sábado, 27 de mayo de 2017

Beber

Hay una escena muy familiar para nosotros los que tomamos, esa cuando alguien entra y los amigos y amigas se paran de la mesa emocionados al verlo, lo saludan y lo abrazan. Puede que llevaran mucho tiempo sin verlo, o simplemente lo estaban esperando. No importa. Es un bonito momento de amistad y camaradería, de felicidad etílica. Es el preludio de la comunión que se establece alrededor de la mesa y del alcohol, esa mesa de cualquier bar o café o tienda donde vamos a refugiarnos, donde nos acompañamos, donde las preocupaciones y las angustias del mundo externo y la cotidianidad quedan asordinadas por el tintineo de las botellas y el rumor de la conversación, el canto destemplado y las risas. Donde vamos a olvidarnos de la vida por un rato.

Podemos ir a celebrar y a reír, a pasar el tiempo, a olvidar por un momento el dolor y la tristeza, a buscar el valor en el fondo de los vasos o a ver el futuro en los ojos de la persona que amamos. Pero vamos a beber a esas mesas porque lo necesitamos, porque los refugios escasean, porque urge tomar impulso para seguir. Porque allí se crean recuerdos en medio del olvido, y el amor y la nostalgia necesitan un lugar para vivir. Porque las pausas son imprescindibles en medio de la carrera y no es el trabajo sino el ocio lo que dignifica al hombre.

Nos encontramos alrededor de las mesas para sostenernos, para no dejarnos caer. Porque es necesario seguir avanzando, así sea dando tumbos de borracho.

Café San Moritz

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