jueves, 16 de junio de 2011

Spinoza no escuchaba vallenatos

Vamos con una reflexión personal sobre religión. Sí, ese tema tan complicado que hace que la gente deje de hablarle a uno o sienta ingentes deseos de crucificarlo. He aquí un fragmento de un texto de Baruch Spinoza:

"Sorprendiome muchas veces ver hombres que profesan la religión cristiana, religión de amor, de bondad, de paz, de continencia, de buena fe, combatirse mutuamente con tal violencia, y perseguirse con saña tan fiera, que más hacen distinguida su religión por estos que por los otros caracteres antes enumerados. Que a tal extremo han llegado las cosas, que nadie puede distinguir un cristiano y un turco, un judío y un pagano si no es por la forma exterior y el vestido, por saber qué iglesia frecuenta, por conocer su adhesión a tal o cual sentimiento, o por seguir la opinión de tal o cual maestro. Mas en cuanto a la práctica de la vida, no veo entre ellos ninguna diferencia".

Explica muy bien el señor Spinoza el porqué me alejé de la religión hace tiempo: la falta de coherencia. Porque se predica pero no se aplica. Porque los jerarcas de las iglesias se enriquecen y adquieren poder gracias a la fe ciega de la gente. Porque en nombre de Dios se perpetran los peores crimenes y se cometen los actos más violentos y salvajes. Continúa diciendo Spinoza:

"Al indagar la causa de este mal, hallé que principalmente procede de mirar como ventajas materiales las funciones del sacerdocio, las dignidades y los deberes de la Iglesia; y de que el pueblo cree que toda la religión estriba en los honores tributados a sus ministros. Así se han introducido tantos abusos en la Iglesia; así se ha visto a los hombres más ínfimos animados de prodigiosa ambición apoderarse del sacerdocio, trocar en ambición y sórdida avaricia el celo por la propagación de la fe, convertirse el templo en teatro donde no se oye a doctores eclesiásticos sino a oradores que se cuidan muy poco de instruir al pueblo, y mucho de hacerse aplaudir por él, cautivándole con la doctrina común, enseñándole novedades y cosas extraordinarias que sorprenden su admiración. De ahí esas disputas, envidias y odios implacables que el tiempo no puede borrar".

No podría ilustrar con mejores palabras a esos curas y pastores que usan relojes de oro y andan en camionetas de lujo blindadas, mientras muchos de los fieles dejan de comprar lo necesario por diezmar, creyendo que así se multiplicarán sus bienes. Por no hablar de los curas pederastas. Así no hay iglesia en la que yo pueda creer.

Pero, quiéralo o no, en mí quedó un vestigio de la crianza católica: sigo creyendo en Dios. Del mismo Spinoza, nos cuenta Christopher Hitchens, se dice que nunca abandonó del todo la idea de la existencia de un Ser Supremo. Yo tampoco he podido. Sigo siendo cobarde, y la idea de Dios suele ser reconfortante, tranquilizadora. Por eso perdura después de tanto tiempo y a pesar de que todo apunta a que su existencia es poco probable.

De todas formas, hay cosas de la vida diaria que lo hacen volver a uno a contemplar lo que dice la religión sobre el ordenamiento del Universo. Spinoza no tuvo esa ¿ventaja? Tengo unos vecinos que son lo que genéricamente llamamos cristianos, no sé si sean pentecostales, neopentecostales, evangélicos o qué; todos los sábados, desde temprano, ponen música a alto volumen, porque al parecer es la única forma que tienen de escuchar su música. Eso, de por sí, ya es terrible, pero lo verdaderamente horrible es que escuchan, ojo a esto, vallenato cristiano. El mismo disco, una y otra vez. Así es fácil creer en la existencia del Infierno.

Veía hace unos días este video de George Carlin. Uno puede estar o no de acuerdo con lo que dice y con el estilo en el cual lo hace, pero el último mandamiento que postula es, sin duda alguna, uno muy necesario: Guardarás tu religión para ti mismo. Así que, por favor, no traten de convertirlo a uno: es una muestra de tremenda arrogancia creer que se posee la clave de la salvación y considerar que se debe transmitir a los demás, esas pobres almas que no saben lo que hacen. Y, por el amor de Dios, bájenle al volumen.



P.D. El texto de Spinoza lo encontré en una antología de Christopher Hitchens. El libro se llama Dios no existe.

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