jueves, 14 de marzo de 2013

Hogar

El programa del gobierno Santos para entregar cien mil viviendas gratuitas a familias pobres va a toda marcha. Dicen. Seguramente así es, porque será de las únicas cosas que lo ayuden a reelegirse. O a que Vargas Lleras pueda ser una opción, pues para eso lo pusieron de ministro de Vivienda: para ser la cara visible del programa y que algún día pueda ser presidente, como su abuelito.

En televisión están transmitiendo publicidad sobre la entrega de esas casas. Hay que mostrar que la prosperidad sí es para todos. Aparecen en la propaganda personas a las que les han dado casas. Niños, mujeres, hombres emocionados por tener al fin un techo que el viento o el agua no se llevarán con tanta facilidad. Un hombre rompe a llorar cuando su esposa le dice que les aprobaron la casa. Suena una canción con una de esas letras hechas para llamar a la esperanza y muestran gente a quien pusieron a hacer un gesto idiota, uniendo las puntas de los dedos para formar un triángulo con las manos: un techo a dos aguas; una casa.

Pero volvamos con el hombre que llora. Su emoción parece genuina. Podemos identificarnos con él. Tener un hogar es un anhelo de casi todos nosotros. 

Ves la cara del hombre que se transforma para llorar de alegría. Y recuerdas.

Recuerdas el apartamento que tus papás comenzaron a pagar con esfuerzo y ahorro y cesantías retiradas. Ese apartamento que fue tu hogar durante años, desde los seis hasta los diecisiete. Recuerdas el primer baño en la ducha nueva y la caída con la que la inauguraste, pues el primer paso adentro resultó un resbalón. La pintura de las paredes, armar el árbol de Navidad diciembre tras diciembre, la alfombra que tu abuelo materno puso en la sala con un pegante que casi te hace alucinar con el olor. Los afiches en las paredes y el reloj de un Bugs Bunny que por alguna razón terminó siendo hincha de Nacional. Las comidas en la mesa redonda de cuatro puestos y las arepas sublimes que prepara tu mamá. Tu hermano menor asustado a la madruga pidiéndote un espacio en la cama para dormir contigo. La escalera de la entrada del edificio, habitada por nubes de zancudos, y la diversión de salir con la aspiradora a hacerlos desaparecer. El duende que escondía las llaves y los carnets. Los uniformes del colegio en el tendedero y la labor de colgar la ropa interior en las cuerdas más altas, que se volvió tuya cuando, contra todas las expectativas genéticas de la familia, superaste los ciento setenta centímetros de estatura. La primera vez que la fuerza te dio para cambiar el cilindro del gas. Los primeros libros atesorados cuando cometiste la estupidez de enamorarte de ellos, y además pensabas en escribirlos algún día. Las tareas hechas el domingo en la tarde sobre la cama, pendiente del partido de fútbol en la televisión. El cable telefónico desde la sala hasta el cuarto para conectarse a internet, los ruidos cibernéticos que daban paso a la conexión. Las primeras salidas y las vueltas mascando chicle, no sea que se fuera a notar el tufo. Los turnos para lavar la loza. El Play Station, el computador y las innumerables horas invertidas en ellos. Las vacaciones de sueño en el día y juego en la noche. La tortura de levantarse los sábados a hacer aseo a las ocho de la mañana. Las telenovelas de tu mamá, porque solo había un televisor al principio. Tu papá llegando los viernes en la noche con hamburguesas y papas y malteadas. La paloma torpe que alguna vez se estrelló contra el ventanal de la sala. La ruta del colegio. Dejar de pagar la ruta porque ya estábamos grandes y nos podíamos ir a pie. Los amigos que se quedaban a dormir. Las fiestas familiares, de vez en cuando épicas, de tres días y remate con asado. Crecer. La vida en el espacio más familiar de todo tu mundo.

Pero recuerdas, también, cuando todo se empezó a ir al demonio. 1999. La crisis económica de este país que siempre está así, pero de vez en cuando se nota más. Las cuentas apilándose. Los servicios cortados. Una tarea hecha contrarreloj porque se iba la luz natural. Los esfuerzos por superar la situación. La refinanciación. El trabajo, el restaurante, las esperanzas de lograrlo. El fracaso.Y la impotencia, y la fe, y el flaqueo de la fe. Y la gente del banco que ha decidido quitarte tu casa.

Por eso es fácil identificarte con el hombre que llora en televisión. Sabes de la felicidad de tener tu hogar, pero también de la agonía de perderlo.

Y piensas en todas esas historias parecidas, y en los políticos nacidos sin esas preocupaciones, en su dinero viejo y sus apellidos que asoman la cabeza varias veces en la historia de Colombia; en cómo hacen parecer un regalo lo que es su deber; en la paradoja de que sus ansias de poder resulten en algo tan bueno como darle a familias pobres un lugar para vivir. Y, sobre todo, piensas en la ventaja que tienen de que los jodidos sean más y que las casas para los pobres se conviertan en votos.

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