lunes 28 de febrero de 2011

El día de mi suerte

A la Canción de la vida profunda, el poema de Barba Jacob, podría añadírsele un verso: "Hay días que somos tan de malas, tan de malas".

Porque, ¿quién no ha tenido un día poseído por la mala suerte? De esos que apenas empezando ya están llenos de eventos desafortunados. Por ejemplo, si uno se corta al afeitarse, ya puede inferir que no pinta bien la jornada. O algo más 'unisex': golpear con el dedo pequeño del pie la pata de la cama o de una mesa al levantarse. Puede pasar que a uno le caiga jabón en los ojos al bañarse, o que corten el agua; que uno salga tarde hacia el trabajo o a estudiar y, además de eso, se vare la buseta; que haya trancón y usted se baje a caminar, pero lo atraquen, o que lo atraquen dentro de la buseta. Usted que nunca llega tarde lo hace ese día y, preciso, su jefe (o profesor) llegó tempranísimo, como nunca lo hace. Ese día el almuerzo resulta horrible o trae un pelo, tal vez un insecto, de ñapa. Le ponen más trabajo que de costumbre. Llueve a la salida y la sombrilla se daña. Llega a la casa y no hay luz: olvidó pagar el recibo. La nevera está botando agua. No puede dormir. En fin: el repertorio de la mala suerte es infinito y cada quien le toca su porción.

Hay días que somos tan de malas, tan de malas, que nos consideramos seres humanos desgraciados y podemos sentirnos protagonistas de El día de mi suerte, la canción interpretada por Héctor Lavoe. Porque eso es ser de malas: a los treinta segundos de canción, el tipo ya quedó huérfano.

domingo 13 de febrero de 2011

Los jóvenes

En 30 Rock, la serie de televisión escrita por la genial y hermosísima Tina Fey, hay un capítulo en el que Jack Donaghy, presidente de la empresa y republicano convencido, intenta derrotar a una congresista demócrata que se interpone en las intenciones de negocios que él tiene. Para ello se dedica a apoyar a un demente candidato al Congreso que compite contra la congresista. Sin embargo, mientras busca maneras de que la gente le dé fondos a su candidato, Donaghy se entera de que la congresista está haciendo campaña entre los jóvenes. El extraño asistente de Jack es quien se lo informa. Eso es una señal: buscar el voto joven es muestra de desesperación. El asistente lo explica así: "Mi generación nunca vota. Impide que hablemos de nosotros mismos todo el tiempo".

Esa podría ser una marca de fábrica de la juventud actual: la falta de interés por todo lo que no sea ella misma. Sin embargo, en el último mes hemos visto como en los jóvenes aún reside una fuerza a la que es difícil hacerle frente. Primero en Túnez y luego en Egipto, las revueltas iniciadas por jóvenes que quieren algo nuevo en sus países dio como resultado la salida del poder de dos dictadores: Ben Alí y Hosni Mubarak. Y la ola se extiende por Argelia, Yemen, Jordania. Se multiplican los pueblos despertando. Una juventud que se ha educado, que tiene acceso a una gran cantidad de información gracias a la Internet, se cansó de vivir en la inmovilidad de la tiranía. Y comenzó a recorrer el camino del cambio.

Es una lección para los jóvenes del mundo entero. Cuando se hace la apatía a un lado, grandes cosas pueden suceder. En este país, donde la protesta se acaba cuando comienza a llover, porque "la Revolución no se moja", deberíamos tomar atenta nota de lo que sucede en los países árabes. Gracias a lo sucedido en Túnez y Egipto, debemos entender que protestar y hacer sentir nuestra voz es un deber, así la godarria encasille a todo inconforme con la palabra 'mamerto'. Por supuesto, es necesario comprender también que esa inconformidad debe encontrar nuevas formas y lenguajes para expresarse: recitar máximas de los años setenta e idealizar Mayo del 68 de nada sirve a estas alturas del partido. Es más de lo mismo: vacuidad, idealismo ingenuo, inoperancia.

Internet ha influido muchísimo en la toma de conciencia política de los jóvenes alrededor del mundo. No obstante, puede ser una arma de doble filo. El año pasado, con motivo de las elecciones presidenciales, en Colombia vivimos el fenómeno conocido como la Ola Verde. Miles de jóvens se interesaron súbitamente por la carrera electoral y apoyaron al candidato Antanas Mockus. Por Twitter y Facebook se inició un movimiento de apoyo a Mockus que hacía presagiar buenas cosas. Sin embargo, ahí quedó todo. Lo que en Internet parecía un movimiento imparable, en las urnas demostró ser poco más que la ilusión de unos cuantos. Las iniciativas de cambio, una vez más, se quedaron en casa y no salieron a votar. La toma de conciencia se quedó en dar 'likes' en Facebook y escribir tweets emocionales e , incluso, idólatras. Floreció esa ética relajada y poco comprometida de la que habla Lipovetsky. Todo fue cuestión de activistas de computador portátil.

Túnez, con la acción desesperada de Mohamed Bouazizi que dio comienzo a la Revolución de los Jazmines (bellísimo nombre), y Egipto con las protestas ininterrumpidas en la calle que lograron echar del poder a Mubarak, son muestra de que el cambio se logra con acciones concretas, con unidad y resolución para alcanzar objetivos. Un profesor en la universidad nos decía que en Colombia estaban dadas todas las condiciones objetivas para una revolución (pobreza, desigualdad, corrupción, violencia, etc.) pero no las subjetivas. Y es cierto: los colombianos nos acostumbramos a estar mal. De un tiempo para acá, además, cualquiera que se atreva a señalar las falencias del país es un apátrida, mamerto y amigo de las Farc. Y los jóvenes, o bien se entregan a la apatía, o suelen ver la política como una cuestión de barras bravas, desconociendo que en ellos está la vitalidad y la fuerza necesarias para logra un mejor estado de cosas en Colombia, siempre y cuando se parta de la inteligencia, de informarse, de pensar detenidamente para luego actuar. Sí, puede parecer una consigna trasnochada, un lugar común el de atribuir a los jóvenes, a los estudiantes, la capacidad y la responsabilidad del cambio. Pero los hechos actuales demuestran que sí es la juventud quien tiene la capacidad para lograr ese cambio. La capacidad y la necesidad.

No es cuestión de andar con El Capital debajo del brazo, idolatrar al Che Guevara y caer en maniqueísmos tontos (como los que dicen preferir a un Chávez que a un Uribe). Es cuestión de entender que la política, interesarse por ella, es deber inherente al ciudadano. Que estar en una universidad adquiriendo conocimientos nos impone el deber de estar pendientes de lo que sucede en el país. De lo contrario, sólo estamos siendo adiestrados para salir a trabajar y replicar por siempre la situación actual. Gente informada, educada, que se da cuenta de lo mal que va un país y se hastía de la situación, puede lograr derrumbar lo mal construido para levantar algo nuevo y mejor hecho. Pero eso requiere responsabilidad y acción, y los jóvenes colombianos no parecen estar interesados en eso. Es más fácil seguir pensando en ellos mismos. Y jugando Farmville.

miércoles 9 de febrero de 2011

Hernández Bonnet

Egregio representante de los comentaristas de fútbol colombianos, el señor Javier Hernández Bonnet ya nos tiene acostumbrados a sus salidas en falso, sus chistes flojos, la elaboración exagerada del lenguaje y las estupideces que acostumbra a decir (como aquella vez que dijo que Eslovenia había salido de la antigua Checoslovaquia. Claro, se llamaba Checoslovenia). Hoy, en el partido contra España, botó dos perlas que fueron la tapa de la olla.

Comencemos con la menos grave: en una jugada en la que Cuadrado y Zúñiga no se entendieron y cometieron un error, Hernández afirmó que eso había sucedido a pesar de jugar en el mismo club. Alguien por favor dígale que Zúñiga hace un buen tiempo que está jugando en el Napoli, mientras que Cuadrado sigue en el Udinese. Teniendo en cuenta que es su trabajo, debería saberlo.

La segunda estupidez la dijo en el momento en que Iniesta fue sustituido. Ante el aplauso atronador que recibió el jugador del Barcelona, Hernández Bonnet recalcó que era admirable el hecho de que en el Bernabéu se le estuviera dando tal reconocimiento a un jugador catalán. Eso ya es el colmo de lo vergonzoso y de la ignorancia. Primero que todo, Iniesta no es catalán, es manchego. Jugar en el Barcelona no lo hace catalán: bajo esa lógica, Yepes y Córdoba serían lombardos por jugar en el Milán y el Inter, respectivamente. En segundo lugar, Iniesta estaba jugando con la selección española, que es de toda España, por si no lo sabía el señor Hernández. Selección que, además, es campeona del mundo. Pero no, es increíble que en Madrid lo hayan aplaudido. Ni que hubiera hecho el gol que les dio el campeonato mundial.

Señor Hernández Bonnet: haga el favor de ser profesional e informarse bien antes de comentar un partido. Desafortunadamente aún hay gente que cree que sus comentarios son los de un entendido en la materia.


P.D. Y los chistes con Piqué y Shakira, por Dios...

domingo 6 de febrero de 2011

El edén está en una olleta

Ha causado sensación el video del colombo japonés que, con empalagosa melosería patriótica, alaba a Colombia y sus riquezas, en contraste con Japón, un país pobre, según este personaje. Esas tres rocas en medio del océano que llegaron a ser un imperio.

La gente se emociona al escuchar a este japonés. En mi, el video surte un efecto distinto. Por un lado, este señor no hace más que replicar el lugar común de las inmensas riquezas de Colombia. Riquezas naturales, se entiende. Por tener eso, somos más ricos que Japón. Olvida la gente que la verdadera fuerza de un país es su pueblo, cosa que le sobra al país asiático, pues como dijo Yu Takeuchi, profesor de matemáticas en la Universidad Nacional, un colombiano podrá ser más inteligente que un japonés, pero dos japoneses son más inteligentes que dos colombianos. Japón se levantó de una tragedia como las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki y en cincuenta años ya era una potencia mundial. Pero Colombia es un país más rico que Japón. Uno sale a la calle y se nota, ¿no?

Tantas riquezas naturales no pueden contra la pobreza más grande que tiene nuestro país: nosotros, la gente. Un pueblo donde cada individuo va para su lado y los asuntos públicos importan menos que la sección de farándula del noticiero o si Piqué y Shakira de verdad están juntos. Donde se cree que lo único necesario es tener 'actitud positiva' y no pensar en los problemas para tratar de solucionarlos. Entonces, al pensar en las palabras del japonés sobre nuestras inmensas riquezas, a mí me da rabia, porque teniendo todo eso no hacemos nada. Donde otros quieren llorar de orgullo por las adulaciones del extranjero, yo quiero llorar de cólera por nuestras incapacidades.

El japonés también hace gala del conocimiento de nuestra cultura al hacer eco de los lugares comunes del patriotismo colombiano, esos del buen café que da la tierra de aquí, la comida de la abuela y el buen corazón con que venimos los colombianos de fábrica. La cultura edénica de siempre. Si hacemos caso a eso, entonces resulta que la patria no va más allá del barrio de la infancia, el chocolate preparado por mamá en la olleta, las tajadas de platano que fritaba la abuela y las buenas personas que nos ayudan en la vida. Todo lo demás queda afuera. No son colombianos, no son compatriotas, esos que matan campesinos y juegan fútbol con sus cabezas, los que siembran minas, los que se roban la plata destinada a la construcción de un acueducto o reciben ayuda de los narcotraficantes para ascender en su carrera política. Gente así de mala no puede ser colombiana. Sin embargo, resulta que sí lo son. Y que su forma de ser y pensar está más difundida de los que nos gusta creer.

Basta de sentir orgullo por algo tan azaroso como haber nacido en una porción de tierra aleatoria llamada Colombia. Hagamos algo para construir un país del que de verdad podamos sentirnos orgullosos, porque es resultado de nuestros esfuerzos. Hagamos menos caso a las lisonjas de los extranjeros, esos mismos que luego vienen a llevarse esas riquezas que tanto nos alaban. Recuerden la fábula de El Cuervo y el zorro: no soltemos el queso por cantar de felicidad por las alabanzas interesadas de otros. "Quien oye aduladores, nunca espere otro premio".

Dejemos de emocionarnos con tan poca cosa. Menos 'actitud positiva' vacía y más actitud crítica informada y dispuesta a encontrar los problemas a solucionar. Menos Jorge Duque Linares y más Fernando Vallejo.