lunes, 22 de julio de 2013

Aquí se pedalea con el alma

Un hombre pequeño y delgado atraviesa sobre su bicicleta una meta en una montaña europea y al otro lado del océano hay gente que grita y llora de alegría. Es un veinte de julio, el día que la historiografía y la política de un país con la vista demasiado fija en su centro han dado en llamar el de la independencia. En Francia, Nairo Quintana, un joven boyacense de pocas palabras y sonrisa franca, nos recuerda que a veces es posible derrotar a la adversidad y que tal vez sí hay algo para celebrar.

Ese día Nairo ganó la etapa del Tour de Francia entre Annecy y Semnoz. El recorrido terminaba en una montaña capaz de quitarle el aliento al más fuerte de los hombres. Pero Nairo, que creció entre montañas y debía pedalear todos los días, no por gloria o reconocimiento, sino por la pura necesidad de llegar a estudiar, la coronó como un grande, superior a los corredores de piernas más largas que lo vieron pasar y ya no pudieron alcanzarlo. Y pasó la meta solo, sin que nadie estorbara su encuentro con la victoria ni lo pusiera en apuros, con los brazos arriba y un corazón formado con sus manos, y su sonrisa casi de niño. Fue el mejor ese día: ganó la etapa, conservó la camiseta blanca de líder de los jóvenes, subió al segundo puesto de la general, arrebatándole el puesto a Alberto Contador, y se quedó con la camiseta de puntos rojos, la del campeón de la montaña. Nunca un colombiano había reunido tantos logros en un mismo Tour. Y Nairo lo corría por primera vez.

El ciclismo nos daba nuevamente una alegría. Ya en el Giro de Italia de este año, Rigoberto Urán había hecho una carrera magnífica que resultó en un segundo lugar (y en Londres 2012 ganó una medalla de plata). El ciclismo colombiano revive, la gente comienza a recordar mejor esos días en que el ciclismo era una razón para sonreír, para emocionarse. Porque el ciclismo siempre estuvo muy unido a Colombia. Solo hay que ver las imágenes de las primera ediciones de la Vuelta a Colombia, con la gente en los caminos pendiente de los ciclistas, que a veces corrían no por carreteras, sino por trochas llenas de barro y huecos con vocación asesina. Podemos recordar las hazañas de Cochise Rodríguez; la década de los ochenta y esa generación sobresaliente que incluyó a Lucho Herrera y a Fabio Parra. Tantos guerreros que triunfaron sobre una bicicleta y a los que Colombia admiró con fervor. Aún lo hace.

A mí me encanta el fútbol, es el deporte por el que he dilapidado más horas frente a la pantalla de un computador o de televisión, por el que más he gritado de rabia o de felicidad. Pero el ciclismo, tal vez como ningún otro deporte, escenifica la lucha, la dificultad, el sacrificio, la perseverancia. Permite ver a seres humanos lograr cosas inalcanzables para la mayoría de nosotros, con nuestros cuerpos amodorrados en la rutina de oficinas y buses, de demasiada televisión e internet. Es sumamente emocionante ver a un ciclista alcanzar la meta, casi acabado y sin aire, sudando y adolorido, pero consciente de lo que ha logrado, de su victoria. Y cuando ese ciclista es colombiano, lo es aún más.

Porque sin ser uno un patriota o un nacionalista, esas cosas tan canallas, puede identificarse y sentir genuina alegría por el triunfo de un deportista colombiano. Porque sabemos muy bien lo difícil que puede ser triunfar de esa manera cuando aquí las zancadillas abundan. Y los ciclistas colombianos, generalmente, han salido de lugares y gentes a los que la gloria no suele mirar muy a menudo, que tienen todo en contra y con frecuencia son aplastados por la vida. A Rigoberto Urán, por ejemplo, los paramilitares le mataron al papá; Lucho Herrera, ese prodigio, debió trabajar como jardinero desde muy joven para ayudar a su familia; el mismo Nairo Quintana era un campesino pobre que tenía que ir en bicicleta a la escuela, pues esta quedaba lejos de su casa y sus padres no tenían para el transporte. Entonces, cuando uno los ve levantarse sobre sus bicicletas y pedalear y mandar al carajo todo eso para verle la cara a la gloria en una meta, no puede hacer otra cosa distinta a emocionarse.

Así fue el sábado cuando Nairo ganó la etapa. Los últimos kilómetros ni siquiera pude volverme a sentar mientras veía la carrera. Y cuando, casi al final, Froome atacó y parecía que seguiría de largo y se quedaría con la etapa, Nairo se le fue detrás y no le perdió pisada. Pero no solo eso: atacó y sobrepasó a Froome, y siguió adelante como si no hubiera gastado fuerzas, como si acabara de empezar. Atrás quedaron Froome y 'Purito' Rodríguez. Nairo ganó y a mí se aguaron los ojos. Era ver a un grande recogiendo lo que es suyo. En el noticiero, más tarde, mostraron al papá de Nairo en los momentos que terminaba la etapa, cuando apoyaba a su hijo con una voz llena de lágrimas, viendo en una pantalla gigante la gesta prodigiosa de Nairo. Y volví a llorar: esa alegría tan genuina de un padre al que el pecho se le está reventando de orgullo me conmovió hasta los tuétanos. La tragedia, la tristeza y la adversidad se pueden apartar por un momento, se pueden dejar atrás a pedalazos.

Ahora Nairo podrá habitar cómodo en la gloria que trajo para sí mismo con méritos. Sí, vendrán los políticos y los periodistas que intentarán apropiarse de su victoria, que posarán en fotos atribuyéndose lo que no es suyo y que prometerán hasta el cansancio, como hace tres años cuando ganó el Tour de l'Avenir. Puede que esta vez le cumplan, puede que no, como casi siempre pasa. Pero la victoria ya es suya y, aún más importante, tiene todo para alcanzar más metas en el futuro. Eso que llaman "futuro prometedor" parece aplicarse con todas sus letras a Nairo Quintana.

En el ciclismo colombiano ha habido hombres que se sobrepusieron a adversidades múltiples y triunfaron. La cuesta arriba que les puso este país no los arredró. Por eso son grandes escaladores. A muchos no les creía nadie al principio, pero demostraron lo que tenían. A la mayoría el ciclismo no les llegó como una vocación deportiva, sino como parte de su vida diaria, donde la bicicleta era tan fundamental como comer o dormir. Así descubrieron que con una bicicleta podrían llegar tan alto y tan lejos como quisieran. Alguna vez dije aquí que en este mundo prosaico, el deporte es uno de los últimos refugios de la épica y el heroismo. Tipos como Nairo Quintana y Rigoberto Urán son héroes. Héroes forjados en la jodidez del mundo.

Durante la transmisión de la etapa, Luis Escobar, el narrador deportivo de Señal Colombia, dijo hacia el final de la carrera, refiriéndose a ese último kilómetro que "es el más largo", que en ese momento, cuando los ciclistas ya están tan cansados, se pedalea con el alma, con algo que está más allá de la capacidad física de un ciclista.(Aunque eso de "se pedalea con el alma" suena muy parecido al lema de un banco, que como sabemos son la personificación de mal, no tiene nada que ver). Yo creo que es así. Pero va más allá de eso. Aquí hay que hacer muchas cosas con el alma, no solo pedalear, porque Colombia no la pone fácil, sobre todo si se carece de ciertos apellidos o palancas. En el fondo, creo que a los colombianos nos ha gustado el ciclismo porque refleja la lucha de todos por superar la cuesta, por "salir adelante". Termina por ser una metáfora de la vida. Una vida que a algunos solo les da la oportunidad de surgir a punta de pedalazos, de trompadas o de patadas a un balón, pero por lo menos da esa pequeña oportunidad, esa ventana para ver la gloria. Y sentimos alegría por los que, así sea por un momento, han logrado verla.

Entonces, ese hombre pequeño y delgado, y todos los que vinieron antes de él y los que vendrán después, nos recuerdan que para lograrlo tenemos, todos, que pedalear con el alma.


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