domingo, 31 de julio de 2016

La oveja verde de la familia

Mi papá es de Millonarios. Mi hermano es de Millonarios. Mis tíos son de Millonarios. Mi abuelo era de Millonarios. Yo soy hincha de Nacional.

Soy la oveja verde de la familia.

Esas cosas pasan. Mi papá, un señor sensato al que le gusta el fútbol pero no delira por él (a diferencia de mí, que soy un orate con la manía irrazonable de sufrir en demasía cuando veo fútbol), no vio necesario inocularme con mayor ahínco la afición por Millonarios. Pensó que el tiempo y el ejemplo harían lo suyo. Funcionó con mi hermano. Pero hay hijos que se descarrían.

Es difícil precisar el momento exacto en que me convertí en la oveja verde. Recuerdo que alguna vez vi jugar a Nacional y me gustó mucho el estilo, la forma de jugar. En el colegio tenía varios compañeros hinchas del Verde. Pero quizá mi afición por Atlético Nacional tenga un origen más mítico, más épico y más entrañable.

El 31 de mayo de 1989, Nacional ganó la copa Libertadores. El partido se jugó aquí en Bogotá. Era la primera vez que un equipo colombiano alcanzaba ese título. En ese entonces las rivalidades de nuestros clubes no eran tan marcadas y buena parte del país celebró la victoria como propia, sin importar de cuál equipo eran hinchas. Cuando el partido se acabó, mi papá me cargó en los hombros y salió a darle vueltas al parque del barrio para celebrar el título de Nacional. Yo tenía poco menos de tres años y no recuerdo nada, pero en retrospectiva parece uno de esos momentos definitivos: mi primera celebración futbolística se la debo a Nacional.

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En la adolescencia el equipo de fútbol del que eres hincha es parte importante de tu identidad. Me veo a mí mismo de doce y trece años dibujando escudos de Los del Sur (costumbre afortunadamente superada) y comprando manillas, botones, afiches, llaveros y gorros de Nacional. Forjar esa identidad incluía establecer complicidades con quienes eran hinchas del mismo club. Pronto comenzó la fiebre por ir al estadio, por participar del jolgorio de la tribuna. Pero las barras bravas, la sensación de inseguridad en el estadio, hicieron que dejara de ir. Incluso recuerdo que una de las primeras veces que fuimos al estadio con un amigo del colegio, el papá nos mostró antes la casa donde vivía una tía de él, para que corriéramos hasta allá en caso de que hubiera algún enfrentamiento por el partido.

En esa identidad como hincha de Nacional hay un elemento importante: soy bogotano. De niño nadie me explicó que uno debía ser hincha de un equipo de su ciudad. En retrospectiva, fue una fortuna no saber eso: tal vez me salvó de ser uno de esos bogotanos cretinos que usan la palabra 'provinciano' como insulto, como si el azar de nacer en Bogotá fuera un mérito. Ser un bogotano hincha de Nacional me salvó del regionalismo idiota de uno y otro lado y me situó a una distancia crítica de la rivalidad entre antioqueños y bogotanos, me extrajo de las cómodas seguridades de la tribu, de la sensación de comunidad que excluye a la gente de otras regiones y que ha sido combustible importante de la violencia en el fútbol colombiano (eso y la costumbre ridícula de copiar todo lo que hacen los argentinos).

Ser hincha de Nacional, además, me salvó de varios sufrimientos y amarguras: los últimos tiempos de Millonarios no han sido muy buenos, han estado lejos del pasado glorioso de ese club que alguna vez fue el mejor del país.

La de Nacional, en cambio, ha sido otra historia. Son varios los títulos celebrados en años recientes, con varias ligas que permitieron superar a Millonarios como el más veces campeón. Una serie de títulos coronada por el más importante de todos para los equipos sudamericanos: la copa Libertadores de América.

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Antes de la final del miércoles contra Independiente del Valle, Pascual Gaviria publicó una magnífica y emocionante columna titulada Biografía de hincha. Allí citó estas palabras de Javier Marías: "Lo normal es que el aficionado al fútbol lo sea desde pequeño, y por eso reaparecen en él rasgos enteramente infantiles durante la contemplación de un partido: el temor, la zozobra, la alegría, el bochorno, la rabia, hasta las lágrimas".

Puedo certificar que he sentido todas esas cosas durante mi existencia como hincha del fútbol, y especialmente en la Libertadores de este año, mientras poco a poco, partido a partido, la imagen de un Nacional campeón parecía menos difusa e imposible.

Los días antes de la final fueron de intranquilidad. Era como si no pudiera pensar en nada más, una agonía dulce e inquietante a la vez. Las finales son partidos diseñados para hacer sufrir al hincha, para situarlo en el limbo entre la alegría y la tristeza, entre la victoria y el abismo. El 1-1 en Quito dejaba todo abierto. El título se definía en Medellín.

El fútbol lo vuelve a uno bastante propenso al pensamiento mágico, a la superstición y la creencia. Yo no sé si Dios exista, y si existe no creo que pierda su tiempo viendo fútbol, así que no sirve de nada pedir su ayuda para ganar. Pero en cambio sí hice dos cosas. Primero, me puse una réplica de la camiseta con la que Nacional quedó campeón en 1989. Y segundo, invoqué la memoria de Andrés Escobar y le pedí que si de verdad estaba en algún lado y estaba viendo el partido, nos ayudara a verle la cara a la gloria una vez más.

Como no lo hacía hace tiempo, porque he desarrollado una franca aversión a ver partidos en lugares públicos, nos reunimos ese día con varios amigos. Me tomaba las cervezas como si fueran agua; cada minuto me duraba diez; me temblaban las manos. Creí tocar el cielo cuando apenas a los veinte segundos vi a Borja correr hacia el arco con el balón en sus pies y quedar frente al arquero, pero tiró la pelota muy arriba al patear con demasiada potencia, tal vez producto de la ansiedad acumulada, de querer asegurar el gol con un taponazo capaz de desamarrar las redes.

Pero unos minutos más tarde Borja, el bendito Borja, el iluminado Borja que metió cinco goles en cuatro partidos, aprovechó un rebote en el palo y con precisión inspirada cruzó el balón a donde no llegaron ni Azcona ni sus defensas y metió el gol. Salté de la silla como un resorte extático y agitando los puños en el aire grité como si no hubiera mañana, con toda la emoción que me cabía en el cuerpo y una felicidad pura, infantil, desaforada. 

Era un buen inicio. Sin embargo, no importó que el gol fuera temprano en el partido: yo sufrí igual. Temí el empate de Independiente del Valle, me asusté ante la posibilidad de una definición por penaltis, esa ruleta rusa agónica y asfixiante, como en la lejana noche del 89.

Los minutos transcurrían con una lentitud agobiante, avanzaban entre la marisma de la angustia y la ansiedad. Pero pasaban, seguían. Faltaban quince. Faltaban doce. Faltaban diez. Sudaba y las manos me temblaban más, sumido en la zozobra de los instantes previos a la cristalización de los sueños, a la materialización de los anhelos profundos del corazón. Cuatro minutos de reposición: todo un partido. Tres. Dos. Uno. Cero.

Cuando el árbitro pitó el final caí de rodillas al suelo y comencé a llorar. Fue un llanto de lágrimas cálidas y dulces, las más dulces de mi vida. Atlético Nacional lograba conquistar una vez más la copa Libertadores de América.

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Pienso en ese niño al que su papá sacó a la calle en hombros veintisiete años atrás, para celebrar la victoria de un equipo de fútbol que acabaría convirtiéndose en parte importante de su vida, aunque no fuera el mismo equipo de su familia y su ciudad. Pienso en los episodios que moldean las vidas humanas y que luego aparecen como momentos fundacionales de un destino. 

Según las costumbres del fútbol yo debería ser hincha de Millonarios, pero aquí estoy tantos años después, vestido con otro color, con otra camiseta, siguiendo un camino distinto con un equipo diferente, con otro escudo cercano al corazón, delirando por un título continental que parecía fuera de alcance, lejano, imposible. Aquí estoy agradecido por esas lágrimas del 27 de julio del 2016, por una de las alegrías más grandes de mi vida, por un campeonato y una noche para el recuerdo y la historia. Agradecido por ser hincha de Atlético Nacional.

No está mal ser la oveja verde de la familia.


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