domingo, 20 de abril de 2014

Gabo

Muchos años después, frente a la noticia del fallecimiento, el aspirante a escritor Iván Andrade había de recordar el día remoto en que su hermana le preguntó si había leído a García Márquez. Iván era entonces un niño que de las aventuras de Tintín y los libros de elige tu propia aventura, había saltado a los cuentos de Edgar Allan Poe, por recomendación de un tío suyo. El hechizo de Poe cayó sobre el niño con la fuerza de las cosas definitorias, y pronto se vio atrapado en el trance de la lectura. Ante la pregunta de su hermana, Iván abrió sus grandes ojos de vaca y respondió que no, no lo había leído, no sabía quién era. Al poco tiempo tuvo en sus manos un librito de carátulas rojas con blanco con dos cuentos: El verano feliz de la señora Forbes y El rastro de tu sangre en la nieve. Con deleite infantil leyó esa edición avejentada y exigua que lo introdujo a un mundo tan vasto y desmesurado como la imaginación misma. Luego, a su casa llegó una caja llena de libros, traída por su hermana y quien era su esposo, de donde salieron Relato de un náufrago, Ojos de perro azul, Crónica de una muerte anunciada y Cien años de soledad, este último en la edición de Sudamericana, que leería por primera vez a los once años. Todo estaba consumado: no podría dejar de leerlo nunca más. De la biblioteca del colegio comenzó a sacar los libros que pudo, como La hojarasca, y alguien más le prestó Del amor y otros demonios. Era un ansia mayor a la que le había embargado cuando leyó a Poe. Leía cuanto podía encontrar, a veces sin entender demasiado por su corta edad, pero siempre embriagado en la cadencia de las palabras. En su inocencia, la posibilidad de leer groserías regadas por las páginas le parecía una maravilla y una forma de desafío: no podría olvidar jamás una expresión como "¡Me cago dos veces en natura!". Muchos años después entendería mejor lo que leyó, y vería con ojos despiertos la importancia de las letras de García Márquez

Era inevitable: el olor de esos libros, las palabras que leyó entonces, le recordarían por el resto de los días el momento en que se perdió para siempre en el camino de las letras. Otros escritores cobrarían importancia en su vida, pero Gabo sería una presencia constante, un referente, un refugio al cual volver. Un maestro. Los amores contrariados de la adolescencia le permitieron entender en toda su dimensión los dolores de Florentino Ariza, y estudiar la historia de Colombia le hizo ver la clarividencia histórica de la literatura de García Márquez: en un ensayo universitario sobre la masacre de las bananeras basó parte de su análisis en la forma en que el escritor abordó la masacre en su novela más famosa. Gracias a la historia entendió que sí, vivía en un país donde no era imposible que el mar se vendiera por partes, que los patriarcas lo pudrieran todo hasta el tuétano, que los muertos se negaran y desaparecieran o que la sangre encontrara un camino de vuelta para atormentarnos y recordarnos de dónde venimos. Ante la publicación de una edición especial de Cien años de Soledad preparada por la Real Academia de la Lengua, corrió con su padre (alcahuetas nunca le faltaron para comprar libros, por fortuna) hacia el almacén más cercano donde la vendían el mismo día en que salió a la venta. Por tercera vez se adentró en los recovecos de la historia de la familia Buendía. Le pareció todavía mejor que las veces anteriores. La literatura de Gabo no era un embeleco de su infancia: era una de las mejores cosas jamás escritas.

También se interesó en la vida del escritor, en sus experiencias, en cómo había llegado a ser un escritor de esa talla, en encontrar el origen de un talento tan abrumador, pasmoso y enorme. Con la pereza juvenil de los años de estudiante de bachillerato, encontró maravilloso que García Márquez no hubiera tenido que hacer una carrera universitaria para convertirse en escritor. A esa altura Iván ya había hecho sus primeras incursiones en la escritura de ficción, y crear historias le parecía un destino seductor, una buena forma de invertir su vida. Pero era un tonto: no comprendía que ser escritor implica un estudio eterno, leer hasta el cansancio y todavía un poco más. Y como la vida da vueltas inverosímiles, muchos años después terminó por hacer una maestría para aprender a escribir mejor.

El Gabo periodista también lo cautivó. En una sola tarde leyó La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile, la historia de cómo el director de cine chileno le puso una larga cola de burro a Pinochet; una cola hecha de celuloide. Poco a poco fue encontrando textos periodísticos de un talento difícilmente igualable, no solo por la prosa, sino por la habilidad de ver detalles invisibles para los demás, una forma única de ver la realidad, para luego contarla enriquecida. Iván entendió que el periodismo colombiano, el latinoamericano y tal vez el mundial, le debían mucho a la labor periodística de Gabriel García Márquez.

Gabo fue envejeciendo mientras su obra se mantenía en la cumbre. Publicó la primera parte de sus memorias, Vivir para contarla. Iván le pidió prestado el libro a un amigo y lo leyó con la avidez de quienes quieren conocer los secretos y las razones de aquellos a quienes admiran. En esas páginas rastreó el origen de muchas de las ficciones de Gabo, de cómo su imaginación había logrado transformar en literatura las historias de su familia, el enamoramiento de sus padres, los cuentos y supersticiones de la gente que conoció mientras crecía. Desafortunadamente, ese sería el único volumen publicado de las memorias, porque esos recuerdos se fueron desvaneciendo en la mente de Gabo, disipados en las brumas de la vejez. Esa vida ya no tenía quién la escribiera.

Entonces llegó el día temido. En la tarde lenta de un jueves santo se supo que Gabriel García Márquez, el más grande escritor que Colombia ha parido en su historia, había muerto en Ciudad de México. Iván sabía que ese día no podía tardar mucho, pero aún así sintió el suelo removido y se tomó la cara con el gesto de quienes no saben qué decir ante el desconsuelo. Frente a las primeras imágenes en el noticiero no pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas. Pensó en ese viejo angelical que tantos libros le había dado, así como su propio abuelo le regaló el primer libro que tuvo en su vida. Pensó en todas esas horas de felicidad ante las páginas que Gabo llenó con su talento inmenso, inabarcable, y lloró de nuevo. Supo que el mundo quedaba un poco vacío, pero también que ahí seguirían los libros para leerlos, lo que no es poca cosa. Supo que García Márquez es inmortal. 

Absorto, inmóvil y entristecido con la pena de quien ve partir una presencia que lo acompañó durante la vida entera, Iván calló por un rato hasta que por fin pudo articular una palabra, la más propia y la única posible en aquel momento, la que podía encauzar el estupor. En cuanto supo a ciencia cierta que Gabo estaba muerto, Iván soltó con la fuerza de los cataclismos que se ciernen sobre el alma de los hombres la única palabra que pudo decir entonces para dar forma a su tristeza:

- Mierda.

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