domingo, 27 de noviembre de 2011

Colombia

A veces sólo salva creer en los finales felices. Hay que ver los noticieros colombianos, o leer los periódicos, para constatarlo. Tanto sufrimiento, tanta sangre, todos esos muertos, torturados, desaparecidos y mutilados. Gente secuestrada por tantos años, más de la mitad de lo que uno ha vivido. La manigua que pulula en este país parece hecha de dolor.

Por eso a veces optamos por creer en que todo se solucionará, que todo ese sufrimiento sólo puede ser el paso anterior a un desenlace feliz, virtuoso, rebosante de sonrisas y perdón. Tanta porquería se aguanta porque, se cree, la alegría está a punto de llegar. Pero pasan los días y no aparece. Lo más probable es que no va a llegar.

El último episodio de la infamia fue el ajusticiamiento por parte de las Farc de cuatro secuestrados. Otro capítulo de la guerra sucia de un país sucio que hace rato se acostumbró a su inmundicia. De tanto querer este muladar uno termina por detestarlo. La salida no está por ningún lado. Y, en la cima del hastío, uno termina por creer que no, no hay un final feliz. Hollywood queda muy lejos, el celuloide no tiene nada para darle a esta tierra. En la realidad no hay un bonito baile y una canción tierna al final de la historia.

Aquí solo hay muertos, familias llorando y un niño que nunca pudo tener a su padre porque alguien consideró que su vida valía menos que la cocaína.

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