martes, 1 de mayo de 2018

Torta de cuajada

La torta de cuajada bien puede ser la torta más deliciosa del mundo. Es una torta que creía perdida. La hacen en Chipaque, el pueblo cundinamarqués donde nació mi abuela. No he vuelto a Chipaque en muchos años, y la última vez que comí fue una que trajo mi papá cuando pasó por allá, un par de años atrás, pero no estaba igual de buena, no era el sabor que recordaba. La semana mi pasada mi tía y su esposo fueron al pueblo y compraron para traer. Mi abuela cortó un pedazo y me lo dio al desayuno.

Ahí estaba ese sabor, esa felicidad. Y funcionó como la magdalena de Proust.

El primer bocado me devolvió al terruño de mi abuela, donde probé esa torta por primera vez cuando era niño. Recordé la plaza intemporal, la caminata montaña arriba por la vereda, la casa acogedora, los adultos tomando aguardiente para el frío (y la lejana intuición de que algún día yo haría lo mismo), el amanecer con olor a eucalipto, la leche recién ordeñada, mi bisabuela pequeña y ciega (y mis manos en las suyas), mi abuela atándole billetes en las cuatro puntas de un pañuelo para que pudiera encontrarlos.

Pensé en toda la torta de cuajada que he comido y degusté con alegría el recuerdo. Pensé en esa patria que es la infancia.

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