jueves 29 de septiembre de 2011

Polvo en los anaqueles

- ¿Para qué leer tanto, para qué todos esos libros? ¿No es lo mismo? -preguntó.

- ¿Para qué tirar tanto, para qué todas esas mujeres? ¿No es siempre lo mismo? -le respondió.

- Claro que no.

- Bueno, con los libros también es siempre diferente. Como los polvos, hay libros buenos, malos, mediocres y excelentes. Hay libros que, como el buen sexo, lo llevan a uno a lugares insospechados, le producen sensaciones tan placenteras que son difíciles de explicar. Hay otros que, por malos, uno quiere que se acaben rápido, porque no despiertan nada, son mecánicos y sin sentido. Están los mediocres, esos que siempre dan la impresión de poder haber sido mejores. Y están los que van más allá: los libros excelentes, que lo hacen a uno desear que no se terminen, que el éxtasis dure para siempre; un éxtasis capaz de revolverle a uno las tripas, de hacerlo ver la gloria, de hacer sentir que se está en contacto con algo trascendente, tal vez eterno y posiblemente insuperable. No, amigo mío, no todos los libros son iguales y hay lecturas que lo cambian todo.

Sin mencionar que hay libros que a la Iglesia no le gustan y los prohíbe. Como el sexo fuera del matrimonio.

lunes 26 de septiembre de 2011

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En un acto de trascendencia histórica, Palestina ha decidido pedirle a las Naciones Unidas que la reconozca como Estado, con todo lo que eso implica. Así, Palestina da un paso enorme en el camino a lograr su libertad y soberanía.

Sin embargo, Estados Unidos vetará esa proposición. Alineados con Israel, aducen que la creación del Estado palestino debe resultar de las negociaciones directas entre israelíes y palestinos. Como si ese hubiera sido el camino que se siguió cuando se creó el Estado de Israel. Hipocresía y descaro propios de los que saben que tienen la sartén por el mango y poco o nada les importa ser unos desgraciados (sólo basta ver el asunto de los asentamientos judíos en Cisjordania para no dudar en tildarlos de esa manera). Apoyados, además, por las naciones lacayas de siempre, como es el caso de Colombia, que llegó al Consejo de seguridad de la ONU en el momento exacto para pasar a la historia como un país ruin e indigno. De todas formas, Palestina sienta un precedente y de ahora en adelante las cosas pueden cambiar mucho.

En este conflicto tan largo son muchas las culpas y los errores de ambos lados. Pero a los palestinos no se les puede negar el derecho que ya se dio a los israelíes. Así se corregirá en algo la desigualdad con la que deben negociar los palestinos frente a un Israel poderoso y respaldado por potencias mundiales. La idea de la declaratoria de Estado para Palestina, además, le desagrada a Hamas, el grupo radical que controla la Franja de Gaza y que torpedea constantemente las iniciativas de paz en Medio Oriente, pues no reconoce el derecho de Israel a existir, lo cual es una estupidez. Eso, que a los radicales no les guste esa idea, ya la hace digna de apoyo. Palestina merece ser un Estado, al igual que Israel.

Son los radicales, tanto palestinos como israelíes, los que no quieren un Estado palestino; los unos porque quieren mantener su posición de poder, y los otros porque eso le quitaría la pobre justificación a su lucha violenta y sin sentido. Desafortunadamente, son los locos radicales quienes más hacen oír su voz. Tanto en la comunidad judía como en la palestina hay gente que reconoce el derecho de los otros a existir y vivir en esa tierra, pero sus voces se apagan entre el ruido de los idiotas que sólo creen en subyugar al otro. En estos días experimenté una gran alegría al leer la opinión de un judío colombiano que reconocía el derecho de Palestina a existir. De igual forma, sentí la indignación por gente que apoya a Israel, a veces sin ser judía siquiera, tildando de circo el discurso de Abbas y apoyando al radicalismo israelí. Qué fácil es ser radical y burlón cuando las bombas no estallan al lado de la casa.

La locura radical campea y manda la parada. Las opiniones moderadas y sensatas de Israel no trascienden porque la política de ese país, desafortunadamente, ha estado por mucho tiempo en manos de halcones como Netanyahu y Lieberman, o Sharon, que tendrá que responderle a su Dios por los muertos de Sabra y Chatila. Israel se ha empeñado en oprimir y discriminar a los palestinos, en negarles el derecho a vivir en paz en su propia tierra. A eliminarlos. La historia, que siempre encuentra solaz en la ironía y la paradoja, ve cómo hoy en Israel perduran ideas y posturas que antes se enarbolaron en la Alemania Nazi. Por increíble que parezca.

Un Estado palestino dejaría sin piso a Hamas, dignificaría aún más al pueblo palestino y pondría a Israel en una posición difícil para mantener el desdén hacia los palestinos y sus derechos. Es hora para un proceso de paz serio, sin la intervención de los orates de la ultraderecha israelí y de Hamas y otras facciones radicales. Estados Unidos vetará esa posibilidad, pero Palestina ha demostrado una dignidad que ojalá la lleve a concretar la paz y alcanzar su derecho a existir como Estado.

martes 13 de septiembre de 2011

Panadero

El domingo se cumplieron diez años del atentado contra las Torres Gemelas y el Pentágono. Un día que seguro la mayoría recordamos, pues se transmitió en vivo por televisión; todos quedamos boquiabiertos al ver una y otra vez esas imágenes surreales del avión estrellándose contra la torre. Un día que, como se ha repetido incansablemente, cambió al mundo. Pero no tanto.

Mientras todo el mundo se preparaba para la conmemoración, el sábado, un panadero de mi barrio mató a un tipo. Le metió como cinco tiros; algunos dicen que más. En estos casos no se sabe a ciencia cierta, porque cada persona dice algo distinto. El muerto, dicen, era un drogadicto y solía hacer destrozos en la panadería, como tirar las bandejas al piso y escupir el pan. Sin embargo, sobre la situación concreta del sábado, hay poca información. Ni idea por qué el panadero decidió acribillarlo. El que menos parece termina siendo el más orate.

En El Tiempo del domingo salió un texto de Fernando Savater reflexionando sobre lo sucedido el once de septiembre de 2001. Allí habla de cómo esos atentados demostraron que hasta el país más poderoso del mundo está a merced de la locura y la violencia; que todos estamos a la intemperie. No hay refugio totalmente seguro.

Ayer, cuando mi tío contó sobre el episodio homicida del panadero al cual le comprábamos el mejor pan francés del barrio y las gloriosas mogollas chicharronas, pensé en el texto de Savater, en los atentados, en la vesania de este planeta. Pensé en cómo, apenas a unas cuadras de la casa, hay asesinos potenciales. Ni en el entorno más cercano estamos seguros. No hay santuarios, no hay lugares verdaderamente seguros. Uno confía en las paredes de su casa y en las chapas de la puerta, pero quién sabe. Tal vez encomendarse a Dios. Aunque, pensándolo bien, no se sabe si sea eficaz: al fin y al cabo, los de los avionazos actuaron en nombre de Dios.

martes 6 de septiembre de 2011

Colombiana

No, el título no se refiera a la gaseosa, la del "dulce sabor de la patria", como dice en algún pasaje de Sin remedio. Y que es horrible, como eso de andar mencionando la patria en todo momento y creyendo que no hay nada más importante que eso.

El título se refiere a una película que está por estrenarse. Una de esas que hace al patrioterismo colombiano hervir de indignación porque, supuestamente, deja mal parado al país en el exterior. Qué dirá la gente, esos rubios de ojos claros de las 'estranjas'. Dirán que aquí somos violentos y desorganizados y corruptos. Ni que lincháramos gente en el metro de Medellín. Uich.

La trama, a grandes rasgos, habla de una niña que ve cómo sus padres son asesinados por narcotraficantes. Al crecer, emprende la venganza contra los asesinos, no sé si con resultados sexuales (imagino que sí). Eso es la película. Seguramente es un huesazo de proporciones paleontológicas, pero bueno, eso no es lo que ofende a la guardia pretoriana de la patria. El título de la película, dicen, establece un estereotipo negativo del país al asociar nuestra nacionalidad con un personaje violento. Les molesta enormemente que se llame Colombiana. Qué horror, qué mentira más grande, una colombiana nunca ha sido asesina; nunca una niña de este país ha visto a sus padres ser asesinados por narcos y mucho menos ha querido vengarse. Aquí le hacen una cesárea a una mujer en un potrero para robarle a su hijo, cambian la bienestarina por Frutiño, se roban billones de pesos de las obras, secuestran y demás marranadas, pero nunca ha habido una asesina. Eso jamás, es una mentira grande como una catedral llena de curas pederastas. Que no hay en Colombia, por supuesto.

Están ofendidos los patrioteros porque la sicaria sea colombiana. Y eso que el personaje se llama Cataleya, que viene de Cattleya Trianae, nombre científico de la orquídea colombiana. Es hasta poética y patriótica la vaina. Si por lo menos fuera una reina de belleza, no habría problema. Pero es asesina, y eso es inadmisible. Nunca en su historia los colombianos se han matado unos a otros. Mentiras hollywoodenses.

Me pregunto si habrá en el mundo otro país tan acomplejado como Colombia. Porque un país tiene que tener un complejo muy grande para sentirse insultado por una película tan irrelevante. Y por una caricatura, y por un personaje de Sofía Vergara, y por otras tantas películas gringas. Es una paranoia nacional: cualquier cosa que muestre un aspecto negativo del país no debería existir. Como si esto fuera un paraíso sin asesinos, corruptos, etc. En las mentes ínfimas de los patrioteros, si esas cosas no salen en películas, dejan de existir. O, por lo menos, afuera no se enteran: la ropa sucia se lava en casa. Esos aspectos negativos, difundidos por el cine, pueden afectar el turismo hacia esta tierra. Qué dirá la visita. Yo diría que al turismo lo afecta más el hecho de que a un extranjero lo roben y lo maten cada dos por tres en alguna ciudad o pueblo colombiano. Pero qué se yo, no soy patriotero.

Hagan el favor los señores de Hollywood de mostrar cosas bonitas; las únicas posibles en esta tierra bendecida y cuya historia no da para que le hagan películas de sicarios. Aquí nacieron tipos como Jorge Reynolds y Rodolfo Llinás. El problema es que por cada uno de esos, este país da a luz de veinte a cincuenta Mancusos, Carlos Castaño y Monos Jojoy. Pero que nadie se entere.

domingo 4 de septiembre de 2011

El fuego de las entrañas

Para Isabel.

Afuera hay un mundo que es opresivo y asfixia, es duro y despiadado, donde los autómatas medran en oficinas grises y la gente con imaginación suele marchitarse, a veces sin remedio. Entre las paredes de edificios desangelados crecen las envidias de los enanos de espíritu, mientras que a los capaces de imaginar les cierran las puertas o se las trancan para que sean más difíciles de abrir. El mundo, allá afuera, parece estar diseñado para seres limitados que no ven la longitud del camino, sino la piedra que puede hacer tropezar a quien viene detrás.

A ese mundo de pequeños entes mezquinos se le puede contraponer el mundo interior, que puede engrandecerse sin límites, donde las luces pueden brillar con toda su fuerza y la cacofonía del exterior puede silenciarse. Un mundo que puede nutrirse y cuidarse, construirse y reconstruirse. Sin importar los gritos desaforados de la mediocridad exterior, ese mundo atesorado en el interior puede ser el refugio perfecto, una fortaleza levantada con el tesón de un espíritu que busca defenderse de la podredumbre. Mientras afuera todo se destroza y triunfa la mezquindad, adentro puede levantarse un palacio majestuoso, ajeno a los intrusos destructores, a los disociadores ebrios con sus propias carencias. Y desde las torres de ese palacio puede verse a lo lejos, mucho más allá de lo que lograrán ver los que intentan derrumbarlo.

Esos seres odian los mundos interiores porque allí nacen las ideas portentosas, allí reside la imaginación capaz de transformarlo todo. Esos mundos, además, están rodeados de espejos donde pueden ver su propia mediocridad y eso no les gusta para nada. Por eso quieren quebrarlos, minar sus bases y eliminar todo lo que hay en ellos. Sólo quien ha construido esa fortaleza puede impedírselos, pelear contra ellos con ese fuego único que yace en las entrañas.

Esa fortaleza hecha de versos, de imágenes, de párrafos magistrales, de canciones, de imaginación, de ganas de hacer nuevas y mejores cosas y de dirigirse al horizonte, no es fácil de derrumbar, siempre y cuando su arquitecto crea en lo que ha construido. Es sólo su decisión dejar que todo se venga abajo o, por el contario, engrandecer su obra.

Ella, la arquitecta, sabe que tiene la fuerza para no caer en este momento.