domingo, 13 de marzo de 2016

La de Misión del deber

Todo comenzó con una serie de televisión.

Era muy pequeño cuando daban Misión del deber. Recuerdo muy poco de la serie, excepto que misteriosamente a veces parecía que Estados Unidos fuera a ganar la guerra en Vietnam. Lo que se quedó para siempre conmigo es la canción que sonaba al comienzo de cada capítulo.

No tenía idea de cómo se llamaba. No entendía nada de lo que decía. Durante años solo podía referirme a ella como "la de Misión del deber". Sin saberlo mi vida había cambiado. Sin saberlo los Rolling Stones ya me habían tocado el alma. Paint It Black fue la primera canción de ellos que oí, el inicio de un amor que todavía dura.

Todos tenemos la banda sonora de nuestras vidas. En la mía hay varias canciones de los Stones. No puedo decir que sea el más grande conocedor de la banda. De hecho, siempre he envidiado a la gente capaz de recordar cada álbum y cada canción, los años de publicación, todo. No tengo ese conocimiento enciclopédico de los Rolling Stones, pero su música me ha influido y me ha cambiado, me ha hecho bailar y llorar, me ha acompañado desde que era un niño.

Ya me había resignado a que nunca los vería en vivo. Pero empezaron los rumores: que vendrían a Colombia, que no vendrían, que sí venían pero a Medellín. Me angustiaba la idea de que tocaran aquí y no pudiera verlos. Confirmaron el concierto y me asusté más. Empecé a considerar cuál riñón tendría que vender en el mercado negro para poder ir.

Cuando las boletas salieron a la venta yo no tenía trabajo. Pero con el optimismo de los idiotas, me convencí a mí mismo de que algo tendría que salir, de que no era una locura gastar ahorros en la entrada. (Increíblemente, como a los cinco días de comprarlas me llamaron para un trabajo. Hablemos de saltos de fe). Así que le pedí prestada la tarjeta de crédito a mi tío y compré tres boletas: la de mi novia, la mía y la de Feli.

Feli llegó hace muchos años a trabajar a la casa de mi abuela. Era muy joven, como de la edad de mi mamá. Se hicieron amigas. Ayudó a criar a mis tíos más jóvenes y a mi hermana. Yo la conocí cuando era muy pequeño. Y podrá sonar a cliché, pero la considero como parte de mi familia, y eso no es algo que yo diga a la ligera. La familia es algo que no necesita lazos de sangre, no es solo un asunto de genes y apellidos. Hay gente a la que queremos tanto que es familia aunque los papeles no lo digan. Feli, sus hijas y su nieto y nieta son familia de verdad para mí. Además, Feli es el mejor ser humano del mundo, pura nobleza y amor. Y fanática vieja guardia de los Rolling Stones. Mi mamá tuvo la idea: regalarle la boleta de Navidad. Se emocionó muchísimo con la sorpresa: ella tampoco imaginaba que podría verlos en un concierto.

Los meses pasaron más rápido de lo que imaginábamos. La fecha del concierto se acercaba y estábamos ansiosos. Llegó el día y todo aún parecía un sueño. Me fui a hacer la fila con un persistente ataque de paranoia, revisando cada treinta segundos que no me hubieran sacado las boletas del bolsillo interior de la chaqueta. Al salir de mi casa, en alguno de los negocios sobre la calle principal del barrio estaba sonando Pain It Black. Decidí tomarlo como un buen augurio.

Esperé afuera del estadio. Primero llegó Isabel, mi novia. Luego llegó Feli, en medio del aguacero de los mil demonios que cayó mientras estábamos en la fila. Yo había llevado sánduches y jugo para comer antes de entrar. Con Isabel ya habíamos comido, y yo guardé uno para Feli. La lluvia lo arruinó.

Nunca había soportado un aguacero de esa magnitud. Estábamos cubiertos con bolsas plásticas, pero no sirvió de nada porque las ráfagas de viento arrastraban el agua de lado. Se nos empaparon los pantalones a tal punto que nos escurría el agua por las piernas. Los tenis y las medias eran una sopa. Aguantar ese diluvio era una muestra de amor hacia los Rolling Stones.

Abrieron las puertas casi una hora tarde, pero entramos rápido y sin problemas. Y nos sentamos a esperar, mientras volvía a lloviznar y rogábamos para que no lloviera durante la presentación de los Stones.

Diamante Eléctrico no me causó mayor impresión. Suenan bien, pero al vocalista le hace falta poder en la voz.

***

¿Cómo explica uno la felicidad? ¿Cómo pone en palabras esas oleadas extáticas y prístinas de emoción que lo invaden cuando es genuinamente feliz? Cuando esa voz salió de los parlantes y nos dijo a todos Ladies and gentleman, The Rolling Stones!, cuando el video corrió en las pantallas y sonaron los primeros acordes de Jumping Jack Flash sentí que no cabía en la ropa, levanté los brazos y grité con el alma, como hice durante las siguientes dos horas. Era ver los sueños volviéndose realidad, una banda que uno creyó que jamás podría ver estaba en frente, sacudiendo el mundo una canción a la vez. Mick Jagger, frontman excepcional, encantó a todos hablando en español, diciendo aguardiente y guayabo, con un saludo a los rolos y un ¡Bogotá es del putas! a bordo. Ron Wood gozó todo el concierto. Keith Richards fue, como siempre, Keith Richards (It's good to be in Bogota. It's good to be anywhere...). Y estuvo Charlie Watts.

El baterista no suele ser el integrante más mencionado en una banda de rock. Mucho menos cuando es un baterista que está detrás de tipos como Jagger y Richards, que encandilan y cautivan. Pero es hermoso ver tocar a Watts, su habilidad para llevar el tempo, su estilo elegante y calmado. Tranquilo en su camiseta amarilla tocó como los dioses. Probablemente sea mi Stone favorito, tal vez porque siempre he admirado a la gente que sabe dejar a otros llevarse la atención, que cumple con su trabajo y no alardea demasiado con su talento, pero hace las cosas muy, muy bien. Debe ser porque quiero ser como ellos. Cuando Jagger presentó a la banda, por Charlie fue por el que más grité.

Jagger corriendo por todo el escenario era un portento. ¿Cómo es posible que un tipo de 72 años pueda hacer eso? De pronto sí existen los pactos con el Diablo. Uno no ha llegado a los cuarenta y ya ni sube la escalera y le cuesta agacharse a amarrarse los zapatos. Qué monstruo. Él y Richards son toda una declaración contra la dictadura de la vida sana.

Entonces llegó el momento en el que el círculo se cerró. Sabía que cuando tocaran Paint It Black la emoción me iba a ganar. Keith Richards tocó las primeras notas y de inmediato me puse a llorar. Lágrimas de alegría pura, de agradecimiento. Es increíble cómo una canción puede significar tanto, cómo la música de una banda puede volverse parte de nosotros, una parte fundamental y hermosa, necesaria. Paint It Black fue mi puerta de entrada a la obra de los Rolling Stones, una puerta que me alegro mucho de haber cruzado, una puerta roja pintada de negro. Lloré y canté porque era un hombre completamente feliz. Le tomé la mano a Isabel, que también lloraba. Esos minutos de trascendencia serán inolvidables por siempre. Todo el concierto lo será.

Hace un par de años le dediqué a mi novia She's a Rainbow. Lástima que no la tocaron. Pero sí tocaron You Got The Silver. El Stone favorito de ella es Richards, así que tuve la suerte de que él la serenateara. Los Rolling Stones han estado conmigo hasta para ayudarme con el amor de mi vida.

Y así seguimos, de emoción en emoción, de éxtasis en éxtasis con Gimme Shelter, con Start Me Up, con Sympathy For The Devil (que Jagger cantó con una capa demoníaca y extraordinaria). Con todas las jodidas canciones que tocaron. En You Can't Always Get What You Want volví a llorar cuando escuché al coro de la Javeriana cantando con ellos. Mientras hacía la fila se escuchaba la prueba de sonido del coro y fue muy emocionante, nos puso más ansiosos todavía. Fue otro momento enorme y hermoso escuchar esa canción en vivo.

Llegó el final, llegó el cierre con Satisfaction y todo el estadio saltando y cantando. Daban ganas de decirles que nunca se fueran. Hicieron todos la venia, luego solo ellos cuatro, los sobrevivientes, los monstruos inmortales. Aplaudí con fuerza, grité hasta casi perder la voz. Estaba en el cielo. Estaba contento más allá de toda medida. Ya había olvidado que estaba mojado y adolorido. Solo podía pensar en la felicidad y en la emoción: no me morí sin ver a los Rolling Stones.

Feli, Isabel y yo nos quedamos sentados, esperando a que la tribuna se vaciara un poco para salir. Entonces Feli me cogió de una mano y llorando me empezó a dar las gracias por haberla llevado al concierto, porque nunca en su vida se había imaginado que iba a estar ahí, que alguna vez podría verlos y oírlos ahí, tan cerca. Gracias, gracias, repetía. Nos hizo llorar de nuevo. La gente buena se merece todas las cosas bonitas de este mundo.

Todo comenzó con una serie de televisión, pero aún no termina y probablemente no terminará nunca. Charlie Watts, Mick Jagger, Keith Richards y Ron Wood morirán un día, pero los Rolling Stones no morirán nunca. Esa música seguirá sonando dentro de mí para siempre. Mientras yo sea yo y existan formas de oír música, seguiré rodando con esas piedras.

Gracias, viejos magníficos. Gracias.



P.D. Como soy un gomoso afiebrado impresentable, al siguiente día del concierto fui a conseguir Piedra sobre piedra, el libro que escribió Sandro Romero Rey sobre los Rolling Stones. Tuve suerte de encontrarlo: apenas quedaban dos copias, porque el resto las habían devuelto a la editorial. Uno de los libreros que me atendió estaba tarareando Satisfaction.



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