martes 30 de agosto de 2011

Furia

Las escenas se repiten con pasmosa frecuencia: una cuadrilla de taxistas acabando a golpes con un ladrón (o con un pasajero que no se quiso dejar robar del conductor); la gente de un barrio linchando a un ratero o a un supuesto violador. La justicia por mano propia, ejecutada con velocidad y violencia, con saña y deseos de vindicar a la sociedad y de acabar con los elementos que la corrompen. O se supone que esa es su intención. La ley de la selva tiene gran acogida.

Se nos volvió costumbre presenciar este tipo de cosas. Ante la inoperancia de las autoridades, la gente se siente desprotegida y reacciona. No creen que la policía pueda agarrar al ladrón ni que un juez vaya a juzgarlo apropiadamente, así que se vuelcan al linchamiento como forma de castigar al delincuente. Eso, por supuesto, no tiene que ver nada más con la ineptitud de las autoridades, tiene que ver también con el salvaje que llevamos adentro.

Porque lo peor de todo esto es que, demasiado a menudo, nos encontramos justificando este tipo de comportamientos. Y es entonces cuando uno se da cuenta de que el odio que infecta a toda la sociedad se le ha ido metiendo a uno de a poco, imperceptiblemente. Cohonestamos las acciones de violentos que se convierten a sí mismos en vengadores, en investigador, juez y verdugo. Nada de pruebas del crimen, nada de averiguar o preguntar. Una palabra de un niño, un grito de una vecina, son suficiente prueba para eliminar a alguien. En días recientes vimos como un hombre estuvo a punto de ser linchado solo porque también era negro, como el criminal al que estaba buscando la turba enfurecida. Tal es la locura rabiosa que nos inunda.

Una sola persona no puede responder por toda la sociedad, pero cada quien puede dar cuenta de sí mismo. Sólo queda que cada uno se pregunte si de verdad quiere ser parte de la turba iracunda y linchadora o si quiere otra cosa. Colombia es pasión, sí; insania también. Pero tal vez, tal vez, podamos ser algo mejor.


miércoles 17 de agosto de 2011

Demente

En alguna parte leí, o escuché, que el vestido y la corbata son el uniforme del capitalismo. Eso expresado, por supuesto, en un sentido peyorativo. Puede que así sea, que esa forma de vestir represente un sistema que a veces se muestra tan opresivo como un nudo de corbata demasiado apretado. Porque la corbata es, sin lugar a duda, una de las prendas más horribles jamás inventadas.

Sin embargo, hay días en que uno cree que estaría bien usar corbata a menudo. Andar formal todo el tiempo, ser un hombre con habilidad para los negocios, pensar constantemente en el dinero (desde la abundancia, no desde la escasez. Hay encorbatados vaciados, claro, pero bueno). Pasársela en reuniones, conocer más encorbatados buenos para hacer plata y mujeres que sin corbata también hacen plata en un abrir y cerrar de ojos. Mejor dicho: entrar en la lógica que te pide el mundo. ¿Cómo triunfar sin corbata y sin oficina?

Luego recupero la razón y recuerdo que detesto profundamente las corbatas, que si me tocara usar una todos los días, moriría un poco por dentro cada jornada. Con todo y que las mujeres suelen decir que uno se ve bien en vestido y corbata. Supongo que ese aspecto tiene su encanto.

Y si no que lo diga Don Draper.

Esas son las sandeces que se le ocurren a uno por estar viendo Mad Men.

viernes 5 de agosto de 2011

La señora que vende Bonice

A la tienda llega una señora con un uniforme azul y amarillo. Ve el mundo a través de unas gafas con gruesos lentes, que me hacen pensar en mis propias gafas y si algún día llegarán a ser tan gruesas. Deja en frente de la entrada el carrito cilíndrico con el que trabaja. Se ve cansada. El cabello entrecano y las facciones revelan una vida de ya bastantes años. Es una vendedora de Bonice.

Mientras le doy un sorbo a la cerveza, veo como entra la señora y pide una Pony Malta y un pedazo de torta. Sus movimientos son lentos, la voz suave, cordial. La baja estatura la hace ver aún más frágil. Junto con mi papá y yo, en la tienda hay dos viejos que están bebiendo mientras desarrollan la improbable actividad de comentar una telenovela. Sólo queda una silla libre y mi papá se la alcanza a la señora. Ella agradece con genuina humildad y se sienta a comer.

Con parsimonia da cuenta de su comida. Mientras hablo con mi papá, la miro de vez en cuando. Tiene una mirada triste y agotada. Me hace pensar en la vida, que a veces no parece otra cosa que una larga derrota, sobre todo desde que el único éxito que la sociedad estima es el éxito económico. Sigo con mi cerveza y la charla. De pronto, caemos en la cuenta de que la vendedora se ha quedado dormida, sentada y ligeramente recostada sobre la barra de madera pegada a la pared. El sueño la venció donde a otros los vence la cantidad de alcohol en la sangre.

Todos la miramos. Es una imagen curiosa. Incluso tierna. Debe estar cansadísima de recorrer calles y carreras bajo el sol y la lluvia, esperando que alguien quiera un Bonice para apaciguar la sed. Justo ahora comienza a llover. La siesta la ha salvado de mojarse una vez más, como tantos otros días. Con mi papá pensamos que la Pony Malta y la torta tal vez fueron su almuerzo. A todos nos da sueño después del almuerzo.

Hemos tenido el carrito del Bonice muy bien vigilado. Luego de unos veinte minutos, la señora despierta, mira si su carrito todavía se encuentra donde lo dejó, se sacude la ropa para eliminar las boronas que pudieran haberle quedado sobre la ropa, se pone de pie y se dispone a irse. Antes de marcharse, agradece a la tendera. En el fondo, creo que no agradece solo por lo que comió, sino por haber podido descansar un poco sobre esa silla, por demás incómoda.

Se va por la calle, arrastrando ese carrito al que le exprime su sustento. Tal vez sea una mujer feliz, con una vida plena, sin privaciones. Pero hoy no lo parecía; hoy se veía triste, melancólica y, sobre todo, resignada. Uno no es lo que quiere sino lo que puede ser, diría la canción.

En la caneca quedó la botella plástica de Pony Malta. Será la bebida de campeones, pero los derrotados también suelen beberla.