lunes, 5 de agosto de 2013

El rumor de la sangre

Todos esos muertos nos miran y nos juzgan. Son tantos que duele contarlos. Más o menos 220.000 en los últimos cincuenta años de esta guerra que ha durado demasiado -todas las guerras duran demasiado-. Y algo nos dice que esos no son todos, que faltan, que no hay forma de contarlos bien: la estadística nunca será suficiente para dar cuenta del horror.

Nos juzgan porque olvidamos. Por fortuna algunos aún hacen el esfuerzo por recordar. El Centro Nacional de Memoria Histórica lo ha hecho en varios informes sobre las masacres que han desangrado a Colombia, y lo hizo con el informe general ¡Basta ya!, que da cuenta de los últimos cincuenta años de la guerra colombiana, esa guerra que hace tiempo se descompuso. Y recuerdan las víctimas, que pese al desastre mantienen su dignidad y nos recuerdan que, así no lo creamos, la Muerte fijó residencia hace tiempo en este país. Sus huellas están por todas partes: El Salado, Chengue, Mapiripán, El Aro, Bojayá, Trujillo, El Tigre, San José de Apartadó, Segovia... la lista puede seguir. Puntos que aparecen en el mapa como salpicaduras de sangre.

¿De quién es culpa esta guerra? Tres parecen los actores principales: la guerrilla, los paramilitares y, para nuestra desgracia, las fuerzas del Estado. Todos hundidos en el marasmo del narcotráfico. Pero además, como lo muestra el informe, está el problema de la tierra. De hecho, ahí radica gran parte del lío y las razones del conflicto colombiano, desde la época de la Violencia (libros de Alfredo Molano como Los años del tropel hablan de ello), e incluso antes. Puede parecer un chiste tonto, pero es cierto: en la tierra está la raíz del problema. Por lo que las élites, con su afán latifundista y desplazador de campesinos, también tienen su parte de culpa en este atolladero. Su avidez por concentrar tierras le dio más brazos a la guerra. Aún se los da. Y toda esa mezcla de fatalidades nos deja con guerrilleros, paramilitares y militares torcidos, los "actores del conflicto", como se les llama educadamente, pero que, con perdón de la academia, la decencia y las prostitutas que ejercen su oficio honradamente, no son más que manadas de hijueputas.

Esta guerra salvaje y descompuesta nos impone a todos los colombianos el deber de la memoria. El informe ¡Basta ya!, más allá de las discusiones históricas y políticas que suscitará, es un paso en la dirección correcta. Es un texto clave para ayudar a entender las particularidades del conflicto colombiano, su barbarie superlativa, y para hacer visibles sus millones de víctimas, sus muertos incontables y la resistencia que hacen los vivos para que eso no caiga en el olvido, para conservar su dignidad y para detener, así sea por un momento, a los verdugos (las mujeres han tenido un papel preponderante en los actos de resistencia. Curiosamente, a diferencia de las feministas que están cómodas en la academia dedicadas a pelear con el diccionario, estas mujeres no se empecinan en cosas como el lenguaje 'incluyente'. Debe ser que están, no sé, ocupadas cambiando de verdad el mundo).

Colombia no puede seguir negando la guerra en la que ha vivido por tantos años. Especialmente ese sector de la población al que la guerra ha tocado tangencialmente, los habitantes de las ciudades que poco se enteran de las barbaridades que suceden en el campo, excepto cuando hay alguna masacre cubierta por los medios de comunicación. Pero poco o nada saben (o sabemos) de los muertos de todos los días, de esa violencia casi invisible porque no hay suficientes cadáveres que escandalicen a los noticieros. Sin embargo, ahí están, así como el rumor de la sangre derramada que no llega a todos los oídos. Es hora de que todos los colombianos sepan lo que pasa y que lloremos si es necesario, para que las lágrimas hagan brotar a los muertos que la tierra se ha tragado, para así hacer memoria e intentar que esto no vuelva a pasar. Es hora de que la democracia nos incluya a todos, de señalar responsables e intentar sanar las heridas de esta guerra que ha sido tan costosa para todos, como bien lo señaló Martha Nubia Bello en una entrevista para La Silla Vacía. La peste del olvido y la indiferencia ya nos ha castigado lo suficiente.

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