Los otros quedarán tranquilos en sus clubes, sus fincas y sus cabalgatas.

Hoy en día, cuando los espacios de humor críticos han ido desapareciendo, la ausencia de Garzón se hace más fuerte, se siente más. Salvo honrosas excepciones como Tola y Maruja o Larrivista, así como algunos blogs y medios independientes, la crítica humorística no existe, se le niega el aire para vivir. Muy esclarecedor es el hecho de que RCN haya sacado del aire La banda francotiradores, dejando en claro su línea editorial, la cual todos sabemos a quién favorece.

Ojalá más voces críticas se alzaran. Ojalá apareciera un Andrés López con interés en la política. Ojalá apareciera un espacio televisivo como Quac, o al menos como La banda. Un columnista ocasional, o un caricaturista, no son suficientes. En la televisión debería haber algo tan bueno como fueron los programas de Garzón. Esa sería la mejor forma de rendir homenaje a uno de los mejores comediantes que ha tenido Colombia.

Este es un muy humilde homenaje para un hombre que me marcó profundamente y me dejó una impronta difícilmente olvidable. Extraño mucho reírme de nuestros políticos, del "doctor gordito" o del niño Andrés. Pensar en las cosas que podría estar diciendo hoy Garzón con el desmadre en el que estamos, con esos personajes de vodevil que pueblan nuestra política, risibles por lo absurdos y dementes. Cómo haces de falta, Jaime Garzón.

martes 4 de agosto de 2009

Los tres chiflados

Había una vez tres chiflados que hacían estupideces y tenían peleas absurdas. Pero no son Larry, Curly y Moe. Estos tres chiflados reciben nombres más conocidos, más comunes y, sobre todo, más tropicales: Álvaro, Hugo y Rafael.

Este trío de chiflados tienen en común unos egos hiperinflados, los cuales les hacen creer su presencia en el gobierno como indispensable para sus respectivas naciones. Los tres son populistas, en su vertiente más trasnochada, aunque mientras Hugo y Rafael hacen un populismo de izquierda, Álvaro lo hace desde la derecha. Igual, populismo es populismo, no importa desde cuál lado se haga. Esta tripleta tropical de lunáticos piensa en el gobierno como un asunto personal, por lo que sus diferencias a este nivel se vuelven las diferencias de todos sus gobernados, o por lo menos de la caterva de lambesolapas y chupacontratos que los rodean. Sus estrategias de gobierno tienen en común el esconder los problemas internos buscando enemigos externos, para así crear un falso patriotismo deslumbrador y empalagador, ya que es bien sabido que el odio hacia afuera impide ver cómo nos engañan desde adentro. Y, además, sus peleas les reportan a los tres aumentos considerables de popularidad en sus respectivos países.

Estos tres chiflados también hacen reír. Hugo y Álvaro se pasan el día entero pregonando su talante democrático, a pesar de que sus actos gritan a los cuatro vientos todo lo contrario: Hugo lleva diez años y contando en la presidencia, y su intención es hacer su reelección indefinida; Álvaro ya se hizo reelegir una vez, reformando un "articulito" de la constitución, pero está buscando afanosamente una nueva reforma para poder quedarse en la presidencia. Mientras tanto, Rafael también se reeligió, pero su verdadero acto cómico es negar con excusas pendejas sus nexos con las Farc (llamadas por Álvaro "lafar" en su precioso uso del idioma).

Hacen reír con sus alocuciones. Todos ocupan largos espacios televisivos, en los cuales hablan por horas de cosas insustanciales, deploran a sus enemigos políticos y buscan que la opinión pública se llene de odio contra esos enemigos y de amor para con sus líderes, iluminados ellos. Álvaro hace campaña de pueblo en pueblo los fines de semana, fingiendo estar gobernando de cerca a su pueblo y repartiendo plata y cargos (muy a la Trujillo). Algo parecido hace Hugo, que en su programa Aló Presidente habla durante horas, canta, dice estupideces y hace siete mil payasadas. Y Rafael no se queda atrás en telegenia, pues también sale en televisión a todo momento, hablando en tono pendenciero sobre los problemas que tiene, retando a Álvaro a pruebas con polígrafo, y escupiendo sofismas de distracción a diestra y siniestra (para ser justos, los tres son expertos en dichos sofismas).

El chiflado trío se la pasa peleando por todo. Esta es una vecindad nacional bastante ajetreada. Hugo y Rafael tienen unas relaciones con las Farc que molestan a Álvaro, cuyo caballito de batalla siempre ha sido acabar con "lafar". Pero fue tan bestia de ir a bombardear un campamento guerrillero en Ecuador y después decir unas cuantas mentirillas. Rafael se emputó (Hugo lo ayudó con la emputada) y se agarró con Álvaro, resultando en una ruptura de relaciones diplomáticas. Luego se intentó arreglar el problema en la cumbre del Grupo de Río, pero aunque se calmaron un poco los ánimos, el apretón de manos entre Rafael y Álvaro no pudo ser más hipócrita porque no se puede. Y la mirada que le hizo Rafael al chiflado Álvaro daba miedo.

Ahora, Álvaro, un hombre tan destinado a ser acólito de los gringos que nació un cuatro de julio, le ofrece bases militares colombianas a los estadounidenses. Rafael los sacó de su feudo, digo, país, pero Álvaro los recibió con los brazos abiertos. Nuevo empute. Sale un video de el "Mono Jojoy" hablando de aportes farianos a la campaña de Rafael a la presidencia: nuevo empute y negación absurda y estúpida de lo aparecido en el video. Y Hugo se mete en la colada, pues dice que las bases son un peligro. Para completar, unos misiles suecos del gobierno venezolano aparecen en poder de las Farc. Ahora sí fue Troya, y los tres chiflados están de nuevo a punto de darse en la jeta.

Tal vez deberían hacerlo y dejarnos en paz a los pobres mortales. Deberían cogerse a cachetadas, tortazos, batazos y karatazos a ver si dejan la pendejada. La gente de los tres países no tiene por qué soportar los problemas derivados de las iras santas de este trío infame y absurdo. Los habitantes de las fronteras ya se ven afectados, pues el comercio ha disminuido; las industrias tienen problemas para vender sus productos; las migraciones se ven trancadas, imposibilitando el natural movimiento de viajeros entre los tres países. Y los tres chiflados discutiendo pendejadas, hablando de ideologías que poco o nada le dicen a la gente de a pie, a quien poco le importa la babosería pseudointelectual de los discursos de nuestros tres personajes. Quieren hacer parecer que todo se reduce a esas ideologías; sin embargo, el problema son sus talantes dictatoriales, sus mentiras, sus relaciones con delincuentes.

Larry, Curly y Moe hacían reír de verdad, con esa risa aliviadora del cuerpo y el espíritu. Los tres chiflados tropicales hacen reír nerviosamente, con una risa producto del absurdo, de la total falta de lógica de la situación. Estos tres fantoches son tan ridículos, tan babosos, que parecen producto de la imaginación delirante de algún comediante. El problema es que esta comedia puede tener unas consecuencia nada hilarantes. Es refrescante ver que la mayoría de gente sigue sin hacer propias las rencillas de estos reyezuelos de pacotilla. Mas la exaltación puede llegar a las cabezas de los partidarios obcecados de los tres chiflados. Y quién sabe cuanto loco no hay entre ellos.

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Excelente la entrevista de María Cristina Uribe al presidente Correa. Lo puso contra la pared y lo puso a sudar como caballo. Correa pensó que por ser de oposición, María Cristina Uribe le iba a hacer el juego para arrinconar a Uribe Vélez. Pero la "Tata" demostró ser una periodista profesional, con carácter y ética, e hizo una entrevista magistral. Ojalá la hayan visto Vicky Dávila o Claudia Gurisatti: mucho podrían aprender.

Comentario aparte merece la columna de Ernesto Yamhure en El Espectador, publicada el jueves pasado. A nadie sorprende ya la lambonería de este señor para con el presidente Uribe, pero negar los falsos positivos ya es el colmo de la estupidez, la ceguera y el cinismo.