lunes 26 de julio de 2010

Romperemos relaciones cuando los burros vuelen

Con indignación vi la semana pasada una noticia sobre unos desgraciados en Rusia que, para una campaña publicitaria, ataron un burro a un parapente y lo mandaron a volar sobre una playa. Muy cafres en la vida para hacerle eso al pobre burrito. Según la nota, el animal no paró de rebuznar terroríficamente durante el tiempo que estuvo en el aire, asustando a la gente y haciendo llorar a varios niños presentes. Una escena de completa crueldad.

Pero lo peor de todo este asunto es que, para nuestra desgracia, el burro en parapente aterrizó en Colombia: para más señas, en la presidencia del Senado. Un burro preside a los honorables padres de la patria: Armando Benedetti. Un hombre de probadas capacidades para el chanchullo, las declaraciones groseras y sin sentido, los actos idiotas, las volteadas de arepa y la lambonería. En resumidas cuentas, talentoso para la Unidad Nacional de Santos.

Famosos son en Twitter sus desatinos idiomáticos y sus insultos a quienes osaban hacerle algún comentario negativo. Durante la campaña demostró su talante de gañan con su lenguaje y actitud. En Colombia, claro, eso es estar más que calificado para ocupar un cargo. Bien por él: por fin le han reconocido sus aptitudes. Qué bueno: la cheveridad llegó para quedarse. En la juramentación como presidente, al ver la mano levantada de Javier Cáceres, le hizo el popular "choque esos cinco". Luego lo abrazó con efusividad notoria, fiestera: estaba más contento que Diomedes en Tranquilandia. La Unidad Nacional empieza con jolgorio y feria de puestos: es decir, bien, todo de acuerdo al plan.

Si no tienen Twitter y no saben de lo que hablo, aquí les dejo: 'ilústrensen' con las palabras del gran presidente del Senado.

El otro evento maravilloso fue el de Colombia y Venezuela en el Consejo Permanente de la OEA. Se llevaron allí las denuncias sobre la presencia de guerrilleros colombianos en territorio venezolano. Cosa sabida y recontra sabida, de la que nadie duda. El problema fue la forma: ¿por qué carajos Colombia manda a un culebrero como embajador ante la OEA? Porque al señor Hoyos le faltó sacar jarabes para vender. Forma horrible de hablar, muy propia de este gobierno: de gamín pendenciero. En su acento paisa, parecía estar retando a una pelea. O vendiendo chucherías en una calle. Pensé que en cualquier momento iba a tener salidas del tipo:

- ¡Eh Ave María, estas pruebas son más contundentes que un guaro Antioqueño!
- ¿Escuché que dijo coordenadas? ¡Le tengo lo que necesita!

Horrible. Y lo peor es que ni tan contundentes fueron las pruebas. Repito: nadie duda de la presencia de los guerrilleros allá, pero con tanto escándalo pensé que las pruebas serían más concluyentes. Pero sólo pude concluir dos cosas: primero, que los requisitos laborales para ser investigador del DAS son el manejo de Google Earth y Youtube; segundo, que yo sería un pésimo embajador, porque soy malísimo con las carteleras y el PowerPoint.

Y la respuesta del embajador venezolano no se quedó atrás, con eso de "la montaña parió un ratoncito" y su tono sarcástico que buscaba ser de indignación para esconder lo evidente: Chávez deja estar a los guerrilleros en tierras venezolanas. Y el dictador venezolano rompió relaciones con Colombia porque se vio cogido. Eso sí, con "una lágrima en el corazón". Payaso con llanto en el miocardio.

No cabe en la cabeza tanta vaina absurda que se da entre Colombia y Venezuela. Hasta Maradona acabó inmiscuido en este último exabrupto. Estamos en la Dimensión Desconocida.



P.D. Recordemos a Uribe: Todos los caminos conducen a La Haya.

lunes 19 de julio de 2010

Y el Bicentenario, ¿para qué?

Hace doscientos años se rompió un florero y empezó este desmadre llamado Colombia. Ya por ahí empezamos mal: con algo roto. No obstante, fue el primer paso para la independencia. Por lo menos así lo acepta la historia oficial, que, todos sabemos, obvia eventos y declaraciones.

En fin, ya han pasado dos siglos y estamos presenciando los eventos, exposiciones, conciertos y demás que se organizaron para la conmemoración del bicentenario, o celebración, como suelen decir los más patriotas. No deja de llamar la atención que se rememoren eventos que nada tienen que ver con el 20 de julio: el año pasado se hizo la ruta libertadora, que fue en 1819, y ahora se revive la ruta de los comuneros, acaecida en 1781 y totalmente desligada de lo sucedido en lo que llamamos guerra de independencia. Y, ya por el lado patético del asunto, se han hecho desfiles de modas dizque para conmemorar el bicentenario (!!!) Eso dice mucho de un país y de la forma en la cual ve su historia.

Tintes de celebración y fiesta. Sin embargo, este bicentenario debe invitarnos más a la reflexión. Necesitamos más preguntas, desmitificar nuestro pasado. La pura celebración, el resalte de ciertos hecho y el olvido (coveniente) de otros, no son más que el resultado de intencionalidades políticas. Ya hemos visto el deplorable y bochornoso espectáculo dado por Chávez con la exhumación de los restos de Simón Bolívar y el constante manoseo que el dictador venezolano le da a la historia del Libertador. Él no es el único que lo hace, y es por eso que debemos estar vigilantes frente a lo que nos quieren meter por los ojos como "nuestra historia". Por eso son necesarias las nuevas preguntas; no sólo de los historiadores: esto es labor de todos. La historia de bronce se moldea en la fragua de la ignorancia.

Esta fecha debe ser una oportunidad para revisar nuestro pasado y revisarnos a nosotros mismos. Porque, frente a la pregunta "¿Qué es ser colombiano?", la única respuesta que se me viene a la cabeza es "ser colombiano es estar lleno de lugares comunes". Por ejemplo la creencia difundida en embelecos como el del mejor español del mundo, o el del segundo himno más bonito, o que somos los más inteligentes y trabajadores. Cosas intrascendentes y sin sentido, y que nos impiden dar un verdadero diagnóstico de lo que somos.

Lo mismo pasa con la historia: los mitos perduran y nos nublan la vista; la investigación histórica pocas veces presenta sus resultados al público más amplio. Por eso seguimos creyendo en la historia de Ricaurte en San Mateo (invento de Bolívar para dar moral a sus tropas) y sus átomos volando por la geografía nacional; por eso aceptamos el mito del Bolívar intachable, el Padre de la Patria, y todos citan la Carta de Jamaica pero nadie se acuerda del Bolívar de la Constitución de Bolivia: sí, el Libertador tenía impulsos dictatoriales: él quería ser Napoleón, a la veneca. Nuestro desconocimiento de la historia es lo que permite a los poderosos manipularla y acomodarla a sus intereses y objetivos.

No nos apresuremos a celebrar y pensemos con calma. La independencia tiene sus bemoles: nos libramos de un imperio, el español, para entregarnos a otro, el inglés, por medio de empréstitos vulgarmente grandes y costosos; luego aceptamos obedientemente nuestro lugar en el patio trasero de los Estados Unidos, y con nuestro arribismo proverbial nos decimos socios estratégicos de los norteamericanos en la región. Doscientos años después estamos en manos de grandes empresas españolas, en un giro cuando menos irónico de la historia; sólo reivindicamos la tradición hispánica (hay que hacerlo, eso sí, pero sin dejar de lado todo lo demás), olvidando a indígenas y negros y que, por encima de todo, somos mestizos y que allí reside nuestra identidad y nuestra fuerza. Aún cargamos lastres coloniales y a veces parece que nunca nos hicimos modernos. Nos negamos a ver nuestros males heredados y creados, escudados en un optimismo candoroso, incapaces de plantearnos verdaderas soluciones, porque al fin y al cabo somos felices y ya vendrán tiempo mejores.

Entonces, ¿para qué el bicentenario? Pues para buscar nuestras respuestas, amparados en la memoria y la historia. Sí, tenemos muchas cosas buenas y hemos avanzado, pero las malas están ahí y no podemos obviarlas. Nos quieren hacer creer que ya todo pasó y estamos por fin en la senda correcta, pero falta bastante para eso, y la gallina Rumbo con sus tres huevitos no nos va a llevar a término del viaje. Sólo asumiendo una labor más crítica frente a esta conmemoración podremos construir un verdadero país. No se puede quedar esto en la pachanga bicentenaria de luces, imágenes, tecnología y conciertos de cantantes, en su mayoría, mediocres. A ver si aquí empiezan cien años con mejor cara, un país con más ciudadanos cultos y comprometidos y menos patriotas irredentos.

lunes 12 de julio de 2010

De mundiales y reparaciones simbólicas

Dos temas me ocupan hoy: el mundial de fútbol que terminó y el affaire Íngrid. Empecemos por el más importante: el mundial.

Acabó ayer el mundial Sudáfrica 2010 dejando a España campeón, luego de vencer a Holanda por uno a cero. Fue un bonito mundial que premió el buen fútbol, el que juega a tener el balón, atacar y hacer goles; lo digo no sólo por el campeón, España (paradójicamente más cercano a la escuela holandesa que la misma Holanda), sino por el Balón de Oro otorgado a Diego Forlán, quien por derecho debería estar en la Liga de la Justicia: un héroe jugador de fútbol. Una clara diferencia frente a Alemania 2006, donde se premió al adefesio italiano, no sólo con la copa mundo, sino con el título de mejor jugador del año de la Fifa dado a Cannavaro. Ojalá el ejemplo español cunda.

Fue Holanda un digno rival, a pesar de que ayer se olvidó del fútbol y se dedicó más a golpear, como fue el caso de Nigel de Jong y su karatazo a Xabi Alonso. Una verdadera lástima, porque no necesitaban de eso. Un gran equipo, a pesar de que aquí se inventaron que tocaba detestarlo por eliminar a Brasil y a Uruguay. Desafortunadamente son el equivalente en los mundiales del América de Cali y su maldición del Garabato. La tercera no fue la vencida. (Les hice barra para efectos de una apuesta. Maldita sea mi pelotudez).

Un bonito mundial también porque fue impredecible y loco. Nunca como en este campeonato escuché tantas veces la expresión "por primera vez en un mundial". Esos resultados inesperados le ponen emoción a un mundial. Y ni hablar de la felicidad de ver salir a Italia en primera ronda, o de ver fracasar estruendosamente a Cristiano Ronaldo, el jugador más sobrevalorado de la historia. Eso no tiene precio. Como no lo tiene el haber podido ver fútbol en alta definición, narrado y comentado por gente sensata que sabe pronunciar los apellidos. Los narradores y comentaristas colombianos son una desgracia.

Triste, se acabó el mundial. Aunque tiene sus partes buenas: no más vuvuzelas y, especialmente, no más Waka Waka todo el día en emisoras de radio y canales de televisión. Y va la madre si Shakira vuelve a ser la voz del mundial en el 2014. Brasil lo que tiene son buenos músicos: que se hagan respetar.

Espero superar pronto la depresión post-mundial. Tocará hacer el trabajo que no se ha hecho por estar viendo fútbol.


Sigamos ahora con el asunto Íngrid Betancourt. En primer lugar, hay que decir que los colombianos somos una porquería: a la mezquindad y el oportunismo de Íngrid se ha respondido con odio y sandeces. Los comentarios tipo "deberían devolverla a la selva" demuestran lo podridos que estamos. Como si el secuestro fuera un chiste. Viéndolo así, Íngrid no es más que la expresión de la colombianidad pura.

No obstante, lo cierto es que la demanda de Íngrid es una vergüenza. No hay derecho a pedir tanto dinero, y mucho menos cuando lo hace a título personal utilizando a los demás secuestrados. Indigna esa acción: no es cuestión de ingratitud, como dicen por ahí, pues el Estado no hizo nada más que cumplir con su deber al rescatarla, pero el oportunismo es notorio. Y vienen las supicacias: tanto revuelo mediático con la demanda y demás, y ahora viene miniserie sobre la operación Jaque y libro de la señora Betancourt. Tremenda estrategia de mercadeo la de Caracol para su producto y la de Íngrid con su libro. En el fondo, creo que ella sabe que es muy posible que no llegue a ningún lado con su tal demanda, pero vaya que va a vender libros.

Anoche, en la entrevista con Darío Arizmendi, reculó bastante y ella misma admitió que la suma reclamada era absurda. Y, en el colmo de los colmos, llamó "simbólica" a dicha suma de dinero. Más indignante aún. Ahora resulta que quince mil millones de pesos son simbólicos: de ser así, que se los paguen en bielletes de Tío Rico, o de Monopoly, o en botones, o en gomitas con forma del mapa de Colombia.

No hay derecho a ser tan descarado y codicioso. Aunque, pobre mujer, tal vez la vida en Francia es muy cara. Pensándolo bien, le voy a dar la plata de mi semestre a ella. Hoy por tí mañana por mí.

Con el dolor del alma, esta vez tengo que estar de acuerdo con el Gobierno. Hasta con Pacho Santos y su rabieta parecida a la de un niño pataletudo. El Estado no debe pagarle a Íngrid Betancourt. Además, si esto prospera, la avalancha de demandas va a ser enorme. Nos quebramos. Y sí, un ciudadano tiene derecho a demandar al Estado si este no cumple su deber, pero esta situación tiene matices muy distintos, donde prima el abuso, la codicia y el oportunismo. Las explicaciones de Íngrid Betancourt no son, ni mucho menos, satisfactorias (todo lo contrario: indignan más), y, como ya dije, esto huele a estrategia para vender libros.

Entonces, mi gente linda, si están tan indignados, espero que no compren el chimbo libro ese ni vean la miniserie, porque si lo van a hacer, mejor se quedan con la boca callada. Si les molesta que la plata de sus impuestos vaya a parar a los bolsillos de Íngrid, pero van a comprar el libro, pues... no les digo que son huevones, pero les recuerdo que igual le están dando dinero. Si este fuera un pueblo digno, no haría falta recordar esto, nadie vería la miniserie y no se vendería un sólo libro. No obstante, conociendo a mi gente colombiana, no sobra la aclaración. Como aquí el orgullo y la dignidad sólo la tenemos para insultar a ecuatorianos y venezolanos...


P.D. 1: Me gustó el campeón. Sin embargo, aún tengo guayabo porque no haya sido Argentina.
P.D. 2: Premio para el juego de palabras Ingreed que vi en Twitter. Hashtag de antología.


jueves 8 de julio de 2010

Reality sucks

Perdonarán el abandono del chuzo, pero con mundial es difícil pensar en otra cosa que no sea fútbol. Porque no he hecho nada más sino ver fútbol. Mi desconexión de la realidad fue tal que duré dos semanas sin ver televisión nacional, leer periódicos o ver noticieros (excepto los deportivos). Una vez cada cuatro años no hace daño.

Apenas recibí leves rebotes de realidad, casi todo gracias a Twitter y Facebook. Los exabruptos me llegaron por ese medio, tales como la posibilidad de que Uribe se lance a la alcaldía de Bogotá, o tal vez su copia mínima e insoportable, Andrés Felipe Arias. A pesar de tener mundial, uno sigue dándose cuenta que este país está demente. Ojalá mis conciudadanos no vayan a ser tan bestias de elegir a alguno de estos tipos. Claro que el imbécil inoperante del Samuel les tiene media campaña hecha. Ojalá no suceda. Y no por las consabidas y pendejas razones regionalistas, sino porque yo no quiero corruptos de esos en la alcaldía. Samuel ya hizo suficiente.

Ahora que se acaba el mundial habrá que retomar el ritmo de asimilación de nuestra realidad azarosa y extraña. Maldita sea: el mundial debría durar más. Será disfrutar al máximo lo que resta, ahora que han sacado a Alemania en un partido que todo el mundo daba por hecho iban a ganar los teutones; excepto por el pulpo Paul, que vaticinó la victoria española. Yo no le creí, pero después de ver el partido, yo como que me convierto a la religión del pulpo Paul. Cantemos todos juntos: ¡Él tiene al mundo, sí él tiene al mundo en sus tentáculos!

Y me hace feliz que a la final hayan llegado dos equipos que no son amarretes y juegan a atacar, como son España y Holanda. Gran diferencia a la Italia detestable que ganó hace cuatro años mostrando el fútbol defensivo más horrible de la historia. Premiar ese fútbol va en contra del deporte y del espectáculo. Esperemos que esta final motive a que se juegue un fútbol más atractivo y menos mezquino.

A esperar otros cuatro años. Me lleva.