lunes, 12 de junio de 2017

Castrochavismo

Como un eslogan con un éxito que envidiaría cualquier publicista, el término 'castrochavismo' ha hecho carrera y ha triunfado en el escenario político colombiano. Como el 'judeobolchevismo', acuñado hace tiempo por gente de ideas parecidas y métodos similares, este concepto nacido de la mentira y el odio, de la búsqueda de enemigos rentables y la exageración de los peligros inminentes, ha logrado llevar cada vez más gente a la orilla de la ultraderecha, a la vesania de negarse a la posibilidad de una paz negociada, al cortejo de las armas como solución política e histórica.

El desastre del socialismo del siglo XXI en Venezuela le permitió a la derecha colombiana sacarse de la manga el castrochavismo. Pudieron conjurar ese espectro para azuzar los viejos temores de los colombianos. A los niños se les asusta con el Coco, a los adultos con el Cocomunismo. Con la sagacidad de los oportunistas, le pusieron nombres propios (Castro, Chávez) al fantasma. El odioso embuste ha funcionado, tanto como para dividir al país y poner a buena parte de su población en contra de la paz. Tanto como para ser relevante de nuevo en las próximas elecciones. Como para ver a las reses implorando por un gobierno de los matarifes.

Un fantasma recorre a Colombia. Uno cuyas posibilidades de llegar al gobierno van de mínimas a inexistentes, pero que aun así le sirve a los nostálgicos de la Guerra Fría para despertar el miedo que los nutre y soliviantar a quienes sueñan con combatir en una cruzada, en la guerra santa contra el castrochavismo, ese hijo caribeño del comunismo. Gracias a eso cada vez más gente cree que vamos a terminar como Venezuela. Esa ingenuidad alimenta a los perros de la guerra, los potencia, los eleva, los hace aparecer como una esperanza a los ojos de millones de colombianos preocupados por las incertidumbres del mañana.

El fascismo sonríe al ver cómo funciona su estrategia. Nos tragamos sus patrañas y de su mano desfilamos hacia el matadero, atrapados en su estafa, confinados en la ruta de nuestra propia destrucción.

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