martes 20 de abril de 2010

Cirugía político-plástica

Veía anoche en VH1 un programa sobre cirugía plástica. Es evidente la obsesión de esta época por tener el cuerpo "perfecto", noción que además se ve distorsionada por mujeres con senos del tamaño de balones de baloncesto o caras estiradas hasta el límite de lo absurdo. Es desagradable ver a los límites que llegan hombres y mujeres cuando de cirugías plásticas se trata.

Y entonces pensé en Noemí, escasa de votos pero con sobra de bótox. ¿Sabían ustedes que tiene sesenta años? Probablemente no, porque no se le ven por ningún lado. Tremendo trabajo el de su cirujano. Si se lo piensa bien, debería ponerse de acuerdo con él: ya que su campaña está fracasando, mejor que le haga proselitismo al cirujano y vayan de socios en el negocio. Con ella de imagen, el médico se llena de dinero. Noemí seguro sabrá sacarle partido a eso. Y seguirá viéndose de cuarenta por unos años más.

Es que la imagen, aunque no lo parezca, importa en un candidato. Juan Manuel Santos lo sabe y por eso nunca sale sin maquillarse adecuadamente: para dar miedo. El apodo de Chucky no es en vano. Él quiere hacerlo parecer algo ideológico, pero no nos engañemos, nada tiene que ver eso. Simple y llanamente, se parece al muñeco diabólico. Para su fortuna, las teorías de Lombroso han sido rebatidas, o de lo contrario ni podría soñar con ser Presidente de la República.

Del aspecto debería preocuparse Petro: su consistencia como candidato, la fuerza de sus argumentos y la claridad con la que los expone se ven empañados por el peinado que ostenta. No recomiendo pelucas o injertos de pelo, pues eso se ve aún más horrible (hay que ver a Sergio Barbosa, el de RCN). Mejor cortarse el cabello, afeitarse la cabeza. Uno debe quedarse calvo con dignidad. Ojalá contemple la posibilidad.

De Antanas Mockus sólo me preocupa la corbata. Espero que tenga varias, porque si no esa debe estar muy sucia: se la pone todos los días. Y donde el verde se empiece a ver cochino, va a parecer de un partido uribista.

Recuerden candidatos: el aspecto importa. Vea que uno empieza con cirugías plásticas y termina hablando de política.


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Hablando de política, les dejo este texto de Brecht que encontré. La política no es cosa sólo de académicos e intelectuales; es nuestro deber como ciudadanos informarnos y saber quiénes son los que nos gobiernan (y nos roban) y cómo lo hacen. Y eso siempre, no sólo en época de elecciones.

El analfabeto político

El peor analfabeto es el analfabeto político. No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos. No sabe que el costo de la vida, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de las medicinas depende de las decisiones políticas.

El analfabeto político es tan burro que se enorgullece y ensancha el pecho diciendo que odia la política. No sabe que de su ignorancia nace la prostituta, el menor abandonado y el peor de todos los bandidos que es el político corrupto, mequetrefe y lacayo de las empresas nacionales y multinacionales.

Bertolt Brecht

jueves 8 de abril de 2010

¿Por qué Mockus?

¿Que la política colombiana es un asco, está llena de hampones corruptos y ladrones? Seguro, eso nadie lo niega. Esa sería la primera razón para votar por Mockus: él representa un cambio en esa situación. Y necesitamos el cambio.

Nuestra política siempre ha sido un nido de ratas y durante los últimos ocho años creció de forma desmedida, se fomentó la cultura del "todo vale" y del atajo, del fin justifica los medios. Como resultado, los niveles de corrupción están en unos niveles aterradoramente altos y los criminales llegaron arriba, muy arriba. Es por ello que este es el momento ideal para cambiar, no sólo la política, sino nuestra forma de ver las cosas. Y si hay alguien que puede liderar ese cambio, ayudarnos a replantear nuestra forma de pensar y actuar, ese es Antanas Mockus.

Mockus no es un iluminado, ni un héroe, y muchísimo menos un mesías. Simplemente es un hombre honesto. Eso, en este país, ya es suficiente razón para votar por él. Pero, además, Mockus representa la esperanza de los que creemos en el replanteamiento de la política colombiana. El cambio cultural en Bogotá fue inmenso durante sus alcaldías, y si aquí hay algo de cultura ciudadana, es gracias a él. Con sus símbolos pedagógicos (muchos los consideran estúpidos), logró crear en nosotros los bogotanos toda una conciencia sobre la ciudad y su cuidado. No en todos, obvio, porque cafres siempre van a haber, pero sí en gran parte de los habitantes de esta ciudad. Y la alcaldía de Peñalosa, pródiga en obras de modernización, no hubiera sido posible sin todo el dinero que Mockus dejó en las arcas bogotanas. No sólo ayudó a cambiar nuestra cultura, sino que también fue un buen administrador.

Se le critica la repetición constante de sus ideas, como "con educación todo es posible", "la vida es sagrada" o "los dineros públicos son sagrados". Pero tal vez eso sea lo que necesitamos, que nos repitan hasta el cansancio y nos hagan interiorizar esas ideas. Legalidad, democracia, honestidad, educación: como dice V en la película V de Venganza, estas son más que palabras, son perspectivas. Podemos ser gente honesta, legal, preocupada por seguir las reglas del juego y convivir en paz unos con otros. Sin ese cambio cultural, difícilmente alguna reforma económica o política puede surtir efecto en Colombia.

Esa transformación, arrinconar la ilegalidad y dejarla sin justificación, como ha dicho Mockus, es fundamental. La búsqueda de un país menos violento, más justo, con una mayor equidad social, un mejor sistema de salud, una economía más fuerte y una política menos corrupta empieza ahí. Así entenderemos que los paramilitares son igual de malos a las Farc, que un narcotraficante no es bueno porque regale dinero a los pobres, que un político que roba recursos públicos es un criminal de la peor calaña, así no mate a alguien. Todas estas son expresiones de una sociedad que ha abrazado la ilegalidad como forma de vida y como regla de supervivencia. Cualquier reforma de nuestro sistema funcionará mucho mejor una vez hayamos interiorizado la importancia de seguir las reglas de juego y atenernos a ellas. Si desterramos el atajo como nuestra forma de vida, si formamos más ciudadanos cultos y comprometidos y menos patriotas irreflexivos, es posible moldear un nuevo rostro para Colombia.

Mockus encarna la esperanza. Claro, la esperanza puede verse defraudada, pero siempre esperamos que no sea así. Entendamos entonces que los cambios no ocurren de la noche a la mañana y requieren de mucho trabajo; no sólo de nuestros líderes, sino de nosotros mismos. De nada sirve un buen líder si los seguidores no lo apoyan y trabajan para sacar adelante los proyectos y las ideas. Y convengamos, repito, que Mockus no es un mesías: si caemos en el mesianismo con él, no habremos avanzado un centímetro.

Es tiempo de tener un Presidente con ideas claras y progresistas, que no esté anclado en una Colombia feudal y premoderna. El gobierno de los sabios es visto con desconfianza, y, sin embargo, no puedo pensar en algo mejor que hombres inteligentes liderando un país; que sepan argumentar sus posiciones y exponer su pensamiento, tomando las decisiones luego de la reflexión y la ponderación de las posibilidades. Sabios capaces, además, de tener mano dura cuando es necesario, cuando alguien ya no escucha ni hace caso a las razones. Es tiempo también de tener un Presidente que valore el trabajo en equipo y no se crea indispensable, considerando ser el único capaz de resolver todos y cada uno de los problemas, por demás numerosos, de Colombia; alguien capaz de poner a la persona correcta en el cargo indicado, con el saber y la experiencia que dicho cargo requiera. Es tiempo para más razón y menos pasión.

Es por todo esto que creo en la propuesta de Antanas Mockus y mi voto será para él. La esperanza es grande, y por ello la exigencia lo es aún más: todos esperamos que la confianza depositada en Mockus sea retribuida.

Tal vez, en el futuro, nos esté esperando un mejor país. Ojalá así sea