lunes, 23 de enero de 2017

Éxito


Como solo tenía trabajo de medio tiempo, a la una de la tarde ya iba en el Transmilenio camino a casa. El bus no estaba lleno, así que experimenté el pequeño milagro de poder irme sentado. Me quedé mirando por la ventana, como siempre hago, esperando que el viaje fuera rápido y sin contratiempos.

En una de las paradas se subió un señor de entre treinta y cuarenta años. Al principió pensé que era un vendedor, uno de tantos. Pero este era distinto. Este se subió a dar una charla motivacional.

Proclamó los lugares comunes de siempre: el pensamiento positivo. Dios. Los premios que nos tiene reservados la vida. La cháchara habitual que alimenta la autoayuda, esa inmensa industria del humo y la falacia.

Recuerdo dos apuntes curiosos. El primero, que uno nunca debería ponerle Segundo a su hijo. Nombrarlo de esa forma, según el coach improvisado, lo condenaría a perder, a llegar de segundo, a nunca ser el primero en nada. El otro comentario fue que el fundador de Almacenes Éxito les puso así porque siempre supo que el almacén estaba destinado a triunfar, a crecer y multiplicarse.

El hombre pidió la "colaboración" de rigor, recogió el dinero y se bajó. Yo me quedé pensando en lo efectivas que son las mentiras consoladoras, el autoengaño, los discursos vacíos. Pensé en cómo un hombre que se ve obligado a pedir plata en los buses sigue creyendo que el éxito es cuestión de pensar positivo, de entregarse a la providencia divina, de usar las palabras correctas y creer en un futuro brillante a punto de llegar.

Seguí mi camino viendo por la ventana y pensando en la derrota.

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