domingo, 17 de noviembre de 2013

Metegol

De todas las cosas grandiosas e inteligentes que se han dicho sobre el fútbol, mi favorita, junto con la mil veces citada, pero no por eso menos cierta, sentencia de Albert Camus sobre el conocimiento del hombre que permite el fútbol, es la de Javier Marías cuando dijo que el fútbol es la recuperación semanal de la infancia. Porque nunca entendemos mejor de qué se trata ese deporte que cuando somos niños, y solo conservando una parte de la infancia dentro de nosotros podemos seguir apreciando el juego cuando somos adultos.

El juego de verdad, el sustrato emocional y verdadero que subyace en él, olvidado y sepultado a menudo por la avalancha del espectáculo moderno, de los derechos de televisión y los patrocinadores, los comerciales, los carros, los mánagers que parecen tratantes de esclavos, las novias súper modelos, las transferencias por sumas ridículas y obscenas y el exceso de gel para el pelo. Ese sustrato que nos hizo amar el fútbol sigue ahí, asoma la cabeza entre la parafernalia, parece pequeño y está en desventaja pero resulta ser imbatible. Tal vez no en el resultado final de un partido, el dictador indisputable del fútbol actual, pero sí en el corazón de los hinchas, de los aficionados incondicionales capaces de ver en el fútbol algo más que resultados y tablas de posiciones. Lo vimos con la selección de Tahití en la Copa Confederaciones, un equipo sin la más mínima posibilidad de ganar el campeonato, por lo que su victoria, más modesta pero no por eso menos valiosa, era anotar por lo menos un gol. Así estuvieran Brasil o la sublime España de estos años, era en la selección de Tahití donde residía el fútbol; en sus jugadores vivía un coraje cada vez más escaso en las canchas profesionales de hoy en día: con dignidad salieron a enfrentar sus partidos, a sabiendas de que la derrota era segura. Pero ese gol único que lograron anotar fue una alegría portentosa, imposible de medir en monedas, de esas tan útiles para conseguir los títulos.

La alegría elemental del fútbol, disfrutar como niños al patear una pelota, se nos olvida poco a poco. A veces nos la arruinan los periodistas dispuestos a hacerles los mandados a los encorbatados que secuestraron el juego, o los enajenados de puñal en mano y conciencia tribal salvaje, para quienes el fútbol se trata de cantos con fingido acento extranjero y de eliminar a los del otro bando, como si alguna gracia hubiera en que a todos nos gustara el mismo equipo, como si la muerte diera triunfos, puntos y campeonatos. Nos la arruinan también esos jugadores para los que jugar parece ser lo de menos. Por eso necesitamos que alguien nos recuerde siempre esa alegría. Así sean los muñequitos de un futbolín.

Metegol, la película de Juan José Campanella, es un recordatorio de esa alegría infantil que se puede recuperar con un balón. Pero es más: es la muestra de las conexiones íntimas entre el fútbol y la vida, la comunidad, las emociones, el sentido de pertenencia, la capacidad de luchar. Los muñecos de un futbolín cobran vida para enseñarnos de nuevo lo primordial: la pasión por el fútbol no se trata de muerte y salvajismo, se trata de creación, de entusiasmo. De amor. También de sufrimiento, claro, pero no por muertes absurdas, sino por esas tragedias a escala que son las derrotas en el campo de juego. Derrotas que, a veces, contienen la semilla de algo nuevo, mejor y más grande.

El fútbol sirve para recuperar la infancia. El cine sirve para recuperar la infancia. Metegol une las dos cosas y nos recuerda de qué trata el fútbol realmente. Puede ser un cajón de madera con jugadores de plomo o un un estadio donde caben cien mil personas, pero es lo mismo: es un juego; es pasión; es correr detrás de una pelota o ver a alguien correr tras ella sin que nada más importe por unos minutos; es volver a tener la capacidad, como los niños, de construir con la imaginación cosas que terminan por enriquecer la realidad.

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