jueves, 30 de enero de 2014

El lobo de Wall Street

Un 'viaje' de tres horas. Así podría definirse El lobo de Wall Street. Una traba demencial que nos satura con la forma de vida decadente que se esconde tras el brillo verde de Wall Street, donde los corredores de bolsa se hacen ricos mientras estafan y roban a los demás, sin jamás crear verdadera riqueza, sin aportar realmente a la economía. La película de Scorsese, contada de manera similar a Buenos muchachos, muestra la verdadera cara de estos hombres y mujeres que saben muy bien lo que están haciendo: no es que alguien cometa un error, que la economía deje de funcionar de un día para otro o que el dinero desaparezca por las vicisitudes del mercado; es que hay gente que se queda con ese dinero y diseña planes sofisticados para hacerlo. Un documental titulado Trabajo confidencial, sobre la crisis financiera de 2008, lo muestra perfectamente. Mientras los compradores de acciones creen ser millonarios (bueno, alguno sí lo son de todas formas), pero solo lo son en el papel, los corredores y los banqueros sí se hacen millonarios de verdad.

Scorsese nos da a ver una película cuyo objetivo es saturar, incomodar hasta llegar al punto en que uno se pregunte cómo carajos esa gente puede llevar ese tipo de vida: drogas en cantidades y variedades inverosímiles, con la cocaína como reina; prostitutas a diario y en todo lugar; apuestas y gastos desaforados en cosas como arrojar enanos hacia un blanco o pagarle diez mil dólares a una mujer para que se rape la cabeza, yates gigantescos, joyas ridículamente caras, carros, helicópteros, casas. Un frenesí para gastar dinero que no lleva a ningún sitio, excepto a seguir pensando cómo gastar más dinero. Y a la decadencia. La sociedad suele pensar que es en sus capas más bajas donde la decadencia es la ley, pero es arriba, en las fortunas obscenas, donde la decadencia humana se ve mejor representada.

La actuación de Leonardo Di Caprio es soberbia. Personifica a Jordan Belfort, un corredor de bolsa que se hizo multimillonario antes de tener treinta años. Particularmente geniales son las escenas en las que le habla a sus empleados con micrófono en mano. Son escenas en las que el personaje aparece como un televangelista, un predicador religioso que motiva y enardece a quienes lo escuchan, fieles que lo miran como un iluminado, con una admiración rayana en la locura. Es la religión del dinero, de las fortunas amasadas en poco tiempo y con poco esfuerzo, de la perversión del sueño americano, del exceso y la vulgaridad. Y Jordan Belfort es el profeta de ese modo de vida. Un modo de vida a todas luces insostenible.

Dije más arriba que El lobo de Wall Street tiene similitudes con Buenos muchachos en la manera en la cual está contada. La comparación podría llevarse más lejos: si uno lo piensa detenidamente, esta es también una película de mafiosos, de una de las mafias más grandes del mundo, compuesta por algunos de los peores criminales de la Tierra: los corredores de bolsa y los banqueros.


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