lunes, 1 de abril de 2013

Dios

La Semana Santa también nos sirve a los medio descreídos.  En unos cuantos días entiende uno algunas cosas sobre la divinidad. Solo se necesita un circo, un viaje, despertar en las mañanas y ver un rostro para comprender. Porque al verla llorar de alegría frente al espectáculo del arte puro, del color, la habilidad y la precisión, sabes que nadie como ella puede entender lo que pasa adentro de ti, tus éxtasis y angustias, tu forma de entender el mundo. Sabes que podrías conversar con ella hasta el fin de los días. Su sonrisa te hace feliz y te calma, pero sus lágrimas te entristecen y desarman la realidad. Tenerla entre los brazos da una sensación de calidez y tranquilidad indescriptible. Compartir varios días te hace olvidar las tristezas cotidianas, esas que van y vuelven y diluyen la paciencia. Incluso acompañarla a la iglesia se siente bien.

Entiendes que es bueno amar a una mujer y que ella te ame. Es bueno tener a una mujer que rece por ti. Que sea capaz de atraparte en la caída libre por el desbarrancadero.

Dios está en el amor y está en el arte, no es una estatua llagada metida en un cofre de vidrio.

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