jueves 29 de diciembre de 2011

¡Calcio!, la novela histórica, el fútbol.

La novela es una de las formas más entretenidas de acercarse a temas y hechos históricos. Por lo menos para mí: habrá puristas que condenan tal uso de la historia. En mi opinión, las novelas históricas iluminan ciertos episodios y períodos. Siempre hay que recordar que es una novela, claro está, pero la literatura es una herramienta que ayuda a adentrarse en los hechos históricos. Además, un historiador no es nada sin imaginación.

El colofón de Donde no te conozcan, la bellísima novela de Enrique Serrano, inicia así: "Hay una brecha que las palabras no penetran, un halo que no atrapan, pero el intento denodado por dar cuenta de lo que se ha ido es siempre un logro y una conquista. Bucear en el pasado como en las profundidades del océano no deja de proveer algunas perlas, por escasas o magras que parezcan. Y el brillo que de ellas se desprenda dará luz a los que vivimos hoy y a los que vivirán mañana. Es misión de la literatura retratar con mano justa, traer al presente y hacer nítido lo que estaba helado detrás de las ecombreras del tiempo. Puesto que la historia del mundo es la historia nuestra y el dolor que dejara transidos a los espíritus de otrora es el mismo espanto que nos conmueve y nos conduele hoy, sus ecos perdurarán traspasando los siglos como lamento proferido desde el nacimiento del mundo". Y así termina: "... y de tal dolor y tal silencio escasamente quedan huellas difíciles de rastrear, como no sea con la ayuda de crónicas y códices empolvados y vetustos, y no pocas veces del agudo encanto de la fantasía y la imaginación. En consecuencia, valgan estas páginas".

Así es: la literatura puede arrojar luz sobre las zonas oscuras del pasado. Revivirlas. Recrearlas. Eso hace ¡Calcio!, la novela de Juan Esteban Constaín sobre el posible origen del fútbol; sobre el fútbol mismo, sobre la academia y sus derroteros, sobre la historia humana que a veces encuentra su escenario en un campo de juego. Una novela histórica que cumple con esa misión de dar color a episodios refundidos en las partes grises de la historia. Un divertimento de la más alta seriedad. Un ejemplo de cómo la literatura, la novela, es una forma de conocimiento particular (y necesaria), como ya lo dijo Sabato. Una muy buena novela, ganadora incluso del premio Espartaco a la mejor novela histórica del 2010 (hay quien descree de los premios. Yo digo que no siempre son un disparate).

Pero más allá de la calidad literaria, de la forma estupenda en que lo transporta a uno a la Florencia de 1530, a esa Italia renacentista siempre evocadora (recordé otra novela magnífica: Los Borgia, de Mario Puzo), está el tema del fútbol. El mejor deporte inventado por el hombre. El más popular, el más difundido. Ese que, por desgracia, ha sido secuestrado por pandilleros de tribuna, pero al que no le faltan hinchas de verdad, de los que aprecian el juego y son capaces de respetar al rival, no como esa horda salvaje que considera se debe apuñalar a cualquiera que porte una camiseta del otro equipo.

El fútbol, lo más importante de las cosas menos importantes, como dijo alguna vez Jorge Valdano. Esa pasión que a unos nos enloquece y nos llena la vida y a otros los saca de casillas. Eso es normal: no a todo el mundo puede ni tiene que gustarle el fútbol. Eso sí, no comprendo por qué quienes detestan el fútbol suelen descalificarlo como un deporte sólo apto para trogloditas, para retrasados mentales y brutos. En pocas palabras, califican a todo aficionado al fútbol como un estúpido. Y eso es una tontería. Una pequeña revisión mostrará cuántas mentes brillantes han amado el fútbol y han reflexionado sobre él. Dudo seriamente que Albert Camus fuera un idiota, por ejemplo; el mismo Valdano, Eduardo Galeano, Juan Villoro, Osvaldo Soriano, Roberto Fontanarrosa. ¿Debemos creerles la superioridad moral a quienes nos dicen bárbaros e idiotas por ver fútbol? No. El fútbol ha sido la raíz de hermosas reflexiones, de frases lapidarias que aun resuenan en el tiempo, de alegrías indescriptibles y tristezas profundas. De humanidad, en resumidas cuentas. Y quien lo ve y lo ama, sabe que hay ocasiones en las cuales sobre una grama se ve algo que no es nada distinto al arte; sabe también que en una cancha cabe la épica, que los héroes a veces usan guayos y que lo sublime puede contenerse en el movimiento de un balón.

Dinámica de lo impensado, cuestión más allá de la vida o la muerte, guerra en calzoncillos: todo eso, y más, es el fútbol. Por eso es gratificante encontrar una novela como ¡Calcio!, que lo aborde con ingenio, humor, cuidado, respeto. Constaín mismo es aficionado al fútbol y nos demuestra, una vez más, que este deporte puede ser abordado por el intelecto, por el arte, por la manía de contar historias. El fúbol es materia de la historia y de la literatura. Sin duda alguna.

"Quizás, desde sus remotos orígenes en una noche, la civilización no fuera otra cosa que el intento de los hombres por dominar a la pelota. Quizás por eso se inventó la rueda: para no dejarla caer de los pies; para hacer goles, no pirámides".

domingo 25 de diciembre de 2011

Correr

No hay nada nuevo en decir que la vida no es una carrera de cien metros planos sino una maratón. No se trata de un tramo corto para recorrerlo a toda velocidad, sino de una carrera larga de resistencia y dosificación de las fuerzas. Hay que tener arrestos para llegar al final.

Unos la corren demasiado rápido, otros muy despacio. Todos quieren llegar en primer lugar. ¿Será que ese sí es el objetivo? ¿No será, más bien, que cada uno debe respetar los tiempos que su propia vida le pone? Sin embargo, el uno siempre quiere correr como ve correr al otro, al de al lado, al vecino que enfrenta su carrera como puede. Pero no todos somos corredores de velocidad. Algunos somos maratonistas. O ya estamos sin aire antes de salir a correr.

No todos queremos llegar primero. Al fin y al cabo, como dijo el arriero, lo importante es saber llegar.

sábado 17 de diciembre de 2011

Colombia II

Por razones de trabajo tuve que ir a uno de los puntos de encuentro de la marcha del seis de diciembre. Al principio había poca gente y el clima no parecía estar del lado de quienes iban a marchar. Luego fue apareciendo más gente. Camisetas blancas, banderas, manillas, botones. Vendedores de todas las anteriores. Pancartas, fotografías. Medios de comunicación. Todos los ingredientes.

Cuando hubo un buen grupo de gente y cerraron la carrera Séptima, empezaron a escucharse arengas y gritos. Desde una tarima, una mujer hablaba sobre los secuestrados, sobre la logística de la marcha, sobre los deseos de paz de los colombianos. Más personas se concentraban en ese punto. Nunca llegó a ser una gran multitud, pero tampoco eran muy pocos. La lluvia pudo haber sido la razón. La apatía. Ver que un gobierno usa la indignación para auparse en las encuestas. Quién sabe.

Puse mucha atención a lo que la gente decía y gritaba. Y me asusté. Lo hice porque una marcha que, supuestamente, era para rechazar la violencia y esta barbarie permanente en la que vivimos los colombianos, se iba transformando en una manifestación para que la gente expresara su odio, no sólo contra las Farc (cosa normal), sino contra quienes creen son sus ayudantes y simpatizantes: supuestamente la justicia, el periodismo, Iván Cepeda. Medio país, según ellos. A los gritos de "¡No más Farc!, ¡no más Farc!" los semblantes se iban transformando. Ira, ojos inyectados de sangre. En un momento, la mujer de la tarima trató de calmar los ánimos y decirle a la gente que no estaban manifestando sólo contra las Farc sino contra todos los violentos de este país. Entonces, una señora que estaba a mi lado volteó a mirar hacia la tarima; furiosa, vociferó que ella gritaba lo que se le diera la gana. Su mirada contenía tanta ira que parecía imposible de lograr. Una imagen terrible.

Y entonces me di cuenta de que, hasta para pedir la paz, los colombianos somos violentos. Entendí por qué nuestra guerra no se acaba, por qué nos matamos unos a otros por cualquier tontería. Una manifestación para exigir la paz, el cese de la guerra y sus atrocidades, estaba teñida de la misma ira que alimenta a todos los bandos armados de este conflicto. La población confunde determinación y firmeza con furia, sed de sangre y venganza.

Si los buenos, que se supone somos más, nos comportamos así, ¿qué se puede esperar de los salvajes que ejecutan secuestrados, descuartizan campesinos y trafican droga?