jueves, 11 de julio de 2013

Parados ante la historia

Hay algo de sublime en estar parado sobre un lugar donde se hizo historia. Historia entendida como compendio de grandes acontecimientos, sin duda la versión más restringida, porque la historia se hace todos los días en todas partes: cierta casa de Aracataca solo era la casa de un coronel olvidado y su esposa, hasta que el niño alucinado que allí vivía se consagró en las palabras y se fue de viaje a Estocolmo. Y así con cualquier acera, cualquier árbol, cualquier lugar de la Tierra.

Pero esos grandes acontecimientos no pierden su encanto, y los monumentos que construimos para recordarlos nos atraen y nos deslumbran. Sobre todo si son grandes y majestuosos. Parados frente a ellos sentimos el sobrecogimiento de lo que nos supera y creemos oír los ecos de esos grandes acontecimientos. Es una emoción genuina, casi como la de un niño. Un niño al que le interesa la historia, claro.

Atontado frente al monumento de los lanceros, en el Pantano de Vargas, me preguntaba si la historia como disciplina no ha dejado perder un poco esa emoción, si la academia no le ha quitado la vida. No del todo, por supuesto, pero a veces el afán de convertir la historia en una disciplina 'respetable', que se gane su lugar entre las ciencias sociales y el conocimiento en general, ha llevado a un ejercicio estéril de erudición y endogamia académica que atrae a muy poca gente a estudiar la historia, a vivirla a través de ese estudio. A sentirse como niños que descubren algo nuevo y revelador.

No es cuestión de volver a los grandes relatos de la historia de siglos anteriores, a las versiones únicas que no admiten disputas. Es cuestión, más bien, de recuperar la imaginación y el deslumbramiento que llevan a encontrar aquello escondido tras lo que reluce; de que los tecnicismos y el lenguaje de elegidos no abarquen a la historia en toda su extensión. Alguien que se emociona porque un hombre atravesado por una lanza es capaz de sacar esa misma lanza de su cuerpo, y con ella matar a su enemigo en medio de una batalla, bien puede llegar a comprender las razones y las causas y los procesos y todo lo que estuvo detrás de esa guerra, y explicarlo con claridad y ayudar a otros a entender, sin casarse con la "historia patria" y jamás cuestionarla; todo lo contrario. Podría ser un historiador de verdad.

Y ese historiador, o historiadora, podría revivir la historia y contarla, mostrarla como algo vivo; cambiante, incluso. Después de todo, en el principio, para los griegos historia y literatura no estaban tan separadas.

1 comentario:

Ivonne García dijo...

Hace mucho no pasaba por acá! Siempre fue uno de mis blogs favoritos :) Lo sigue siendo.

Estoy totalmente de acuerdo con lo que dices, la historia a veces se queda en lo académico y la verdad, es lo más emocionante del universo. Soy fan de las historias bien contadas, y creo que por eso la profesión está tan falta de buenos historiadores, hay gente que no sabe contar sus hallazgos, no es adornar la historia, es hacerla atractiva. Pero claro, luego van y dicen que no está perrateando la profesión por hacerla más accesible. Son dos lados de la moneda y un buen historiador debe tener el rigor investigativo pero también la chispa para contar las cosas.