viernes, 21 de octubre de 2016

Vade retro



A monseñor Miguel Ángel Builes le parecía que la construcción de ferrocarriles y carreteras era una obra del demonio que conllevaría la destrucción de las familias y la decadencia de las buenas costumbres.

A ese tipo de vesania se enfrentó Colombia.

Esa clase de locura sigue enfrentando.

Ya vimos cómo las iglesias cumplieron una labor fundamental en la victoria del no en el plebiscito. En un ejemplo enorme de locura colectiva, lograron convencer a miles de fieles de que el acuerdo era un plan del Gobierno y las FARC para convertirnos a todos en homosexuales, para pervertir a los niños y destruir a las familias colombianas.

¿Cómo explica uno eso sin que parezca un chiste?

Promotores de oficio de la homofobia y la ignorancia, pastores, curas y líderes políticos relacionados con iglesias se encargaron de mentir y engañar a sus rebaños. Saben el poder que les da la fe de los creyentes y no vacilan a la hora de manipularlos. Dios es el nombre que le dan a sus prejuicios y lo usan para aumentar su poder, para dominar las mentes que albergan esos mismos prejuicios y también los llaman Dios. Así terminamos con toda esa gente convencida de que hay un plan maestro de los homosexuales para apoderarse de Colombia y del mundo. De que era necesario dejar pasar la oportunidad de acabar la guerra y salvar vidas porque la dictadura gay se avecinaba.

No se puede subrayar suficientemente la imbecilidad que es creer en la existencia de la "ideología de género". Ese es un término inventado por los desgraciados de siempre para no parecer lo que son: homofóbicos y machistas consumados. Le endilgaron semejante embeleco al acuerdo porque allí se usa la expresión enfoque de género, que como sabrá cualquiera que no sea un troglodita, es la búsqueda de igualdad entre hombres y mujeres, y en el caso concreto del acuerdo buscaba darle prioridad a las mujeres en el acceso a los programas de reparación, asesoría, apoyo, formación y demás contemplados en el texto. Todo un crimen.

Para completar la ofensa, ellos, los perseguidores escudados en la fe, ahora fingen ser los perseguidos por sus creencias. Al parecer el descaro y el cinismo no son pecado. Ellos, que organizaron una marcha de odio porque en los colegios se iba a enseñar a respetar a los niños y niñas con identidades sexuales diversas, dicen sentirse perseguidos. Ellos, que son capaces de poner miles (¿millones?) de votos y por eso se alían con campañas políticas para obtener prebendas, claman al cielo porque no los dejan escupir sus odiosas insensateces en paz, porque no les respetan su 'derecho' a la homofobia y la misoginia, porque no los dejan hacer leyes ajustadas a su obcecación, porque no todos compartimos su moral de la Edad del Bronce. Ellos, que condenan a unos y a otros al infierno por no compartir su religión, tienen el atrevimiento de posar como víctimas.

Ahora han quedado en una excelente posición de poder, pontificando con la soberbia de la victoria y el convencimiento fanático de quienes en serio creen conocer la voluntad de Dios. Y se preparan para hacer valer su peso electoral en los comicios por venir.

Es tiempo de asustarnos. Es tiempo de temer por el ascenso de estos heraldos de la intolerancia y el irrespeto disfrazados de compasión, del odio camuflado con palabras de piedad.

La oscuridad y el fanatismo volvieron a ganar la partida. Quién sabe cuántas vidas más cobren esta vez.

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