viernes, 14 de octubre de 2016

La incertidumbre y la impotencia

¿Qué hacemos con estos días horribles? ¿Cómo seguimos luego de haber estado tan cerca, luego de perder tan grande oportunidad? ¿Dónde guardamos toda esa esperanza que alcanzamos a tener y luego vimos naufragar?

Quisimos asaltar el cielo y los demonios de siempre nos empujaron al abismo.

Estos son días de tristeza y desazón en los que ni siquiera el fútbol es un refugio; por lo menos a mí se me refundió el entusiasmo por la selección. Ser colombiano no es algo que me emocione mucho que digamos últimamente.

Después del dos de octubre nos hemos movido en el fango de la incertidumbre. Caímos en un remolino donde un día el gerente de la campaña uribista por el no, con la soberbia del ganador, confiesa lo evidente y habla de la manipulación con la cual llevaron a tantas personas a votar en contra del acuerdo, y al otro amanecemos con la noticia del premio Nobel de paz para el presidente Santos.

No en vano recurrimos al manido recurso de explicarnos lo que está pasando con un pasaje de Cien años de soledad:
Era como si Dios hubiera resuelto poner a prueba toda capacidad de asombro, y mantuviera a los habitantes de Macondo en un permanente vaivén entre el alborozo y el desencanto, la duda y la revelación, hasta el extremo de que ya nadie podía saber a ciencia cierta dónde estaban los límites de la realidad.
Al  parecer seguimos atrapados en esa realidad alucinada y sin una segunda oportunidad, sin una salida del laberinto por culpa de quienes han medrado en el estropicio y han pescado en el río revuelto. Ellos nos robaron el futuro.

¿Quiénes? La ultraderecha viuda de poder y ávida por recuperarlo que no escatimó engaños para convencer a los colombianos de que el acuerdo era el fin de la civilización. Gente irresponsable capaz de jugar con las necesidades de todo un país, capaz de negar la existencia del conflicto. Líderes políticos impresentables apoyados por pastores evangélicos y curas católicos que hicieron gala de toda su homofobia y rechazaron el acuerdo en nombre de la inexistente "ideología de género". Apóstoles de la mitomanía, se encargaron de azuzar los más oscuros prejuicios de los creyentes para que votaran en contra de un tema que ni siquiera estaba en los acuerdos. No entienden a Dios de la misma manera, pero sí supieron ponerse de acuerdo para discriminar y para condenar a miles de víctimas a la incertidumbre y, tal vez, a la vuelta a la guerra.

Esto me recuerda un pasaje de Tratado de ateología, de Michel Onfray:
No desprecio a los creyentes, no me parecen ni ridículos ni dignos de lástima, pero me parece desolador que prefieran las ficciones tranquilizadoras de los niños a las crueles certidumbres de los adultos. Prefieren la fe que calma a la razón que intranquiliza, aun al precio de un perpetuo infantilismo mental. Son malabares metafísicos a un costo monstruoso.
Así pues, cuando me enfrento con la prueba de una alienación, experimento lo que surge de lo más profundo de mí mismo: compasión hacia los engañados, además de cólera violenta contra los que les mienten siempre. No siento odio por los que se arrodillan sino la certeza de nunca transigir con los que invitan a esa posición humillante y los mantienen en ella. ¿Quién podría despreciar a las víctimas? ¿Y cómo no combatir a sus verdugos?
La ultraderecha está imponiendo condiciones como si hubieran ganado con una ventaja de cinco millones de votos. No presentan propuestas serias, lo único que medio proponen ya estaba contemplado en el acuerdo. Solo se ve una estrategia para aparecer como renegociadores de la paz, pero a cada paso se ve su falta de voluntad, su incansable búsqueda de la impunidad que con cinismo decían combatir y un desprecio enorme por las víctimas. Quieren legalizar el despojo violento de las tierras campesinas (con lenguas viperinas llaman expropiación a lo que es restitución), diluir los esfuerzos verdaderos por solucionar las causas profundas de la guerra colombiana y dilatar el proceso el mayor tiempo posible para usarlo en su campaña presidencial. Todo eso disfrazados de líderes responsables y conscientes, cuando son mamarrachos que darían risa si no fueran tan peligrosos.

A propósito: ¿dónde están los opositores al acuerdo que decían que no lo hacían por Uribe? ¿Por qué dejan que los represente? Fueron funcionales a los intereses electorales de la ultraderecha y no parecen estar muy molestos por ello. Parece que ese fue un no nacido del odio, la ignorancia y el engaño, el no de un país que ha visto la guerra por televisión y no le importa nada porque son otros los que ponen los muertos, porque la desgracia sucede en otro lugar, en otro mundo.

Aun en la debacle hay quienes guardan la esperanza. Ha habido movilizaciones populares para presionar un acuerdo pronto, el Gobierno y las FARC envían mensajes tranquilizadores y dicen que no todo está perdido. El Nobel de paz le dio un nuevo aire a Santos para negociar, para enfrentarse a la mezquindad y las propuestas etéreas del uribismo. Va a comenzar un proceso de paz con el ELN (un proceso con cara de niño que nació muerto). Pero todo está empantanado.

Y en el colmo del absurdo, la "renegociación" ha puesto en la primera plana a tipos como Andrés Pastrana, quizá nuestro expresidente más bobo y un tipo que no representa ni a Nohra y los niños. También a Alejandro Ordóñez, quien salió de la Procuraduría con su reelección anulada por corrupto, pero terminó convertido en interlocutor del Gobierno en el proceso de paz y en fuerte candidato a las elecciones presidenciales del 2018. Cuánta desesperanza al contemplar este teatro horroroso de seres indignos que negocian nuestra vida y nuestro futuro, seres cínicos, mentirosos y viles que solo están pensando en sí mismos y en los votos por venir.

Cuánta impotencia. En la línea de reír para no llorar, tan necesaria para sobrevivir al hecho de ser colombianos, puede uno ir a visitar a Mafalda:

Mafalda Democracia











Es una impotencia que ahoga y aflige y enfurece. La democracia nos falla y no podemos hacer nada mientras se va al traste un proceso capaz de darnos la oportunidad de acabar con el conflicto. Tal vez yo esté equivocado y se logre encontrar una salida al embrollo y terminemos con un mejor acuerdo. Ojalá. Pero no parece probable, porque buena parte de nuestros destinos está en manos de lo peor que ha dado este país.

A ver cómo hacemos para seguir adelante en estos días de pesadumbre, en estas jornadas demenciales donde, increíblemente, los guerrilleros han sido los más sensatos en medio de la crisis.

A ver cómo hacemos para volver a creer.

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