viernes, 27 de septiembre de 2013

Verdades de a puño

No en vano se dice que algo es una verdad "de a puño". En una trompada no hay eufemismos, no hay corrección política; no se busca agradar a toda costa y ciertamente no se quiere convencer al rival de nada, excepto de que es inferior en fuerza y técnica. En un puñetazo hay verdades primordiales.

En eso pensaba mientras veía a Lucas Mathysse con un ojo totalmente cerrado por la hinchazón, y luego a Saúl 'Canelo' Álvarez encajar los rápidos golpes de Mayweather. En eso pienso siempre que veo una pelea, o leo algo sobre boxeo, o veo una película de boxeadores. Hay algo en los peleadores parados sobre el ring (y fuera de él) que escenifica la condición humana patentemente, en todo su dolor y gloria. En esos dos hombres destruyéndose (por más que sea en un ambiente controlado) subyace una lucha que va más allá del cuadrilatero: la de la vida, que también se trata de golpes, de evitarlos o de recibirlos tratando de que hagan el menor daño posible. Levantarse todos los días y salir a la calle también es boxear.

Incluso con la parafernalia del pague por ver, incluso con un Mayweather que sube al cuadrilátero acompañado por el bobazo de Justin Bieber, con su actitud impostada y la mano en las gónadas, el boxeo sigue siendo una muestra de la vida, algo que trasciende el cuadrilátero y nos marca, una actividad que pone en juego lo que somos como humanos. Allí están la gloria y la victoria, la sangre y la violencia, la honradez y la trampa, el esfuerzo más allá de toda capacidad y, por supuesto, la derrota, y la forma de sobreponerse a ella aun cuando sea gravosa y terrible, descorazonadora.

Por eso el boxeo siempre ha sido alimento privilegiado para la ficción. La épica de la violencia tratada en la literatura o el cine nos ha dejado personajes tan reales como los boxeadores que han hecho historia con sus golpes. Y no podemos olvidar los perfiles y crónicas que grandes maestros como Gay Talese han escrito sobre boxeadores. En esas historias se plasman todas esas cosas que antes mencionaba que el boxeo escenifica, y nos muestran a hombres (y mujeres: recuerden Million Dollar Baby) que, aunque han experimentado la victoria y la fama, siguen siendo muy humanos; y los derrotados, que nos parecen más humanos todavía. Ahí está lo que escribió Talese sobre Floyd Patterson, o el libro de Alberto Salcedo Ramos sobre Pambelé; está Jack Brennan, el personaje de "Cincuenta de los grandes", el cuento de Hemingway sobre un boxeador que ya va de salida y perderá una pelea para ganar dinero apostando por su rival, pero perderá dignamente, irá al encuentro de la derrota dificultándole las cosas a su rival. Pero necesita el dinero y debe perder, porque la pelea fuera del cuadrilátero se le ha puesto aún más difícil; El Flecha, el bacán del fracaso, del cuento de David Sánchez Juliao; y claro, Rocky Balboa, tal vez el boxeador más famoso del cine, el underdog por excelencia que se sobrepone a su condición. David le ha ganado a Goliat más de una vez.

Todos esos personajes, reales o imaginarios, nos han mostrado los eventos y los pensamientos tan humanos que rodean al boxeo. La violencia es humana, tan humana como la alegría por ganar o la tristeza por perder. Tener que agarrarse a trompadas para poder sobrevivir es cosa de todos los días, como el fracaso, que abunda en todas partes, a diferencia de ese mineral escaso que es el éxito. A pesar de eso, seguimos adelante, tratando de que los fracasos no nos aplasten, de que los golpes no nos manden a la lona. Porque, como dice el personaje de Morgan Freeman en Million Dollar Baby, si hay algo de magia en el boxeo, es la de seguir pegando más allá de la resistencia, de las fuerzas; y como dice Rocky en la sexta película, de lo que se trata es de cuánto se puede aguantar, de cuántos golpes se pueden recibir, y aún así seguir adelante. Tanto en el boxeo como en la vida lo principal, lo verdaderamente fundamental, es la capacidad de sobreponerse a ese contrincante colosal que es la adversidad.

El dolor existe, está ahí. Tratamos de evitarlo a toda costa, pero ahí sigue, cada momento es propicio para que se manifieste. Pero no necesariamente nos va a matar. Incluso puede enseñarnos cosas. A veces lo único que se necesita es recibir un puñetazo para así saber si somos capaces, o no, de enderezar la cara y sin importar el aturdimiento o la sangre, devolver el golpe.

Porque en los puñetazos de un contricante, de la vida misma, hay verdades primordiales.



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Revivamos nuestra historia: K.O., un cuento sobre boxeo que escribí hace un tiempo.

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