lunes, 12 de julio de 2010

De mundiales y reparaciones simbólicas

Dos temas me ocupan hoy: el mundial de fútbol que terminó y el affaire Íngrid. Empecemos por el más importante: el mundial.

Acabó ayer el mundial Sudáfrica 2010 dejando a España campeón, luego de vencer a Holanda por uno a cero. Fue un bonito mundial que premió el buen fútbol, el que juega a tener el balón, atacar y hacer goles; lo digo no sólo por el campeón, España (paradójicamente más cercano a la escuela holandesa que la misma Holanda), sino por el Balón de Oro otorgado a Diego Forlán, quien por derecho debería estar en la Liga de la Justicia: un héroe jugador de fútbol. Una clara diferencia frente a Alemania 2006, donde se premió al adefesio italiano, no sólo con la copa mundo, sino con el título de mejor jugador del año de la Fifa dado a Cannavaro. Ojalá el ejemplo español cunda.

Fue Holanda un digno rival, a pesar de que ayer se olvidó del fútbol y se dedicó más a golpear, como fue el caso de Nigel de Jong y su karatazo a Xabi Alonso. Una verdadera lástima, porque no necesitaban de eso. Un gran equipo, a pesar de que aquí se inventaron que tocaba detestarlo por eliminar a Brasil y a Uruguay. Desafortunadamente son el equivalente en los mundiales del América de Cali y su maldición del Garabato. La tercera no fue la vencida. (Les hice barra para efectos de una apuesta. Maldita sea mi pelotudez).

Un bonito mundial también porque fue impredecible y loco. Nunca como en este campeonato escuché tantas veces la expresión "por primera vez en un mundial". Esos resultados inesperados le ponen emoción a un mundial. Y ni hablar de la felicidad de ver salir a Italia en primera ronda, o de ver fracasar estruendosamente a Cristiano Ronaldo, el jugador más sobrevalorado de la historia. Eso no tiene precio. Como no lo tiene el haber podido ver fútbol en alta definición, narrado y comentado por gente sensata que sabe pronunciar los apellidos. Los narradores y comentaristas colombianos son una desgracia.

Triste, se acabó el mundial. Aunque tiene sus partes buenas: no más vuvuzelas y, especialmente, no más Waka Waka todo el día en emisoras de radio y canales de televisión. Y va la madre si Shakira vuelve a ser la voz del mundial en el 2014. Brasil lo que tiene son buenos músicos: que se hagan respetar.

Espero superar pronto la depresión post-mundial. Tocará hacer el trabajo que no se ha hecho por estar viendo fútbol.


Sigamos ahora con el asunto Íngrid Betancourt. En primer lugar, hay que decir que los colombianos somos una porquería: a la mezquindad y el oportunismo de Íngrid se ha respondido con odio y sandeces. Los comentarios tipo "deberían devolverla a la selva" demuestran lo podridos que estamos. Como si el secuestro fuera un chiste. Viéndolo así, Íngrid no es más que la expresión de la colombianidad pura.

No obstante, lo cierto es que la demanda de Íngrid es una vergüenza. No hay derecho a pedir tanto dinero, y mucho menos cuando lo hace a título personal utilizando a los demás secuestrados. Indigna esa acción: no es cuestión de ingratitud, como dicen por ahí, pues el Estado no hizo nada más que cumplir con su deber al rescatarla, pero el oportunismo es notorio. Y vienen las supicacias: tanto revuelo mediático con la demanda y demás, y ahora viene miniserie sobre la operación Jaque y libro de la señora Betancourt. Tremenda estrategia de mercadeo la de Caracol para su producto y la de Íngrid con su libro. En el fondo, creo que ella sabe que es muy posible que no llegue a ningún lado con su tal demanda, pero vaya que va a vender libros.

Anoche, en la entrevista con Darío Arizmendi, reculó bastante y ella misma admitió que la suma reclamada era absurda. Y, en el colmo de los colmos, llamó "simbólica" a dicha suma de dinero. Más indignante aún. Ahora resulta que quince mil millones de pesos son simbólicos: de ser así, que se los paguen en bielletes de Tío Rico, o de Monopoly, o en botones, o en gomitas con forma del mapa de Colombia.

No hay derecho a ser tan descarado y codicioso. Aunque, pobre mujer, tal vez la vida en Francia es muy cara. Pensándolo bien, le voy a dar la plata de mi semestre a ella. Hoy por tí mañana por mí.

Con el dolor del alma, esta vez tengo que estar de acuerdo con el Gobierno. Hasta con Pacho Santos y su rabieta parecida a la de un niño pataletudo. El Estado no debe pagarle a Íngrid Betancourt. Además, si esto prospera, la avalancha de demandas va a ser enorme. Nos quebramos. Y sí, un ciudadano tiene derecho a demandar al Estado si este no cumple su deber, pero esta situación tiene matices muy distintos, donde prima el abuso, la codicia y el oportunismo. Las explicaciones de Íngrid Betancourt no son, ni mucho menos, satisfactorias (todo lo contrario: indignan más), y, como ya dije, esto huele a estrategia para vender libros.

Entonces, mi gente linda, si están tan indignados, espero que no compren el chimbo libro ese ni vean la miniserie, porque si lo van a hacer, mejor se quedan con la boca callada. Si les molesta que la plata de sus impuestos vaya a parar a los bolsillos de Íngrid, pero van a comprar el libro, pues... no les digo que son huevones, pero les recuerdo que igual le están dando dinero. Si este fuera un pueblo digno, no haría falta recordar esto, nadie vería la miniserie y no se vendería un sólo libro. No obstante, conociendo a mi gente colombiana, no sobra la aclaración. Como aquí el orgullo y la dignidad sólo la tenemos para insultar a ecuatorianos y venezolanos...


P.D. 1: Me gustó el campeón. Sin embargo, aún tengo guayabo porque no haya sido Argentina.
P.D. 2: Premio para el juego de palabras Ingreed que vi en Twitter. Hashtag de antología.


1 comentario:

Juan Arellano dijo...

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