viernes 24 de junio de 2011

Uerde que te quiero Uerde

Otro proyecto político más que va a dar a la caneca. El Partido Verde, que en las pasadas elecciones presidenciales despertó tanto furor y esperanzas, ha terminado por plegarse hacia el uribismo, personificado por el Partido de la U. Enrique Peñalosa, candidato de los verdes a la alcaldía de Bogotá, decidió que el mejor camino a seguir para conseguir la victoria era aliarse con los uribistas y aceptar el espaldarazo del expresidente Uribe. Al parecer olvidó la elección pasada y los resultados de ese mismo apoyo.

Ante esa situación, miles de personas se han alejado, desilusionadas, del Partido Verde. Lo que parecía ser un interesante proyecto en contravía de los métodos tradicionales de la política colombiana, terminó siendo más de lo mismo. Gran parte del éxito de los verdes en los comicios del 2010 fue marcar diferencias con la forma de gobernar del periodo pasado. Sin embargo, en aras de alcanzar la alcaldía de Bogotá, no han tenido problema en acercarse a eso que decían rechazar. Eso causó, por un lado, la renuncia de Antanas Mockus, y por otro, el desencanto de muchos de los votantes verdes.

En cuanto a la renuncia de Mockus, hay varias cosas por decir. Se ha hablado mucho de la coherencia encarnada en su acto, pero a pesar de todo el respeto que le tengo a Mockus (voté por él), no estoy tan seguro de ello. Fue profundamente desconcertante cuando, tras meses de silencio luego de la elección de Santos, lo primero que dijo fue que él hubiera cuidado mejor el legado de Uribe. Sin olvidar su reunión con el expresidente durante la campaña. Esas cosas hacen pensar sobre el verdadero nivel de rechazo hacia lo que Uribe representa. Es muy ingenuo negar que Mockus es un hombre que está de acuerdo en muchos planteamientos con Uribe. Sin embargo, la fuerza de su posición nacía de afirmar que los logros de la Seguridad Democrática podían alcanzarse sin las altas dosis de corrupción y desmadre que la caracterizaron. ¿Por qué, entonces, ponerse como un mejor heredero del anterior gobierno de lo que ha sido Santos?

La forma de actuar y pensar de Mockus es una de las más difíciles de entender en la política colombiana. Esa mezcla extraña entre inteligencia, un ego poderoso, ingenuidad política y un temperamento volátil hace de Antanas Mockus una figura casi imposible de clasificar. Por eso es apresurado hablar de una total coherencia en sus acciones y principios.

Lo que nos lleva a otro aspecto de la debacle verde: los votantes. La llamada ola verde, fenómeno político del año pasado. Las preocupantes muestras de mesianismo exhibidas durante la campaña presidencial se exacerbaron con la renuncia de Mockus al partido. El acercamiento emocional a la política ha causado unas manifestaciones de afecto y de incondicionalidad a Mockus que recuerdan la vesania uribista. Es preocupante. Un político siempre debe estar sometido a la evaluación de la ciudadanía, no puede ser un ídolo incuestionable. Y la figura de Mockus tiene muchas aristas y recovecos como para profesarle fidelidad eterna y sin obstáculos. No se puede, porque sí, odiar lo que él odia y amar lo que él ama. Eso encierra un terrible peligro para un sistema democrático.

Se supone que el proyecto del Partido Verde era una construcción colectiva, donde varias opiniones tuvieran cabida, una propuesta construida a partir de consensos y disensos. La fuerza radicaba en ver a tres figuras disímiles como Lucho Garzón, Antanas Mockus y Enrique Peñalosa, tratando de construir algo en común. Los Tres Tenores, se les llamaba, y era tan poderosa la imagen que hasta Peñalosa parecía una figura menos antipática, alguien por quien se podría votar. Sin embargo, todo degeneró en lo de siempre: intereses personales, egos crecidos, oportunismos políticos. Se veía venir: lo otro era demasiado bueno para ser cierto. Como la unidad de la izquierda con el Polo, que también alcanzó a parecer algo con futuro. Ya se vio que no es así.

Ahora los derroteros del Partido Verde parecen ser los mismos que los del Partido de la U, esa U que colaboró con el desastre de Samuel Moreno en Bogotá. Y por buscar los votos uribistas, tal vez a Peñalosa le salga el tiro por la culata. Es incierto el destino de ese engendro, el partido Uerde.

Tan incierto como saber por quién va a votar uno. El blanco parece un buen color en este momento.


jueves 16 de junio de 2011

Spinoza no escuchaba vallenatos

Vamos con una reflexión personal sobre religión. Sí, ese tema tan complicado que hace que la gente deje de hablarle a uno o sienta ingentes deseos de crucificarlo. He aquí un fragmento de un texto de Baruch Spinoza:

"Sorprendiome muchas veces ver hombres que profesan la religión cristiana, religión de amor, de bondad, de paz, de continencia, de buena fe, combatirse mutuamente con tal violencia, y perseguirse con saña tan fiera, que más hacen distinguida su religión por estos que por los otros caracteres antes enumerados. Que a tal extremo han llegado las cosas, que nadie puede distinguir un cristiano y un turco, un judío y un pagano si no es por la forma exterior y el vestido, por saber qué iglesia frecuenta, por conocer su adhesión a tal o cual sentimiento, o por seguir la opinión de tal o cual maestro. Mas en cuanto a la práctica de la vida, no veo entre ellos ninguna diferencia".

Explica muy bien el señor Spinoza el porqué me alejé de la religión hace tiempo: la falta de coherencia. Porque se predica pero no se aplica. Porque los jerarcas de las iglesias se enriquecen y adquieren poder gracias a la fe ciega de la gente. Porque en nombre de Dios se perpetran los peores crimenes y se cometen los actos más violentos y salvajes. Continúa diciendo Spinoza:

"Al indagar la causa de este mal, hallé que principalmente procede de mirar como ventajas materiales las funciones del sacerdocio, las dignidades y los deberes de la Iglesia; y de que el pueblo cree que toda la religión estriba en los honores tributados a sus ministros. Así se han introducido tantos abusos en la Iglesia; así se ha visto a los hombres más ínfimos animados de prodigiosa ambición apoderarse del sacerdocio, trocar en ambición y sórdida avaricia el celo por la propagación de la fe, convertirse el templo en teatro donde no se oye a doctores eclesiásticos sino a oradores que se cuidan muy poco de instruir al pueblo, y mucho de hacerse aplaudir por él, cautivándole con la doctrina común, enseñándole novedades y cosas extraordinarias que sorprenden su admiración. De ahí esas disputas, envidias y odios implacables que el tiempo no puede borrar".

No podría ilustrar con mejores palabras a esos curas y pastores que usan relojes de oro y andan en camionetas de lujo blindadas, mientras muchos de los fieles dejan de comprar lo necesario por diezmar, creyendo que así se multiplicarán sus bienes. Por no hablar de los curas pederastas. Así no hay iglesia en la que yo pueda creer.

Pero, quiéralo o no, en mí quedó un vestigio de la crianza católica: sigo creyendo en Dios. Del mismo Spinoza, nos cuenta Christopher Hitchens, se dice que nunca abandonó del todo la idea de la existencia de un Ser Supremo. Yo tampoco he podido. Sigo siendo cobarde, y la idea de Dios suele ser reconfortante, tranquilizadora. Por eso perdura después de tanto tiempo y a pesar de que todo apunta a que su existencia es poco probable.

De todas formas, hay cosas de la vida diaria que lo hacen volver a uno a contemplar lo que dice la religión sobre el ordenamiento del Universo. Spinoza no tuvo esa ¿ventaja? Tengo unos vecinos que son lo que genéricamente llamamos cristianos, no sé si sean pentecostales, neopentecostales, evangélicos o qué; todos los sábados, desde temprano, ponen música a alto volumen, porque al parecer es la única forma que tienen de escuchar su música. Eso, de por sí, ya es terrible, pero lo verdaderamente horrible es que escuchan, ojo a esto, vallenato cristiano. El mismo disco, una y otra vez. Así es fácil creer en la existencia del Infierno.

Veía hace unos días este video de George Carlin. Uno puede estar o no de acuerdo con lo que dice y con el estilo en el cual lo hace, pero el último mandamiento que postula es, sin duda alguna, uno muy necesario: Guardarás tu religión para ti mismo. Así que, por favor, no traten de convertirlo a uno: es una muestra de tremenda arrogancia creer que se posee la clave de la salvación y considerar que se debe transmitir a los demás, esas pobres almas que no saben lo que hacen. Y, por el amor de Dios, bájenle al volumen.



P.D. El texto de Spinoza lo encontré en una antología de Christopher Hitchens. El libro se llama Dios no existe.

viernes 10 de junio de 2011

El tiempo pasa

Estas últimas semanas estuve acompañando a mi abuela a unas terapias que tenía que hacerse en la rodilla. Y mientras ella hacía los ejercicios de la fisioterapia, yo esperaba afuera con otros acompañantes y con las personas que esperaban su turno para pasar a la consulta.

Como todos sabrán, una sala de espera es siempre un lugar especial para encontrar gente de todo tipo. En este caso, la gran mayoría eran viejos. Y mientras leía una antología poética de Quevedo, me ponía a pensar en cada uno de esos señores y señoras que han vivido tantos años. La vejez es algo en lo que siempre uno piensa. ¿Llegaré a viejo? ¿Valdrá la pena vivir tanto tiempo? Si llego, ¿cómo seré de viejo? Eso pensaba a pesar de que ya soy viejo por dentro.

Pensaba también en el estatus de la vejez en este mundo contemporáneo donde el valor supremo es la juventud, la novedad, la frescura. Lo que a menudo resulta en engendros terribles, como esos señores y señoras de edad que quieren vestirse como jovencitos, estirarse la piel hasta los límites de la Física misma y comportarse como si fueran adolescentes eternos. Por alguna razón, ya muy pocos quieren ser viejos de verdad, resabiados y dignos. Pero de esos vi en la clínica: gente que lleva sus años dignamente, y a pesar de sus achaques, sus piernas débiles y sus manos temblorosas, llegaban a la terapia, con sus bastones y sus chascarrillos sobre cómo lo que quieren los médicos y funcionarios es que ellos se mueran más rápido. Señores de esos que usan corbata todos los días, así sea sólo para sentarse en la puerta de la casa a recibir el sol; señoras de saludo amable y semblante adusto. Todos con una sorprendente entereza para cargar los años que llevan encima.

Debe ser muy difícil llevar tanto tiempo de vida. Aunque la vejez tiene una ventaja, por lo menos para mí: yo sí quiero ser un viejo resabiado, de los que se quejan por la mala atención en las filas y tienen todo el derecho del mundo a criticar lo que está mal, con la autoridad que da la experiencia. No quiero intentar ser joven cuando ya no lo sea, no quiero pasar la barrera de los cuarenta y estar comportándome como Alejandro Villalobos, o pasar de los sesenta y estar gritando y revoloteando en una fiesta al son del ritmo que esté de moda. Creo en la dignidad que dan los años y que hay actitudes que ya no le cuadran a uno a cierta edad. Pero eso soy yo.

Volviendo a la dificultad de ser viejo: eso debe ser complicado, no sólo por las enfermedades y demás, sino por tener que enfrentarse a un mundo de jóvenes que muy a menudo desprecian a los viejos. Lo que es un resultado lógico de esta realidad en donde, como ya se dijo, la juventud es el valor máximo. Sin embargo, cada vez estoy más inclinado a creer lo contrario, como está dicho en esa sentencia, creo que es de Borges, que dice: la juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo.

Debe ser bueno mirar el mundo de manera más sosegada, sin los afanes de los primeros años de juventud y adultez; estar curado de esperanzas vanas y tener claro en qué terminan casi todos los intentos. Debe ser bueno asumir la vida que uno llevó más que pensar en el porvenir. Recordar más que romperse la cabeza por el futuro. Tener más certezas que inquietudes.

Quién sabe si así sea. Habrá que esperar a ver si uno llega a la edad de comprobarlo.

Eso piensa uno en una sala de espera mientras lee a Quevedo y anhela que la abuela le dure muchos años más. Y cuando la lectura, como a menudo lo hace, ilumina e ilustra la realidad y el momento.


Sólo ya el no querer es lo que quiero;
prendas de la alma son las prendas mías;
cobre el puesto la muerte, y el dinero.

A las promesas miro como a espías;
morir al paso de la edad espero:
pues me trujeron, llévenme los días

jueves 2 de junio de 2011

Judas quiere lo suyo

Nuestro ser nacional, trastornado como el que más, asiste ahora a una curiosa paradoja. Una más. Y es que, ante la avalancha de casos de corrupción que han sido destapados en el gobierno de Santos, la gente ha reaccionado de manera particular: aún cuando son casos de corrupción que vienen del gobierno anterior, y de mucho antes, sólo repercuten en la mala imagen del gobierno actual. Es decir, la gente quiere más al gobierno que escondía sus porquerías y al que se las destapaba la prensa, que al que muestra la suciedad él mismo. Aunque el presidente Santos haya sido parte del gobierno Uribe, no deja de ser curioso lo que sucede.

Se pueden aventurar explicaciones. Tal vez la corta memoria del colombiano influya, y ante la inmediatez de la noticia, es más fácil culpar a los que gobiernan actualmente. Pero es más probable que sea una nueva muestra de los remanentes de esa locura colectiva que aquejó al país los pasados ocho años: el uribismo. Esa enfermedad mental que ve en Uribe un hombre santo, incapaz de las indignidades de las que lo acusa esa gente que no puede ser nada más que guerrilleros. Gracias a su lucha frontal contra la guerrilla, los uribistas le perdonan absolutamente todo a Uribe. Incluso la empresa de saqueo y corrupción estatal que se instaló con su gobierno. La gente inocente que asesinó el Ejército. Las mentiras y los engaños. Total, todo fue por el bien de la Patria (así, con mayúscula).

Debido a eso, en Santos no ven más que a un traidor. Un Judas, en obvia asociación con las cualidades mesiánicas que ven en el expresidente. No soportan que Santos se haya deslindado del uribismo en sus facetas más ultraderechistas (porque de resto es la misma vaina). Lo creen guerrillero por no vociferar todos los días contra las Farc y contra Chávez, por proponer la Ley de Víctimas (por demás justa y necesaria), por conciliar con las cortes, por atreverse siquiera a hablar de paz. Es un guerrillero estrato seis, que estuvo agazapado en la Seguridad Democrática todo este tiempo. Cómo no.

Poco crédito le dan a un zorro de la política como Santos. Fueron tan ingenuos de votar por él creyendo que se iba a quedar a la sombra de Uribe. Y no: el tipo quiere entrar en la historia de este país por sus propios méritos. Por eso siempre ha sido un hombre de principios intercambiables, que se arrima al árbol que mejor sombra da. Y ahora que logró ser presidente, no creo que vaya a dejar que los fieles de un mesías infame se interpongan en el camino de su consagración política. La ola invernal, por otro lado, puede estarle arruinando el baile.

Mientras tanto, Uribe seguirá azuzando a sus fieles desde donde pueda. Claro que ahora que no tiene a los canales de televisión, las emisoras y los periódicos rindiéndole pleitesía, los atrios para gritar se le agotan. Tanto, que ahora debe supurar su odio y sus ideas desde un teléfono móvil. Pero a este zorro tampoco hay que subestimarlo. Él y sus esbirros tienen formas de moverse e incidir en la política y la opinión. Las víboras reptan en silencio y uno suele notarlas cuando ya han mordido.