jueves, 13 de octubre de 2011

Fugaz

Todo pasa. El mundo, se ha decretado, debe ser efímero, pasajero, instantáneo, hecho para el rápido olvido. Todo es obsoleto en un santiamén. No hay tiempo para pensar porque puede pasarse la siguiente novedad. No nos podemos bañar dos veces en el mismo río. El cambio es así. Y eso que Heráclito no supo de los ríos que terminan en las potentes turbinas de una hidroeléctrica.

Nada perdura, o muy poco lo hace. Y a veces se siente nostalgia, deseo de una estabilidad que ya no es posible. El planeta, parece, gira más rápido. Hasta los recuerdos se deshacen a mayor velocidad. La información no da tiempo para asimilarse. Un hecho reemplaza al otro y a otro y a otro. La memoria se delega en dispositivos con la capacidad de volverlo a uno tonto. Ser tonto es necesario.

Es el mundo donde se llama eterno a un (supuesto) legado basado en aparatos diseñados para ser obsoletos tras llevar treinta segundos fuera del empaque. Gadgets que hacen sentir al usuario parte de algo superior y exclusivo, aún cuando se venden millones en todo el planeta. Una logia del consumo. Una sobreactuación inconmensurable.

Y todo el tiempo nacen nuevas logias similares. Y pelean entre ellas. Una guerra tribal con el respaldo de la banda ancha.

Antes los genios, los visionarios, eran reconocidos como tales tras mucho tiempo y un aporte de potencialidades inimaginables; se llamaba revolucionarios a quienes eran capaces de cambiar todo un orden. Ahora es quien mejora cosas ya inventadas y diseña una estrategia difícilmente mejorable para vender millones de unidades haciendo sentir al que los compra como si fuera único y pensara diferente. Encontrar un mejor ejemplo de paradoja es complicado. Tal vez encontrar eternidad en la obsolescencia programada sea el único ejemplo mejor.

En últimas, no es "el Da Vinci de nuestra época" el problema: al fin y al cabo, lo único que hizo fue lo que todos queremos hacer, que es ganar muchísimo dinero trabajando en lo que deseamos; el lío está en quienes de verdad lo consideran un genio comparable a Da Vinci. Esos fanáticos capaces de concebir un despropósito como llamarlo iGod o comparar la manzana de su logo con la que cayó en la cabeza de Newton. Supongo que vender millones de aparatos es tan trascendental como descubrir un principio físico fundamental.

Al santo Job lo recuerda la tradición cristiana por su paciencia. Tal vez la religión del consumo recuerde al santo Jobs por su impaciencia para crear y vender más y más cosas.

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