sábado, 17 de diciembre de 2011

Colombia II

Por razones de trabajo tuve que ir a uno de los puntos de encuentro de la marcha del seis de diciembre. Al principio había poca gente y el clima no parecía estar del lado de quienes iban a marchar. Luego fue apareciendo más gente. Camisetas blancas, banderas, manillas, botones. Vendedores de todas las anteriores. Pancartas, fotografías. Medios de comunicación. Todos los ingredientes.

Cuando hubo un buen grupo de gente y cerraron la carrera Séptima, empezaron a escucharse arengas y gritos. Desde una tarima, una mujer hablaba sobre los secuestrados, sobre la logística de la marcha, sobre los deseos de paz de los colombianos. Más personas se concentraban en ese punto. Nunca llegó a ser una gran multitud, pero tampoco eran muy pocos. La lluvia pudo haber sido la razón. La apatía. Ver que un gobierno usa la indignación para auparse en las encuestas. Quién sabe.

Puse mucha atención a lo que la gente decía y gritaba. Y me asusté. Lo hice porque una marcha que, supuestamente, era para rechazar la violencia y esta barbarie permanente en la que vivimos los colombianos, se iba transformando en una manifestación para que la gente expresara su odio, no sólo contra las Farc (cosa normal), sino contra quienes creen son sus ayudantes y simpatizantes: supuestamente la justicia, el periodismo, Iván Cepeda. Medio país, según ellos. A los gritos de "¡No más Farc!, ¡no más Farc!" los semblantes se iban transformando. Ira, ojos inyectados de sangre. En un momento, la mujer de la tarima trató de calmar los ánimos y decirle a la gente que no estaban manifestando sólo contra las Farc sino contra todos los violentos de este país. Entonces, una señora que estaba a mi lado volteó a mirar hacia la tarima; furiosa, vociferó que ella gritaba lo que se le diera la gana. Su mirada contenía tanta ira que parecía imposible de lograr. Una imagen terrible.

Y entonces me di cuenta de que, hasta para pedir la paz, los colombianos somos violentos. Entendí por qué nuestra guerra no se acaba, por qué nos matamos unos a otros por cualquier tontería. Una manifestación para exigir la paz, el cese de la guerra y sus atrocidades, estaba teñida de la misma ira que alimenta a todos los bandos armados de este conflicto. La población confunde determinación y firmeza con furia, sed de sangre y venganza.

Si los buenos, que se supone somos más, nos comportamos así, ¿qué se puede esperar de los salvajes que ejecutan secuestrados, descuartizan campesinos y trafican droga?

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