lunes, 28 de octubre de 2013

Matemáticas

Yo soy bueno para las matemáticas. Razonablemente bueno. Su lógica no es del todo extraña para mi cerebro de pájaro caído del nido. Pero en el colegio me daban muchísima pereza. Hacer los ejercicios era una forma cercana de tortura, y pronto la frase "miscelánea del álgebra de Baldor" se convirtió en el preludio del tedio. Pero sobreponiéndome a la pereza podía resolver todos los ejercicios sin morir en el intento. De hecho, disfrutaba poder resolver esos ejercicios. De todas formas, no dedicar más tiempo a las matemáticas hizo que siempre pasara con lo justo, lo necesario, pocas veces siendo excelente. Hacía lo que tenía que hacer, y ya.

Por supuesto, hoy en día me arrepiento. Tal vez debí esforzarme más. Porque después de todos estos años me he dado cuenta de que me negué a mí mismo toda una forma de comprender el mundo. El universo y sus leyes son un poco más lejanos para mí por la carencia de conocimientos matemáticos que superen lo básico. Hay cosas maravillosas que pueden pasar desapercibidas. No puedo entender completamente algunas de las sutiles formas en las que opera Dios (Dios como lo entiende Einstein, en todo caso) en el universo. Siempre habrá teorías de la física frente a las cuales quede en el más puro estado de indefensión intelectual. Una ignorancia insalvable frente a algunos de los más interesantes hechos de la existencia.

Lo peor es que seguramente ya es demasiado tarde. No solo porque lo más probable es que la pereza siga ahí. También porque ahora, cuando los concimientos matemáticos se van en sumar y restar ingresos y egresos, en contar monedas para el bus o calcular cuánto hay que pagar de salud y pensión en el mes, ¿qué tiempo puede haber para aprender álgebra, trigonometría y cálculo, para entender de nuevo las elegantes formas en que una derivada o una integral desentrañan los secretos de los que nos rodea?

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