lunes, 19 de julio de 2010

Y el Bicentenario, ¿para qué?

Hace doscientos años se rompió un florero y empezó este desmadre llamado Colombia. Ya por ahí empezamos mal: con algo roto. No obstante, fue el primer paso para la independencia. Por lo menos así lo acepta la historia oficial, que, todos sabemos, obvia eventos y declaraciones.

En fin, ya han pasado dos siglos y estamos presenciando los eventos, exposiciones, conciertos y demás que se organizaron para la conmemoración del bicentenario, o celebración, como suelen decir los más patriotas. No deja de llamar la atención que se rememoren eventos que nada tienen que ver con el 20 de julio: el año pasado se hizo la ruta libertadora, que fue en 1819, y ahora se revive la ruta de los comuneros, acaecida en 1781 y totalmente desligada de lo sucedido en lo que llamamos guerra de independencia. Y, ya por el lado patético del asunto, se han hecho desfiles de modas dizque para conmemorar el bicentenario (!!!) Eso dice mucho de un país y de la forma en la cual ve su historia.

Tintes de celebración y fiesta. Sin embargo, este bicentenario debe invitarnos más a la reflexión. Necesitamos más preguntas, desmitificar nuestro pasado. La pura celebración, el resalte de ciertos hecho y el olvido (coveniente) de otros, no son más que el resultado de intencionalidades políticas. Ya hemos visto el deplorable y bochornoso espectáculo dado por Chávez con la exhumación de los restos de Simón Bolívar y el constante manoseo que el dictador venezolano le da a la historia del Libertador. Él no es el único que lo hace, y es por eso que debemos estar vigilantes frente a lo que nos quieren meter por los ojos como "nuestra historia". Por eso son necesarias las nuevas preguntas; no sólo de los historiadores: esto es labor de todos. La historia de bronce se moldea en la fragua de la ignorancia.

Esta fecha debe ser una oportunidad para revisar nuestro pasado y revisarnos a nosotros mismos. Porque, frente a la pregunta "¿Qué es ser colombiano?", la única respuesta que se me viene a la cabeza es "ser colombiano es estar lleno de lugares comunes". Por ejemplo la creencia difundida en embelecos como el del mejor español del mundo, o el del segundo himno más bonito, o que somos los más inteligentes y trabajadores. Cosas intrascendentes y sin sentido, y que nos impiden dar un verdadero diagnóstico de lo que somos.

Lo mismo pasa con la historia: los mitos perduran y nos nublan la vista; la investigación histórica pocas veces presenta sus resultados al público más amplio. Por eso seguimos creyendo en la historia de Ricaurte en San Mateo (invento de Bolívar para dar moral a sus tropas) y sus átomos volando por la geografía nacional; por eso aceptamos el mito del Bolívar intachable, el Padre de la Patria, y todos citan la Carta de Jamaica pero nadie se acuerda del Bolívar de la Constitución de Bolivia: sí, el Libertador tenía impulsos dictatoriales: él quería ser Napoleón, a la veneca. Nuestro desconocimiento de la historia es lo que permite a los poderosos manipularla y acomodarla a sus intereses y objetivos.

No nos apresuremos a celebrar y pensemos con calma. La independencia tiene sus bemoles: nos libramos de un imperio, el español, para entregarnos a otro, el inglés, por medio de empréstitos vulgarmente grandes y costosos; luego aceptamos obedientemente nuestro lugar en el patio trasero de los Estados Unidos, y con nuestro arribismo proverbial nos decimos socios estratégicos de los norteamericanos en la región. Doscientos años después estamos en manos de grandes empresas españolas, en un giro cuando menos irónico de la historia; sólo reivindicamos la tradición hispánica (hay que hacerlo, eso sí, pero sin dejar de lado todo lo demás), olvidando a indígenas y negros y que, por encima de todo, somos mestizos y que allí reside nuestra identidad y nuestra fuerza. Aún cargamos lastres coloniales y a veces parece que nunca nos hicimos modernos. Nos negamos a ver nuestros males heredados y creados, escudados en un optimismo candoroso, incapaces de plantearnos verdaderas soluciones, porque al fin y al cabo somos felices y ya vendrán tiempo mejores.

Entonces, ¿para qué el bicentenario? Pues para buscar nuestras respuestas, amparados en la memoria y la historia. Sí, tenemos muchas cosas buenas y hemos avanzado, pero las malas están ahí y no podemos obviarlas. Nos quieren hacer creer que ya todo pasó y estamos por fin en la senda correcta, pero falta bastante para eso, y la gallina Rumbo con sus tres huevitos no nos va a llevar a término del viaje. Sólo asumiendo una labor más crítica frente a esta conmemoración podremos construir un verdadero país. No se puede quedar esto en la pachanga bicentenaria de luces, imágenes, tecnología y conciertos de cantantes, en su mayoría, mediocres. A ver si aquí empiezan cien años con mejor cara, un país con más ciudadanos cultos y comprometidos y menos patriotas irredentos.

3 comentarios:

Pazcual dijo...

No sabía de la historia del santo y Bolívar. Por otro lado, me parece muy interesante la "invasión" española que ha habido en los últimos años en Colombia, y sólo hasta ahora caigo en cuenta que sí, que como no andemos con cuidado, nos volveremos el patio trasero de alguien más y con el segundo himno más bonita, porque vaya yo a saber cuál será el primero.

Saludos.

santiago dijo...

me gusta mucho el refresco a la memoria, comparto la gran mayoria de cosas pero prefiero los conciertos a los desfiles militares... un saludo

Anónimo dijo...

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