sábado, 30 de noviembre de 2013

Pacho

Ay, Pacho. Pacho, Fachito, Pacho. ¿Qué pachó? Francisco Santos creyó con toda seguridad que sería el candidato del uribismo. Estaba seguro, incluso, de que sería presidente de Colombia. Los bobos son así, creen cosas imposibles. Aunque quién sabe, subnormales como Pacho Santos hay muchos en el país. Son fácilmente reconocibles porque aún le dicen 'presidente' a Uribe, aunque no lo es hace casi cuatro años y no puede volver a serlo. A menos, claro, que sus secuaces hagan alguna marranada en el Congreso, modifiquen el 'articulito' y se pasen la Constitución por donde sabemos, como les gusta hacer.

Luego de Uribexpo, la convención para elegir al candidato uribista, Pacho quedó muy mal, muy dolido, muy despechado. Eligieron a Óscar Iván Zuluaga (Uribe eligió a Zuluaga, lo demás era teatro). Y Pacho sintió el frío puñal de la traición en su espalda. Desconsolado y lloroso, decidió callar por un mes. Ojalá su compromiso con la democracia hubiese sido mayor, lo suficiente como para quedarse callado toda la vida. Pero Colombia no tiene esa clase de suerte. La semana pasada volvió a hablar. Tonterías, como siempre.

Lo entrevistó María Isabel Rueda (ojalá no diga que las criticas a Pacho son porque es negro). También Luis Carlos Vélez, pero es irrelevante porque básicamente le hizo la misma entrevista. Pacho dijo que en Uribexpo, la única feria con más reses que Agroexpo, había triunfado la politiquería, lo cual es obvio porque ganó el candidato preferido de Uribe. Denunció Pacho que en la convención triunfó una corriente que no es "uribismo puro", no es ideológico sino clientelista, se aprovecha de la imagen del expresidente para ganar votos y curules. Una tendencia distinta a la de Pacho, uribista purasangre, idealista, convencido de la verdad encerrada en el evangelio de Uribe. El de Pacho es un sector del uribismo preocupado por el bien del país, no por acumular poder o llenarse los bolsillos. Es decir, un sector distinto al de Tomás y Jerónimo.

El caso es que en todas las respuestas de Pacho se traslucen la desazón y la tusa que lo están atormentando. Él creía ser el discípulo bienamado, el nuevo ungido, el títere perfecto, pero le robaron su candidatura. No pudo ser el Medvedev del Putin del Valle de Aburrá; le impidieron capitalizar el carisma que le sale de la barriga; no lo dejaron aprovechar el fervor popular que decía despertar en las masas, parecido al del público de un circo cuando salen los payasos. Obstaculizaron su camino y no pudimos saber si era capaz de ganarle a su primo Juanma en la carrera por la Presidencia, si era capaz de darle en la cara, marica.

El pobre Pacho quedó como una novia vestida en el altar. Tal vez pasó su mes de silencio ahogándose en whisky y escuchando discos de José José, o de Darío Gómez. Aún hoy disculpa a Uribe, cree que él no lo traicionó, que fue a sus espaldas que le robaron la candidatura por el Centro Dedocrático. Así es el amor. La evidencia de los cachos está ahí, pero Pacho se niega a verla: él sigue fiel a Uribe hasta el final. Aun cuando hasta el sol de hoy no lo ha vuelto a ver, ni lo ha llamado, ni nada. A los ojos de Pacho, Uribe sigue siendo perfecto, pero el mundo se interpone entre ellos. Un amor prohibido, murmuran por las calles, porque son de distintas sociedades. Y porque a lo mejor Uribe cree que otro Santos es demasiado peligroso: de pronto la traición corre en las venas de esa familia. En cambio Zuluaga es más manejable, es más liviano para sentárselo en las piernas y hacerlo hablar.

Por lo pronto, Pacho dice que seguirá apoyando a la parte del uribismo que está olvidada por culpa del triunfo del clientelismo acolinchado al interior del Centro Uribocrático. Esas peleas de las fuerzas oscuras contra las oscurísimas son cosa complicada. Pacho no quiere que el verdadero uribismo esté solo. La pureza de la ideología está en juego: es necesario darle fuerzas para llegar bien al Congreso, unificarla para llegar en bloque a la capital. Además, Pacho necesita trabajar para distraerse, porque el Play Station no es suficiente para acabar la tusa. Y, si Uribe lo ve al pie del cañón, fiel y firme, tal vez un día vuelva a darle su amor (y un puesto donde no haya mucho por hacer y se gane bien, así como le pasó en la Vicepresidencia). Esperará a encontrarse un día con el expresidente para que le invite un café, para decirle que tranquilo, que no lo va a molestar. Esperará, de ser necesario, bajo la lluvia dos horas, mil horas, como un perro.

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