domingo, 13 de febrero de 2011

Los jóvenes

En 30 Rock, la serie de televisión escrita por la genial y hermosísima Tina Fey, hay un capítulo en el que Jack Donaghy, presidente de la empresa y republicano convencido, intenta derrotar a una congresista demócrata que se interpone en las intenciones de negocios que él tiene. Para ello se dedica a apoyar a un demente candidato al Congreso que compite contra la congresista. Sin embargo, mientras busca maneras de que la gente le dé fondos a su candidato, Donaghy se entera de que la congresista está haciendo campaña entre los jóvenes. El extraño asistente de Jack es quien se lo informa. Eso es una señal: buscar el voto joven es muestra de desesperación. El asistente lo explica así: "Mi generación nunca vota. Impide que hablemos de nosotros mismos todo el tiempo".

Esa podría ser una marca de fábrica de la juventud actual: la falta de interés por todo lo que no sea ella misma. Sin embargo, en el último mes hemos visto como en los jóvenes aún reside una fuerza a la que es difícil hacerle frente. Primero en Túnez y luego en Egipto, las revueltas iniciadas por jóvenes que quieren algo nuevo en sus países dio como resultado la salida del poder de dos dictadores: Ben Alí y Hosni Mubarak. Y la ola se extiende por Argelia, Yemen, Jordania. Se multiplican los pueblos despertando. Una juventud que se ha educado, que tiene acceso a una gran cantidad de información gracias a la Internet, se cansó de vivir en la inmovilidad de la tiranía. Y comenzó a recorrer el camino del cambio.

Es una lección para los jóvenes del mundo entero. Cuando se hace la apatía a un lado, grandes cosas pueden suceder. En este país, donde la protesta se acaba cuando comienza a llover, porque "la Revolución no se moja", deberíamos tomar atenta nota de lo que sucede en los países árabes. Gracias a lo sucedido en Túnez y Egipto, debemos entender que protestar y hacer sentir nuestra voz es un deber, así la godarria encasille a todo inconforme con la palabra 'mamerto'. Por supuesto, es necesario comprender también que esa inconformidad debe encontrar nuevas formas y lenguajes para expresarse: recitar máximas de los años setenta e idealizar Mayo del 68 de nada sirve a estas alturas del partido. Es más de lo mismo: vacuidad, idealismo ingenuo, inoperancia.

Internet ha influido muchísimo en la toma de conciencia política de los jóvenes alrededor del mundo. No obstante, puede ser una arma de doble filo. El año pasado, con motivo de las elecciones presidenciales, en Colombia vivimos el fenómeno conocido como la Ola Verde. Miles de jóvens se interesaron súbitamente por la carrera electoral y apoyaron al candidato Antanas Mockus. Por Twitter y Facebook se inició un movimiento de apoyo a Mockus que hacía presagiar buenas cosas. Sin embargo, ahí quedó todo. Lo que en Internet parecía un movimiento imparable, en las urnas demostró ser poco más que la ilusión de unos cuantos. Las iniciativas de cambio, una vez más, se quedaron en casa y no salieron a votar. La toma de conciencia se quedó en dar 'likes' en Facebook y escribir tweets emocionales e , incluso, idólatras. Floreció esa ética relajada y poco comprometida de la que habla Lipovetsky. Todo fue cuestión de activistas de computador portátil.

Túnez, con la acción desesperada de Mohamed Bouazizi que dio comienzo a la Revolución de los Jazmines (bellísimo nombre), y Egipto con las protestas ininterrumpidas en la calle que lograron echar del poder a Mubarak, son muestra de que el cambio se logra con acciones concretas, con unidad y resolución para alcanzar objetivos. Un profesor en la universidad nos decía que en Colombia estaban dadas todas las condiciones objetivas para una revolución (pobreza, desigualdad, corrupción, violencia, etc.) pero no las subjetivas. Y es cierto: los colombianos nos acostumbramos a estar mal. De un tiempo para acá, además, cualquiera que se atreva a señalar las falencias del país es un apátrida, mamerto y amigo de las Farc. Y los jóvenes, o bien se entregan a la apatía, o suelen ver la política como una cuestión de barras bravas, desconociendo que en ellos está la vitalidad y la fuerza necesarias para logra un mejor estado de cosas en Colombia, siempre y cuando se parta de la inteligencia, de informarse, de pensar detenidamente para luego actuar. Sí, puede parecer una consigna trasnochada, un lugar común el de atribuir a los jóvenes, a los estudiantes, la capacidad y la responsabilidad del cambio. Pero los hechos actuales demuestran que sí es la juventud quien tiene la capacidad para lograr ese cambio. La capacidad y la necesidad.

No es cuestión de andar con El Capital debajo del brazo, idolatrar al Che Guevara y caer en maniqueísmos tontos (como los que dicen preferir a un Chávez que a un Uribe). Es cuestión de entender que la política, interesarse por ella, es deber inherente al ciudadano. Que estar en una universidad adquiriendo conocimientos nos impone el deber de estar pendientes de lo que sucede en el país. De lo contrario, sólo estamos siendo adiestrados para salir a trabajar y replicar por siempre la situación actual. Gente informada, educada, que se da cuenta de lo mal que va un país y se hastía de la situación, puede lograr derrumbar lo mal construido para levantar algo nuevo y mejor hecho. Pero eso requiere responsabilidad y acción, y los jóvenes colombianos no parecen estar interesados en eso. Es más fácil seguir pensando en ellos mismos. Y jugando Farmville.

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