lunes, 17 de noviembre de 2014

Rosetta

El primer vuelo de los hermanos Wright fue en 1903. La aviación comercial, y por lo tanto la capacidad de recorrer el mundo volando, se desarrolló en la segunda mitad del siglo XX. No hace mucho la humanidad apenas estaba aprendiendo a volar. Hoy tiene un aparato sobre un cometa a millones de kilómetros de distancia de la Tierra.

Fueron diez años de espera, diez años para que la sonda Rosetta lograra llegar hasta el cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko. Un largo viaje en la inmensidad del espacio hacia un objetivo lejano y en movimiento. Un objetivo hasta ahora inalcanzable para la humanidad.

Pero se logró. El trabajo incansable de cientos de científicos, su dedicación incesante para descubrir lo que aún no sabemos del universo y de nuestros orígenes, lograron que un artefacto hecho por el hombre alcanzara al cometa y, aún más, que un robot pudiera aterrizar sobre él para estudiarlo más a fondo. Una nueva victoria de la ciencia y de todos nosotros.

Porque en momentos así vale la pena volver a hablar de la humanidad. De nuestros aciertos y no de nuestros errores, de las búsquedas que nos han traído hasta aquí. Búsquedas que no siempre han sido por una ganancia, por una utilidad inmediata. Porque ese no debe ser en toda ocasión el objetivo de la ciencia. Descubrir la razón de las cosas tiene valor por sí mismo. Y buscar esa razón, querer desentrañar los secretos del universo por el afán sublime de saber, es una de las pocas características que aún redime a la especie humana. Es algo para celebrar.

Además, de esas indagaciones que "no sirven para nada" suelen nacer los más importantes inventos y avances científicos. No imaginó Faraday todo lo que nacería de sus experimentos; la radio inventada por Marconi no habría sido posible sin la experimentación y la teoría aparentemente inútiles de Hertz y de Clarke-Maxwell; la bacteriología le debe mucho a los juegos de Erlich en el laboratorio coloreando tejidos y observándolos en el microscopio. El utilitarismo no es el combustible más eficiente para la ciencia: es la curiosidad.

Esa maravillosa curiosidad es lo que nos trajo hasta aquí, al punto de poner a Philae sobre el 67P/Churyumov-Gerasimenko, un cometa que data de la época de formación del sistema solar, por lo que podría darnos claves para comprender el origen de la vida en la Tierra. Averiguar algo así siempre valdrá la pena.

Hace casi dos siglos que Champollion, gracias a la Piedra de Rosetta, pudo descifrar los jeroglíficos egipcios; en la isla Philae, en el río Nilo, se encontró un obelisco que ayudó también en la labor de entender ese lenguaje antiguo. Ahora en el espacio hay resonancias del intento permanente de la humanidad por entender su historia y sus orígenes. Nuevos Champollion podrían descifrar el lenguaje hasta ahora vedado del nacimiento de la vida, de cómo y dónde surgió.

El doce de noviembre asistimos a un hecho crucial. Pudimos ver y compartir la ansiedad y la expectación de un grupo de científicos que esperaban los resultados de una misión sin precedentes, de una audacia científica sin parangón. Los factores que podían llevar la misión al fracaso eran muchos, el más mínimo error de cálculo podría arruinarlo todo. Por suerte Philae pudo aterrizar sobre el cometa (con algunas dificultades), y los científicos de la Agencia Espacial Europea (ESA) y quienes veíamos con creciente angustia la transmisión pudimos liberar la tensión en un salto de alegría, un grito de júbilo. Era verdad: un robot construido por humanos estaba sobre un cometa a millones de kilómetros, viajando por el espacio a toda velocidad. Aunque ahora sabemos que Philae tuvo algunos problemas al aterrizar y que terminó en un lugar donde no le da suficiente luz solar para recargar sus baterías, no deja de ser emocionante haber presenciado semejante logro. Además, el robot alcanzó a hacer unos cuantos estudios del suelo y tomar algunas fotografías, datos que pudo enviar a Rosetta para ser transmitidos a la Tierra antes de quedar en estado de hibernación, a la espera de recibir suficiente luz para tener energía y despertar de nuevo para continuar con su labor. Esperemos que así pueda ser.

De todas formas, la misión puede considerarse un éxito. La especie humana abrió nuevas puertas en el universo, nuevos senderos para continuar la tarea del conocimiento de sí misma y de todo lo que existe. Es una fortuna haber sido testigos de este momento glorioso para la humanidad.

Pudimos ver a la ciencia ficción convertirse en historia.





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