sábado, 24 de mayo de 2014

Una ola de mierda

Hace cuatro años la campaña presidencial presenció el fenómeno que se conoció como la "ola verde", un montón de gente que vio en la candidatura de Antanas Mockus una alternativa a todas las cosas horribles que representa Álvaro Uribe. Gente normalmente apática frente a la política se sintió inspirada y quiso participar del movimiento. Se pensó en la posibilidad de una nueva forma de gobernar este país. La ola verde alcanzó a asustar al expresidente Uribe y a su títere de entonces, Juan Manuel Santos. Las del 2010 fueron las primeras elecciones en las que las redes sociales jugaron un papel importante, y ese fue uno de los frentes de la guerra sucia de aquella campaña, que terminó con la victoria de Santos y la revelación, cuando comenzó su gobierno, de que no era tan títere después de todo.

En cuanto a la ola verde, como sabemos, terminó en nada: se diluyó en la playa de la unidad nacional, Peñalosa se unió a Uribe para intentar ganar la alcaldía de Bogotá, el entusiasmo mermó y la gente volvió a desilusionarse. Por su parte, Uribe ha usado todo su capital político de viudo de poder, de aspirante a dictador, para oponerse a Santos y sus iniciativas, sobre todo al proceso de paz con las FARC. El presidente Santos, a su vez, ha pasado cuatro años tratando de hacer parecer que es totalmente distinto a Uribe, aunque en sectores como el económico son prácticamente la misma vaina. Eso sí, es menos gritón y ramplón, y su gobierno no tiene el cariz macabro de su antecesor, la polarización ha sido menor y la posibilidad de disentir ya no parece una cuasi condena a muerte, como en los ocho años de Uribe.

Cuatro años se fueron en ese trajín. Comenzó una nueva campaña con Santos queriendo reelegirse y con Uribe estrenando marioneta; con Peñalosa intentando revivir un entusiasmo ya perdido; con el Polo y su candidata López de esos López, que parece la mejor pero carga con el peso maloliente de la alcaldía de Samuel Moreno; con Martha Lucía Ramírez queriendo mostrar una vocación de poder que el Partido Conservador hace rato perdió, porque los puestos son más redituables. Una campaña que ha hecho parecer a la de hace cuatro años una cosa limpia, hermosa y sumamente democrática.

La mayor cantidad de porquería, como era de esperarse, ha salido de las campañas de Zuluaga y Santos (con J.J. Rendón a bordo). El Presidente ha repartido a manos llenas el presupuesto nacional para asegurar los caudales electorales de los senadores y representantes; Zuluaga se ha servido de un community manager glorificado (el que los medios han llamado 'hacker') para atacar, espiar y ensuciar a Santos, y de las mentiras usuales para torpedear el proceso de paz y mantenernos en esa ruta que tan buenos resultados nos ha dado durante cincuenta años: la guerra. Además de acusaciones sin pruebas de entrada de plata del narcotráfico en la campaña pasada de Santos. Acusaciones hechas por Uribe, que hacía parte de esa campaña, la de su anterior intento por gobernar en cuerpo ajeno. Fiel a su estilo 'frentero', ante la exigencia de la Fiscalía para que diera las pruebas de su acusación, inventó pretextos sobre falta de garantías, insultó a los colombianos yendo a donde los fiscales a lustrarse los zapatos y a hablar con los periodistas (algunos de ellos, sospecho, irían a recoger una varita lanzada por Uribe en un potrero), y luego dijo que no tenía pruebas sino información al respecto. El expresidente tiene claro que hay quienes creen ciegamente cualquier cosa salida de su boca, y tiene aún más claro que si una mentira se repite lo suficiente, acaba por convertirse en verdad, por lo menos para los fanáticos. Una lección que hace mucho le dio al mundo un demócrata integral y pacífico de apellido Goebbels.

El 'hacker' ha sido parte fundamental de toda la asquerosidad de esta campaña electoral. Cuando se destapó la existencia de Sepúlveda y sus actividades ilegales, Zuluaga negó conocerlo. Luego dijo que sí lo conocía, pero apenas habían hablado cinco minutos. Entonces se publicó un video en donde queda claro que lo conocía muy bien, y que se servía de inteligencia militar adquirida ilegalmente por Sepúlveda. Zuluaga, en una muestra de cinismo, declaró que el video era un montaje. Su abogado dijo que ni siquiera era claro si el hombre que aparecía en el video era Zuluaga. Eso ni las celebridades cuando les publican un video sexual. La negación de Zuluaga es tan ridícula como la de esos hombres que se ven en los programas de televisión de Laura Bozzo, que frente a un video incriminatorio donde aparecen siendo infieles a sus parejas, dicen contra toda inteligencia y en contravía de lo evidente e innegable: "Ese no soy yo, señorita".

Desde la campaña misma, Zuluaga ya ha demostrado que aspira a seguir los derroteros de corrupción, mentiras y cinismo de su patrón y titiritero. Lo más triste de todo es que aún quedan quienes les creen a esos dos, que se tragan el cuento del montaje, que igual van a votar por quien nos dijo mentiras a todos e insultó nuestra inteligencia con unas declaraciones que asumen una total estupidez por parte nuestra. Van a votar por un candidato capaz de poner vidas en riesgo con tal de ganar la presidencia, un tipo que, impasible, escucha a un asesor que le dice que están esperando un ataque de las FARC para poder lanzar una ofensiva en internet contra Santos. Al fin y al cabo, la sangre de los inocentes puede convertirse en votos.

Como muchas otras veces, la campaña se redujo a tratar de encontrar el menos malo, a votar en contra y no a favor. Quisiera votar por Clara López, pero se me aparece el Fantasma de las Elecciones Pasadas, que tiene la cara idiota y la voz gomela de Samuel Moreno. Así que me va a tocar votar en blanco, por lo menos en la primera vuelta. Porque si Zuluaga pasa a la segunda, habrá que votar en su contra por físico y terrible miedo a que este país termine de sumirse en la debacle de la sangre, de la corrupción, de la violencia y de la destrucción de la democracia. Esta porquería de campaña va a terminar por obligarme a votar en segunda vuelta por Santos, representante eximio de la gente que nos tiene metidos en este enredo siniestro, pero que por lo menos parece tener la firme intención de lograr un acuerdo con la guerrilla, a ver si con esa gente fuera del monte por fin empezamos a enfrentar los verdaderos y profundos problemas que aquejan a Colombia hace tanto tiempo. Problemas que no se arreglan con la firma de un acuerdo y van más allá de un montón de asesinos haciendo de las suyas. Problemas que a tipos como Uribe y quienes piensan como él o tienen su estilo de vida de terrateniente, no les conviene que se solucionen.

Esta debe ser la campaña más puerca de nuestra historia. Una campaña que, más que rabia, da tristeza y dolor, dolor por este país que parece incapaz de encontrar la salida y se hunde más y más en la suciedad de su propia tragedia. Un país donde hay gente que todavía le cree a quienes en realidad son sus enemigos, a sus calamitosos exgobernantes.

Demasiados colombianos van a votar por Zuluaga, el candidato que más contribuyó a hacer de esta la campaña más indecente y mugrienta que podamos recordar. Es como si esta vez, en lugar de una ola verde, hubiera una ola de mierda.

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