martes, 12 de agosto de 2014

Mundos que se acaban

El mundo se acaba todo el tiempo. Ahí siguen el planeta y sus habitantes, multiplicándose como una peste, pero el mundo se ha terminado varias veces. Varios mundos han nacido y muerto mientras la vida humana sigue adelante, visiones y formas de vivir que caducan y desaparecen, se deshacen en el lento declive de los años.

Así murió la vieja Europa. La Europa de Zweig y de los aristócratas decadentes, de la cultura como base de la vida y de la confianza absoluta en el progreso material y espiritual de la civilización. La Europa de monsieur Gustave, el protagonista de El Gran Hotel Budapest. Una Europa sabia, pero al mismo tiempo algo banal, trivial. Un mundo vibrante y colorido donde la gente adinerada se refugiaba en los placeres mundanos para elevarse y desentenderse de las preocupaciones diarias de los demás (bueno, eso no ha muerto del todo). El hotel regentado por Gustave es el lugar de encuentro para todos estos seres livianos que, sin embargo, tienen sobre sus hombros el peso de una tradición, apellidos vetustos que habitan mansiones centenarias. Gustave los atiende y se encarga de que no tengan ninguna preocupación, guarda sus secretos y atiende diligentemente sus caprichos. Y a las viejas señoras adineradas en busca de un poco de diversión, las atiende más personalmente, lo que a la larga desencadena la historia que cuenta la película.

Con una cinematografía hermosa y muy cuidada, Wes Anderson nos cuenta esta historia de intrigas por una herencia. La mayor parte del tiempo nos hace reír, aun cuando asistimos a la decadencia de un mundo, un derrumbamiento en medio de una fiesta, cuyo final es la brutalidad y la estupidez de la guerra. Como dijo Stefan Zweig, en cuyas obras se basa la película, "el hombre corriente está bajo el hechizo del odio". Cuando la barbarie se apodera de las vidas y las mentes de las personas, ya no queda espacio para la levedad y la risa, para el placer o el amor. Solo queda un mundo sin colores y el sufrimiento y la nostalgia por lo que se perdió. Y un hombre que fue botones de un hotel contando entre las ruinas el cuento de lo que alguna vez fue.

Mundos enteros se han perdido en nuestra historia, y a veces son seres como Gustave, frívolos y poco importantes, quienes los conservan, los únicos conscientes de lo que se puede perder y hacen de su vida un continuo homenaje a esa civilización a punto de desaparecer, recitan poesía a cada momento y aman desaforadamente para hacer de la realidad un lugar menos gris, para retrasar el momento del fin, que no siempre se ve venir y en ocasiones pasa desapercibido. El mundo se acaba a veces con un estruendoso cataclismo, pero casi siempre, como lo escribió T.S. Eliot, termina "no con una explosión, sino con un lamento".





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